Dame un TACO
TACO, la técnica que Trump lleva usando desde que llegó a la Casa Blanca y que, parece, le va a funcionar con Groenlandia. TACO es el acrónimo que utilizan en Wall Street para definir cómo es la forma de hacer política de Trump: amenazo, mucho, meto miedo, mucho, y así consigo lo que realmente quería, no lo que decía que quería. TACO, en inglés, Trump Always Chicken Out, y que traducido sería algo así como “Trump siempre se echa atrás”. Pero no se confundan. No hay más que ver qué consigue Trump con esa técnica. Repasemos un poco este último año.
Lo usó con los aranceles, ¿lo recuerdan? Salió a los jardines de la Casa Blanca con esa enorme tabla en la que prometía aranceles desorbitados para todos los países. Metió miedo a todos. Y con eso consiguió que los países aceptaran que los aranceles subirían, sí o sí, pero al menos tratarían de que no fueran lo que había anunciado Trump. ¿Se puede decir que Trump se echó atrás? Técnicamente sí. Pero, quizás, el objetivo de Trump no eran esos aranceles que sacó en esa tabla que parecía la de los 10 mandamientos, sino los que finalmente consiguió.
Esa teoría, la del TACO, en aquel momento, hizo que los inversores pudieran calibrar mejor qué iba a pasar, la mayoría lograron hacer negocios con ese “miedo” a una guerra comercial. Acertaron.
TACO, en inglés, "Trump Always Chicken Out", y que traducido sería algo así como “Trump siempre se echa atrás”. Pero no se confundan. No hay más que ver qué consigue Trump con esa técnica
Pues bien, algo parecido hizo Trump este miércoles en Davos. Llevaba días, semanas, calentando el tablero geopolítico con la amenaza de que tendría Groenlandia sí o sí, usando la fuerza si fuera necesario. Metió miedo a todos, primero a los groenlandeses y daneses, que se fueron a Washington con una lista de concesiones para Trump que, a priori, parece que no sirvieron de mucho, no eran suficientes para saciar sus ansias imperialistas. Les dieron un portazo. La cuerda se tensó aún más. Todo, quizás, (con Trump y su administración nunca se sabe), para llegar a la reunión del miércoles con Rutte en Davos (este señor, el secretario general de la OTAN, tiene episodio aparte). En esa reunión, de la que, a esta hora, conocemos pocos detalles, logró, al parecer, lo que quería: explotación minera, (lo que más codiciaba Trump, olvídense de esa patraña de la seguridad nacional) y la “propiedad” del territorio donde están las bases militares de Estados Unidos en la isla, pequeñas porciones de tierra en las que sí podrá decir aquello de “esto es mío”.
Bueno. Hasta aquí la versión de Trump sobre esa conversación y que se ajustaría a esa teoría del TACO. Rutte, al día siguiente, lo rebajaba todo a un acuerdo militar, nada de explotación de tierras, ni de recursos. El problema es si Rutte es la persona indicada para negociar la soberanía de un territorio, por pequeño que sea, de un país del que él no es nada. La primera ministra danesa ya se lo dejó clarito ayer: no tiene el mandato para hablar en nombre de Dinamarca. Ya sabemos que todo esto a Trump le suele dar igual, ahí tenemos el ejemplo de Gaza, ha negociado con Israel un pacto sin escuchar a los palestinos.
Él se ha ido de Davos con el titular que quería, el que luego va a vender internamente: “he vuelto a ganar”, “el mundo se pliega a lo que yo quiero”. Lo triste es que, quizás, no esté muy lejos de la realidad.
No estaría mal escuchar lo que dijo el gobernador de California allí en Davos. Dijo que era “patética” la postura de la Unión Europa, su servilismo con Trump. Espero que Europa tome nota de ese rapapolvo y que no espere a que todo se resuelva apostándolo al TACO.