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Nuevo capítulo de 'House of Croacs': las lágrimas de Esperanza, lideresa y 'batracióloga'

Ignacio González, expresidente de la Comunidad de Madrid, está en prisión. A los ciudadanos, la operación Lezo nos ha devuelto la emoción trepidante de las escenas de acción con redadas, registros y furgón de la Guardia Civil conduciendo a un ex alto cargo público a la cárcel en plena noche, pero a Esperanza le han dado otro disgusto.

La lideresa batracióloga añade un nuevo ejemplar de la especie a su colección. La rana González, aquella que en su condición de anfibio combinaba las aguas del Canal de Isabel II con la tierra de Génova 13, ha salido de la charca para recalar en las piedras de Soto del Real. A su llegada no le croaron otros vertebrados de sangre fría, sino varios ciudadanos, que le recibieron al grito de "¡Ignacio Corleone!" González ya es un mito cinematográfico. Muy fan.

Esperanza, que tuvo que comparecer el jueves 20 de abril como testigo por el caso Gürtel –se le amontonan los disgustos a la Dame Commander–, no pudo contener las lágrimas cuando, al salir de la Audiencia Nacional, los periodistas le preguntaron por Nacho, su sucesor, su amigo, el del “expediente absolutamente intachable”, dijo ella en 2015...

La escena pasará a la historia con otros famosos virales como el de La he liao parda y La que has liao pollito, porque el mundo entero se detuvo cuando la férrea lideresa lloró ante las cámaras.

No es la primera vez que Aguirre se derrumba, le hemos visto al borde de las lágrimas en otras ocasiones.

La primera que recuerdo fue en octubre de 2002, en el discurso de despedida del Senado. Renunciaba a su escaño para presentarse a las elecciones autonómicas y se emocionó Esperanza al agradecer a sus padres que le hubieran educado en el ejercicio de la responsabilidad.

La segunda que me viene a la memoria sucedió en septiembre de 2003. Rafael Simancas le pidió que entregara la declaración de bienes a los medios, como él había hecho. Aguirre negó que su patrimonio hubiera aumentado durante su carrera política, al contrario, afirmó: "Mi patrimonio ha ido a la baja, lo único extraordinario que recibí fue la herencia de mi padre". Y lloró al recordarlo.

Esperanza también dejó ver sus lágrimas en cada toma de posesión: el 20 de noviembre de 2003 –aquí tendría que haber llorado más bien Rafael Simancas por el tamayazo que se llevó en toda la cara–, el 20 de junio de 2007 –“la responsabilidad es enorme”, dijo– y en 2011 –esta vez existía una carga emocional añadida, acababa de superar su enfermedad.

La última vez que Aguirre lloró en público, antes del pasado jueves, fue en el Congreso del PP de Madrid. Su llanto emocionado fue aclamado con una ovación de los asistentes que duró más de un minuto.

Algunos dijeron que las lágrimas de Esperanza Aguirre, la saliente, habían eclipsado la entronización de Cristina Cifuentes, la entrante. Y parece que lo repitió el pasado jueves, cuando los sollozos esperanziles robaron protagonismo a la actual presidenta de la Comunidadesperanziles, cuyo Gobierno había entregado a la Fiscalía el informe de la auditoría en el Canal de Isabel II en 2016, que dejaba a la rana González con las ancas al aire.

Repasando el amplio historial de lágrimas de Esperanza, un recién llegado a nuestro planeta podría imaginar a Aguirre como un ser desvalido, sensible y vulnerable, pero esa descripción no se correspondería con la habitual altanería y altivez a la que la lideresa nos tiene acostumbrados. Fue ella quien le recomendó a Carmena en un pleno municipal de 2015: "Hay que venir llorado de casa si se dedica a la política". Le faltó el vestido de chulapa, un organillo de fondo y un “¿vale?” final.

La mujer que destapó la Gürtel, la del Fast and Furious en el carril bus de la Gran Vía, la que compareció con calcetines horas después de sobrevivir a un atentado en Bombay, la que se estrelló en un helicóptero y salió por la puerta de la nave más chula que si viniera del Primark –tienda low cost de esas a las que se ven obligados a acudir los políticos porque sus sueldos no dan para más, dice Esperanza–, lloró amargamente al descubrir que su Nacho no era príncipe sino rana.

NOTA: No confundir a la rana Nacho con la rana Gustavo, el batracio de trapo, que además de ser el reportero más dicharachero del barrio, sí que goza, por el momento, de un historial intachable.

La operación Lezo tiene un gran reparto –nunca mejor dicho– y un protagonista indiscutible, Ignacio González, a él  le dedicaremos un monográfico, le sobran méritos. Pero el llanto de la lideresa merece su lugar en la historia, es todo un símbolo.

Para algunos, son lágrimas artificiales, un alarde interpretativo a la altura de Bette Davis. Para otros, Esperanza llora porque es consciente de que la gota de agua del Canal puede ser la que colme el vaso...

Rajoy comentó acerca de su emoción en la toma de posesión en 2011: “Aguirre ha mostrado una faceta que tienen los políticos, aunque algunos no se lo crean, y es que son seres humanos, con sus sentimientos”.

Los ciudadanos no debemos llorar, aunque seamos seres humanos con nuestros sentimientos, aunque nos cueste contener las lágrimas cada vez que descubrimos que nos han vuelto a engañar.

“No llores, ciudadano, porque las lágrimas no te dejarán ver las estrellas tramposas que le roban tanta luz a este país”.

Para llorar ya está ella, Esperanza, cazatalentos, su rana Nacho está acusada de desviar un millón de euros de la Comunidad al PP madrileño... Sonriamos y levantemos nuestros vasos para brindar por esta frase de Aguirre, un lema como para hacer camisetas:

“Yo soy la principal víctima de la corrupción”. Chupito.

Ignacio González... del ático a la prisión

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