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Qué ven mis ojos

Una guerra mundial en la que todos estamos del mismo lado menos los de siempre

Benjamín Prado

A veces, el que más grita es quien más tiene que callar.

Bill Gates también se equivoca, y para demostrarlo ha definido la pandemia de covid-19 que nos ha diezmado como “una guerra mundial en la que todos estamos del mismo lado.” Por desgracia aquí las cosas no son así y por eso tenemos dos problemas, el nuevo y el de siempre: la lucha a cara de perro, y caiga quien caiga, por el poder y todo lo que arrastra, que en este momento suena como una ristra de latas atadas al parachoques de un coche fúnebre. Es decir, que suena inoportuno y ofensivo. En el fondo, la música de cacerolas que promueve la ultraderecha tras el aplauso al personal sanitario lo explica todo. Nadie niega el derecho a protestar o a mostrar desacuerdo con las decisiones de este Gobierno o del que sea, faltaría más, pero hacerlo en estos instantes dramáticos y tratar de robarle hasta el símbolo de los balcones y su hora de homenajear a las personas que cada tarde nos salvan la vida en los hospitales –y a veces pierden la suya en el empeño–, es sencillamente vergonzoso. Quienes no tienen límites no se paran ante nada, y eso quiere decir que se llevan cualquier cosa que se les ponga por delante.

En España hay quien vive del ruido. Hay quien trafica con el miedo, quien no da sustos para ahuyentar a la gente sino para que le sigan y quien, para conseguirlo, suelta lobos en los jardines y lo pinta todo de negro. Hay quienes hacen de cada sábana un fantasma y, como nada los detiene, en eso están ahora incluidas las de las camas de los hospitales. Hay quien en mitad del drama sólo ve una buena oportunidad, en medio de la tormenta una disculpa para montar un motín en el barco. Hay quien está convencido de que esta es la suya, de que si juega bien sus cartas ganará la partida, ahora o nunca. Como ejemplo siniestro, que mientras el gráfico de la muerte subía hubiese quien pedía disolver el Parlamento y montar un Ejecutivo de concertación nacional, que es como llaman todos los golpistas a sus alzamientos, también deja muy claro quién es quién, lo que pretende y hasta dónde llegaría para conseguirlo. Se suma todo eso y la verdad es que se siente envidia de la oposición leal, responsable y constructiva que hemos visto estos días en Portugal, Italia o Alemania.

Los números no suelen mentir, en todo caso lo hacen quienes los manipulan. España está entre los diez países que más test diagnósticos han hecho en el mundo, según la OCDE. Podía haber sido mejor, sin duda, si hubiéramos tenido más material farmacéutico primario, en lugar de haberlo dejado en manos de China y otros países de la zona. También habría sido todo más fácil si las empresas nacionales que podrían fabricar mascarillas o trajes aislantes no estuvieran cerradas. Y desde luego, lo habría sido aún más si el neoliberalismo no hubiera tratado de destruir el sistema público de salud, cerrando hospitales, quitando miles de camas y despidiendo a los profesionales del sector. El mayor foco de víctimas mortales del coronavirus está en Madrid, donde manda el Partido Popular desde 1995 y contra el que se formó la célebre marea blanca que protestaba contra el acoso y derribo al que sometían a la Sanidad pública, cuyas competencias estaban en sus manos, como lo ha estado la gestión de las residencias de la tercera edad. ¿Pueden ahora lavarse las manos y que el agua no se tiña de rojo? A veces, el que más grita es quien más tiene que callar.

Habrá tiempo de analizar todo esto y también existirá la ocasión de cambiarlo, porque es de esperar que unos y otros hayan aprendido algo de nuestro paso por el infierno. Sea del color que sea la bandera con la que se identifique cada uno, hay que construir entre todas y todos un futuro en el que seamos más fuertes y menos vulnerables, en el que defendamos nuestro país, a nuestros trabajadores, nuestra industria, nuestras empresas, nuestra Seguridad Social, nuestro sistema educativo… Lo de que juntos saldremos de esta no es sólo un lema, es una definición de la esperanza. Los que traten de quitárnosla, esos serán el enemigo. Van a lo suyo y no lo quieren compartir. Que no se nos olvide quiénes son y lo que están haciendo.

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