El gran reemplazo de las redes

Ahora que tanto nos hablan desde la ultraderecha de la teoría del gran reemplazo, esa invención de que los gobiernos quieren suplantar la hegemonía cultural de los países occidentales llenándolos de migrantes, pido una reflexión sobre el otro gran reemplazo que, de forma sigilosa, nos están colando las grandes tecnológicas.

Las redes deciden qué queremos ver, qué queremos comprar, qué debemos pensar, a quién tenemos que creer, a dónde queremos ir y qué queremos escuchar. El algoritmo nos va reconduciendo en ese mundo infinito del scroll para atiborrarnos de contenido que, de forma ingenua, creemos que hemos elegido nosotros. Pero no. Nuestras búsquedas en internet, nuestras compras, nuestros segundos de atención en cada publicación han ido redirigiendo el algoritmo hasta meternos en el callejón sin salida en el que nos querían tener. Ahí. Atiborrados de contenidos, en ocasiones contaminados de odio, otras de consumismo compulsivo, otras de necesidades creadas y, la mayoría de las veces, con cero interés, jamás habríamos comprado o visto eso si realmente hubiésemos sido libres a la hora de decidir qué escuchar o qué ver.

El gran reemplazo está ahí, pero nadie lo quiere ver. Piensen un momento. La última vez que fueron a comer a un restaurante o fueron a ver una exposición o hicieron una escapada, ¿cómo eligieron a dónde ir? ¿Fue una recomendación de un amigo o fue una publicación vista en redes la que les sugirió el plan? Mañana, día de San Valentín, cuántos y cuántos fabricarán una publicación ad hoc para las redes, con las mismas músicas, los mismos ramos, los mismos planes, los mismos platos fotografiados y los mismos regalos.

La última vez que fueron a comer a un restaurante o fueron a ver una exposición o hicieron una escapada, ¿cómo eligieron a dónde ir? ¿Fue una recomendación de un amigo o fue una publicación vista en redes la que les sugirió el plan?

¿Hasta qué punto vamos a ser libres de aquí a nada para saber qué queremos? Los propietarios de las grandes tecnológicas rabian cada vez que alguien amenaza con acotar su chiringuito. Han decidido comerciar con nuestros datos sin pedirnos permiso. Les hemos regalado nuestra vida para que comercien con ella y, lo peor, para que llenen las redes de odio y sesgos racistas, machistas y xenófobos.

Leía el otro día un artículo en el que hablaban de una app que utilizan en el supermercado los consumidores daneses: escanean cada producto y así pueden saber quién es el propietario, si esa empresa respeta el medio ambiente, financia a algún partido –especialmente en Estados Unidos– o qué tipo de intereses más allá de los comerciales promueve. Una app creada por consumidores para intercambiar información y, así, ser libres a la hora de decidir qué compran. Y, también claro, para organizarse para boicotear a determinadas marcas que no hacen lo que dicen o que no son responsables con el medio ambiente, por ejemplo. Es la rebelión de los consumidores frente a un consumismo oscuro, a un mundo en el que cada gesto puede suponer un cambio, por muy pequeño que sea. Planteaban en ese artículo qué pasaría si por un día dejáramos de comprar en Amazon; es decir, a Jeff Bezos, el hombre que ha decidido plegarse a Trump, pagando una millonada para un documental sobre su mujer mientras ha despedido a decenas de periodistas de uno de los periódicos históricamente más independientes del país, The Washington Post. Supongo que le haríamos un pequeño agujero al señor Bezos.

Vivimos en un mundo en el que parece imposible manejarse si no llevamos un smartphone, un teléfono inteligente, encima. Yo, admito, casi ya no salgo con bolso. En el móvil lo llevamos todo, hasta la cartera. Y aunque pensemos que hemos aligerado el peso de lo que necesitamos llevar, que con un móvil la vida es más fácil, quizás hemos vendido nuestra libertad a cambio de ese aparato. Quizás, el gran reemplazo esté ahí y no nos hayamos dado cuenta todavía. 

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