Lecciones de crisis y el suplicio que viene

Adamuz ha quedado incorporado a la lista de pequeños municipios (Palomares, Biescas, Aznalcóllar…) cuyo nombre evoca un trágico accidente en la memoria colectiva. Cuando viajen, los adamuceños tendrán que acostumbrarse a la pregunta: “¿Del sitio del accidente de tren?”. Eso no nos pasa a los de las grandes ciudades en las que pasan muchas cosas.

Por lo demás el horroroso accidente ha reproducido las mismas pautas comunicativas de cualquier otra crisis similar. En el oficio de la comunicación pública en las catástrofes no hay reglas inmutables, pero sí recurrencias previsibles.

La primera es el efecto de cierre de filas colectivo en torno a quien lidera la respuesta. Al principio la única exigencia es estar. El desastre no puede pillarte encerrado en un restaurante, o disfrutando de un fin de semana en un hotel de Portugal. Por las razones que sean el presidente del Gobierno renunció a liderar la comunicación desde el domingo, delegándola en el ministro responsable, Óscar Puente, y dejando un espacio destacadísimo al presidente de la Junta, Juanma Moreno Bonilla. Ambos “disfrutan” de ese plus de reconocimiento que otorga la presencia del capitán del barco cuando hay tormenta. Deben saber, sin embargo, que ese efecto que los sociólogos han detectado desde hace siglos, denominado “cierre de filas” (o “concentración en torno a la bandera”, dirían los anglosajones) es pasajero.

EL PP es tan torpe gestionando crisis como hábil boicoteando la gestión de los gobiernos socialistas

En una segunda fase, cuando dejan de hacerse informativos especiales, termina el luto, la tristeza va disipándose y se recupera la normalidad, las filas dejan de estar prietas y la unidad se pervierte. Ahí estamos nosotros ahora, casi una semana después del accidente. Se extienden los cuestionamientos, los sindicatos recuerdan las carencias y exigen mejores medios y salarios, se señalan la debilidades, se busca a los responsables, intervienen los fiscales y los jueces. Y los políticos. Es inevitable.

Conviene recurrir a los técnicos como guía. Esos científicos pausados y sabios hasta ahora anónimos que nos explican lo que ha pasado sin los arrebatos de la política. Si quieres verdades universales, están las ciencias duras o la religión. Para lo demás está la política. Y el líder que quiere recuperar la normalidad querrá huir de la política. Sus adversarios recurrirán a ella. Nos alegra ver y escuchar a Puente y a Moreno Bonilla como repentinos expertos en ingeniería ferroviaria, pero ahora ya dudamos en realidad de su pericia y preferimos seguir las explicaciones de los verdaderos sabios. Las emociones del primer impacto ceden ante los términos científicos que de pronto hemos vulgarizado (ahora los “bogies” y la “catenaria”, en otros momentos “el chapapote” o “el coronavirus”).

La fase de perversión puede durar mucho tiempo si genera controversias políticas y si quien está interesado en ellas –la oposición– sabe cómo destacar las suspicacias y alargar la incertidumbre. Se exigirán comisiones de investigación, se revisarán decisiones y documentos, se buscarán aliados entre los trabajadores e incluso entre las víctimas. El PP en España tiene amplia experiencia en esto. Es tan torpe gestionando crisis como hábil boicoteando la gestión de los gobiernos socialistas. Recuerdo con genuina sensación de asco la pérfida táctica de Esperanza Aguirre montando una muy minoritaria asociación alternativa de víctimas del atentado del 11M en Madrid, para compensar el apoyo de la asociación abrumadoramente mayoritaria al nuevo gobierno de Zapatero. Fue el inicio de la aún hoy vigente división de las víctimas del terrorismo en España. Mérito genuino de la derecha montaraz que sufrimos desde hace 50 años. 

Si a estas pautas universales y previsibles le sumamos la reciente incorporación al discurso público de las argucias del neofascismo que se alimenta del miedo, no nos quedará ninguna duda: vamos a asistir en los próximos días, quién sabe si meses, a un ataque despiadado por parte del PP y de Vox. Ya están de hecho disparatando con lo del absurdo funeral en la Almudena, metiendo miedo a los viajeros o afirmando sin rubor que “la corrupción mata”. Preparémonos, porque se anuncia suplicio.

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