Madrid D.F. Confidential Víctor Guillot
OFICIO DE IMPOSTORES
Uno de los entretenimientos favoritos del periodismo —supongo que ya se han dado cuenta— es el ensimismamiento. Este viso desde el que lanzamos una mirada semanal obedece a esa tarea autoindulgente y autocompasiva de hablar solo de lo nuestro, si bien pensando que, un poco, es también lo suyo de ustedes. Nos pasamos la vida dirimiendo qué hacemos, qué somos y cómo hacemos lo que hacemos y, tal como ya hemos denunciado desde aquí, echándonos la culpa de los males del mundo, que es una forma como otra cualquiera de darse importancia. El cincuentenario de El País, con ese significado singular de un diario nacido con la democracia liberal —que es el único marco en el que cabe el periodismo limpio—, ha alumbrado muchas reflexiones sobre este malhadado oficio de impostores no precisamente sofisticadas, por decirlo de forma elegante, si queremos que iluminen lo venidero con algo más que lugares comunes finiseculares.
Por una parte, el director ha hablado una y otra vez de su convencimiento de que existe una clara demanda de “verdad” en el mercado de la información, un pronunciamiento sobre el que solo cabe decir que ojalá fuera cierto y existiera tan inequívoca y mayoritaria demanda de hechos ciertos, pero el caso es que esa demanda es muy minoritaria. La demanda verdaderamente existente hoy es de “contenido”, un término mucho más amplio y heterodoxo que tiene un vínculo muy tenue con la información en general y con el periodismo en particular, y prácticamente ninguno con la “verdad”. La demanda de “verdad” —término asaz pomposo para las potencias reales de este oficio— existe pero es una parte ínfima del mercado. ¿Y qué es “contenido”? Todo. Contenido es un tutorial para meter el plumón nórdico en la funda y un vídeo autoproducido por un tonto a las tres acosando, con técnicas de escuadrista membrillo, a políticos, periodistas, funcionarios o a sus parejas e hijos en espacios de su vida íntima. Periodismo, en cambio, es informar de que la esposa del presidente del Gobierno ha sufrido una coacción violenta en sus actividades privadas por parte de un agente político disfrazado de periodista y financiado y jaleado por la oposición política.
Es importante considerar este caso porque ilustra cómo los contenidos no están ahí, no vienen dados, se generan, se producen de forma deliberada para su posterior distribución. A diferencia de la noticia, que nunca la produce quien la difunde, el contenido ha de ser generado como acto espontáneo pero en realidad dirigido y cuyo único sentido es su posterior difusión. Y eso explica el pintoresco desfile de testimonios del juicio oral del caso Mascarillas, cuya procedencia al asunto investigado —el presunto cobro de comisiones ilegales en la consecución de mascarillas para la Administración pública— ha sido remota, en el mejor de los casos. Pero se han generado en la sala tal cantidad de horas de televisión y miles de vídeos cortos para Tik-Tok para entretener al personal, merced a esa cabalgata de personajes que dieron cuenta de la disoluta vida privada del exministro José Luis Ábalos que, al cabo, tal parecía el propósito último de la sala segunda del Supremo con esta extravagante prueba testifical.
Una firma de relumbrón del periódico cincuentenario, por su parte, ha protestado por la abundancia de opinión en el periodismo del presente aduciendo su bajo coste respecto a la producción de periodismo en un sentido puro. La realidad del negocio ha sido y es —o debería ser— la contraria. De hecho, quien así se ha expresado es una firma de campanillas. Lo cierto es que la opinión es el mejor pagado de los cometidos periodísticos porque el convenio no escrito del género es que la opinión no la ejercen los periodistas, salvo los muy veteranos —los que tienen mucho más pasado que futuro—, porque es un territorio reservado a la autoritas. Mediante la opinión se asomaban a las páginas de un diario los juicios de alguien que por oficio o prestigio intelectual puede permitirse ofrecer su parecer autorizado sobre cuanto ocurre por la calidad de su pluma y su inteligencia y saber. Por eso, nunca un periodista ha cobrado por cada línea de texto producida la décima parte de lo que se paga a una firma de opinión. O así debería ser. La opinión, incluida su versión más impertinente, la crítica, solo la puede ejercer aquel que ocupa una posición elevada en la escala trófica de la escritura, por conocimientos, reputación o experiencia. Novelistas, catedráticos, políticos retirados, poetas o reporteros veteranos y reputados componían el animalario al que le estaba reservada la canonjía de opinar, que siempre se ha pagado —es casi ofensivo tener que aclararlo— muy por encima de lo que cualquier plumilla ingresaba por generar diez veces más cantidad de contenidos.
