Lo de Alicante

En un lugar de España del que no es momento de acordarme, aparecimos hace algunos años Almudena Grandes y yo para participar como jurados en un premio de novela histórica que se había convocado en la ciudad. Ni a ella ni a mí nos entusiasmaban esas cosas, pero la institución que sufragaba la iniciativa nos pareció seria y las condiciones generales no estaban mal, aparte de pensar nosotros dos que era una buena oportunidad para hacer un viaje tranquilo y aprovecharlo para charlar de nuestras cosas sin estar rodeados de otra gente, como solía ser habitual. Y así fue, durante el trayecto ella me comentó cuáles iban a ser los siguientes pasos que diera con sus Episodios de una guerra interminable y yo le conté el tema de la próxima entrega de mi serie protagonizada por el profesor Juan Urbano. Hablamos también de asuntos más domésticos y, en la última media hora, de los manuscritos sobre los que íbamos a votar. Coincidimos en que los finalistas, creo que cinco o seis, no eran gran cosa, pero sí que había uno que nos parecía a ambos el mejor y, de hecho, el más sólido y bien escrito que los demás.

Cuando llegamos a la sala de las deliberaciones, algo no me gustó: aparte de nosotros, había allí tres personas más, todas ellas naturales del lugar e impuestas por los organizadores. “Estamos listos”, pensé, “si hay debate y ellos van todos a una, perderemos tres a dos.” Tal cual, los locales impusieron, tras largas discusiones sobre el estilo, la categoría de los personajes o la fuerza de los argumentos de nuestra favorita y aquel trío no dejó de alabar y, finalmente, otorgar el galardón a un original que a Almudena y a mí nos había parecido muy farragoso, una mera descripción del pasado de la ciudad que no tenía, según nuestro criterio, ninguna hondura narrativa. Las bases del certamen obligaban a presentarse con seudónimo, así que cuando llegó el momento de abrir el sobre donde la aspirante –pronto descubriríamos que se trataba de una escritora– había apuntado sus datos, esperamos con curiosidad a saber su verdadera identidad. Entonces, nuestro anfitrión desdobló el papel en cuestión, le echó un vistazo, puso una cara de sorpresa por la que no le habrían dado un premio de interpretación y exclamó: “¡No os lo vais a creer! ¡La autora es Puri, la del departamento de Personal! Naturalmente, el nombre que acabo de escribir es supuesto.

Sabemos que el gran problema de España es la vivienda. Lo que ha hecho el PP de Alicante demuestra hasta qué punto eso les importa

En Alicante acaba de descubrirse que ocurrió algo parecido con unos pisos de protección oficial, edificados en un solar municipal de Playa de San Juan y subastados por el Ayuntamiento en un proceso que se alargó entre 2018 y 2022 hasta que, sorpresa, sorpresa, ahora se descubre que fueron adjudicados a la edil de Urbanismo, a los hijos de la jefa del área de Contratación, a un arquitecto municipal, a los hijos y un sobrino de la directora general de Organización Interna, a dos familiares del notario que escrituró la constitución de la cooperativa y al representante de la gestora que llevó a cabo los trámites de la operación. Ante semejante catarata de caraduras, el presidente de la Generalitat, Juanfran Pérez Llorca, salió a la palestra para defender que todos los afortunados cumplían los requisitos normativos establecidos para acceder a las viviendas en cuestión. Y para los que no las cumplían, por tener más ingresos de los estipulados, ya estuvo al quite su predecesor, el indescriptible Carlos Mazón, que había subido la cantidad hasta los sesenta y seis mil euros.

Cómo no van a justificar esto, si justificaron, apoyaron y aplaudieron al propio Mazón tras la Dana. Cómo no, si lo que han dicho en el PP sobre la concejala del partido en Valencia que fue a llamar hijo de puta a Pedro Sánchez en un acto público no es que la hayan expulsado, sino que han defendido la acción de la energúmena diciendo que es alguien que “como cualquier ciudadana ha expresado su opinión política sobre la actuación del actual presidente del Gobierno.” Es el modelo Ayuso, hablar con la boca llena de fruta.

Sabemos que el gran problema de España es la vivienda. Lo que ha hecho el PP de Alicante demuestra hasta qué punto eso les importa.

En un lugar de España del que no es momento de acordarme, aparecimos hace algunos años Almudena Grandes y yo para participar como jurados en un premio de novela histórica que se había convocado en la ciudad. Ni a ella ni a mí nos entusiasmaban esas cosas, pero la institución que sufragaba la iniciativa nos pareció seria y las condiciones generales no estaban mal, aparte de pensar nosotros dos que era una buena oportunidad para hacer un viaje tranquilo y aprovecharlo para charlar de nuestras cosas sin estar rodeados de otra gente, como solía ser habitual. Y así fue, durante el trayecto ella me comentó cuáles iban a ser los siguientes pasos que diera con sus Episodios de una guerra interminable y yo le conté el tema de la próxima entrega de mi serie protagonizada por el profesor Juan Urbano. Hablamos también de asuntos más domésticos y, en la última media hora, de los manuscritos sobre los que íbamos a votar. Coincidimos en que los finalistas, creo que cinco o seis, no eran gran cosa, pero sí que había uno que nos parecía a ambos el mejor y, de hecho, el más sólido y bien escrito que los demás.

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