Qué ven mis ojos

La derecha extrema y los políticos presos

{C}cke_bookmark_251S{C}cke_bookmark_251E{C}cke_bookmark_303E">"Hay quien va a votar como si dijera: si necesitas a alguien que me haga daño, me ofrezco voluntario"

El orden de los factores no altera el producto, pero el de las palabras, sí: les das la vuelta y ya parecen otra cosa, algo que es muy fácil de demostrar aquí y ahora, poniendo como ejemplo la lucha sin cuartel entre los independentistas y los constitucionalistas por describir a los encausados del procés como presos políticos o como políticos presos. Parece una diferencia pequeña, y sin embargo una cosa los convierte en culpables y la otra en inocentes; una dice que ejercieron un derecho democrático y otra que cometieron un delito. Así de importante es el modo en que algo se verbaliza o se escribe.

En plena campaña electoral, el baile de máscaras ha comenzado y la Triple D, los socios de Colón, aquellos que se fotografiaron en posición de firmes para el tríptico promocional de su reconquista de La Moncloa, intentan hacerle creer a los votantes que ellos, Casado, Rivera y Abascal, van en el mismo barco, pero reman en direcciones distintas. Los dos primeros no quieren que se piense que son de extrema derecha, pero actúan como una derecha extrema. Uno es capaz de cualquier cosa con tal de hacerse con el poder, desde lanzar una ráfaga de insultos al presidente del Gobierno, ya saben, el rap del P P, con su estribillo como un solo de metralleta, felón/traidor/okupa/ilegítimo/mediocre/incapaz/ególatra/ridículo/mentiroso/desleal, hasta volver a meterse en el jardín del aborto, para demostrar que es más de derechas que el grifo del agua caliente. Y el otro, siguiendo su línea habitual, es decir, haciendo eses y tomando atajos, sean los que sean y en compañía de quien sea, con tal de llegar primero a la meta. El tercero en discordia, siempre tratando de sembrarla, está crecido, porque le han votado muchas personas en un país en el que nos habíamos contado que algo como él y su partido nunca existirían, y los suyos repiten como lema una frase que a ellos les da ánimos y a otros nos da miedo: o ganamos nosotros, o ganarán nuestras ideas.

Si son una derecha extrema es, entre otras cosas, por su modo de afrontar lo que creen que es su principal as en la manga de cara a las urnas, el asunto de Cataluña, para el que tienen una única solución: un 155 que anuncian que sería inmediato –"ya lo tenemos preparado", suelen repetir– e ilimitado, algo que no parece que les fuera a permitir la ley, porque la Constitución no lo autoriza; así que, ya que estamos hablando de tríos, aquí también habría una tercera i: sería ilegal. Inmediato, indefinido e ilegal. Es lo malo de evocar el espíritu de la Transición y a la vez negar cualquier diálogo con el rival ideológico; es lo malo de ese gusto por las arengas violentas, que buscan el cuerpo a cuerpo con el adversario y calentarle la cabeza a la gente echándole leña al fuego. A ver si también vamos a tener que poner del revés la famosa sentencia de Carl von Clausewitz, "la guerra es la política por otros medios", y pensar que enunciada al contrario define mejor la estrategia de ciertos dirigentes: la política es la guerra por otros medios. Cuerpo a tierra, no sea que estos patriotas sólo lleven bandera para tener un palo a mano.

En medio de todo este combate hecho de golpes bajos y abrazos del oso, hay demasiados participantes en la refriega, tanto dentro como fuera de las redacciones, haciendo como que el emperador va vestido, dispuestos a fingir que ni ven a Vox, ni oye lo que dicen sus dirigentes, que cada dos por tres reinciden en su discurso reaccionario. O haciendo que no escucha disparates como el que lanzó a los cuatro vientos el consejero de Economía de la Junta de Andalucía, propuesto por Ciudadanos, que se ha hecho célebre en diez minutos con su teoría para acabar con el desempleo: "Lo que tienen que hacer los parados de larga duración es mudarse a otro sitio para encontrar trabajo". Qué divino. Aquí se pasa de catedrático a catedralicio en un abrir y cerrar de micrófonos.

El 28 de abril es igual que todas las jornadas de elecciones: un modo de medir a los que se presentan y a quienes lo eligen. Ya veremos cuántas personas confían en la vuelta de tuerca del PP, donde hay un ala más moderada que se preocupa, en estos días de cálculos y sondeos, por la radicalización de su candidato, al que han recomendado que deje de decir lo primero que se le pasa por la cabeza. No vaya a ser que diga lo que de verdad piensa, cosas como que "si queremos financiar las pensiones y la salud, debemos pensar en cómo tener más niños y no en cómo los abortamos"; "o que se vaya a las esquinas del cuadrilátero, porque ahora, sostienen, toca dar una imagen institucional, y los temas conflictivos e impopulares, dejarlos para después de la victoria, ya saben, ese momento en que empiezan a hablar de la "herencia recibida" mientras vacían nuestras neveras y llenan sus cuentas bancarias.

Unas elecciones siempre son una fiesta de la democracia, aunque a algunos sólo se lo parezcan cuando manda el enemigo. Pero todas las fiestas acaban con un baile y éste, ya lo hemos dicho, es de disfraces. No los miren a ellos, miren lo que hay detrás de sus máscaras. No piensen en lo que muestran, sino en lo que esconden. Y eso vale para todos, aunque para unos valga más que para otros.

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