Quizá la pulsión detrás de ese quejido sea la más que justa reivindicación del retorno de esa jerarquía, de esa condición aristocrática de la firma de opinión. Es decir, que lo que hay detrás de esa intuición de la protesta del escritor bregado en medios seguramente sea una queja contra la democratización de la disciplina, banalizada al punto de que cualquier neófito se brega hoy en esas lides antaño reservadas a quien acreditaba un poso de la sabiduría acumulada o el dominio de un saber experto. De hecho, el que suscribe, sin más formación que la titulación común, jamás asomó la nariz al género hasta haberle dado la vuelta al jamón. El periodismo, en román paladino, es el género literario menos exigente dentro de las jerarquías de la letra escrita, y la opinión es la cúspide. Y así se ha pagado habitualmente.
Dicho de otro modo la opinión fue un lujo del periodismo en el que la firma aportaba el capital simbólico acumulado durante décadas, era el producto etiqueta negra de cada medio. Lo que denuncia la firma en cuestión, tras cuatro décadas de desempeño, es más bien que hoy se ha descapitalizado, se produce sin coste reputacional y se ha convertido en un contenido de flujo, no en una intervención intelectual.
Todo es contenido y ante la necesidad de provisión, se sirve materia prima sin procesar, a menudo en tiempo real pero sin jerarquía y se organizan los testimonios sin contraste. El espectador cree acceder a la verdad porque no hay intermediarios visibles y cada escena, sea un mentecato importunando a una mujer sin cargo o una testigo hablando de su gato, parece transparente porque ocupa espacio sin adjetivación ni contexto. La realidad es la contraria. El lector/espectador está más desprotegido porque no sabe qué es relevante, no distingue estrategia de sinceridad y no dispone de contexto.
El periodismo no compite con la mentira, pese a la beatífica pretensión de los compañeros, sino con la apariencia de verdad sin método
De algún modo, cuanta más “verdad en bruto” se ofrece, cuanto más permeable es el acceso a las tribunas, más necesario es el procedimiento y menos presente está. Todo converge en un mismo punto, militancia de este púlpito: el periodismo es mediación y se ejecuta con un método específico. Asistimos a la desaparición de los distingos entre ver y saber, opinar e informar, mostrar y explicar, acceder y comprender, y eso genera la ilusión contemporánea de que el mundo es inteligible porque es transparente, está expuesto.
El periodismo no compite con la mentira, pese a la beatífica pretensión de los compañeros, sino con la apariencia de verdad sin método. No es una crisis de credibilidad sino de jerarquía. Y por eso la afirmación “la gente exige la verdad” es, en el fondo, melancólica, porque pertenece a un mundo en el que los hechos no estaban disponibles sin mediación. Hoy, donde todo nos asalta, si hubiera alguna “verdad” aguardando ahí fuera, en el mundo real, solo es accesible mediante el método. En eso consiste el periodismo. Todo lo que vemos es contenido, de él una parte pequeña es información y otra aún menor es opinión acreditada. Pero muy poco de todo ello es periodismo, porque este oficio no se define por lo que obtiene sino por cómo lo consigue. Si somos conscientes, tal vez podamos soplar velas por otros cincuenta años.
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