Qué ven mis ojos

Hay quien aprovecha que va ganando para perder los papeles

“Los salvadores son peligrosos, siempre están cerca de convertir el rescate en una invasión”.

A veces uno piensa que lo único que distingue a un presidente de un Estado de Derecho y un dictador es que al primero lo han elegido los ciudadanos en unas elecciones. Y eso no lo es todo, en realidad debería ser nada más que una parte, y ni siquiera la que más importase, porque lo básico, por pura lógica, sería que ese cargo público tuviese de verdad un talante y un deseo de poder democráticos. La pregunta es: ¿cuántos lo tienen de verdad y cuántos no tienen más remedio que aparentarlo? ¿A cuántos les gustaría perpetuarse en sus cargos? Estamos viendo que cada día lo intentan más, el de China, Xi Jinping, que ha promovido un cambio en su Constitución para que los mandatos de quien ocupe la máxima autoridad del país puedan ser ilimitados. Ahí tenemos a Vladimir Putin, retorciendo la legalidad de Rusia para seguir mandando en el Kremlin, a veces desde la sombra y a veces a plena luz del día. Los medios de comunicación son en eso igual que en casi todo: flexibles, por decirlo de una forma suave. Si el que quiere cambiar su Carta Magna para quedarse en su silla de mando es un Chávez, se le llama sátrapa, golpista —lo fue, al menos en grado de tentativa— y embaucador. Si el que lo hace es un Uribe, se le califica de estadista y se alaba su astucia política. Pero la realidad es que toda esa gente son los mismos truhanes con diferente bandera. Nada más.

En España no hemos llegado a eso, porque tampoco hace falta: aquí uno puede instalarse en La Moncloa el tiempo que quieran las y los que le votan, se manifiestan contra él y vuelven a votarlo. Felipe González estuvo doce años y Mariano Rajoy va a por el récord, aunque si el cronómetro lo tienen sus aliados de Ciudadanos, se va a quedar con la miel en los labios y la meta a tiro de piedra, a lo Carlos Sainz, porque su problema no son los tiburones, que se han vendido al zoológico y pasan por todos los aros que les pongan delante, sino el Delfín, que es quien ha olido la sangre y está dispuesto a morder y ponerlo todo naranja.

Así que en nuestro caso no se trata de cambiar la Constitución, sino de dejarla como está, en todo caso, porque hay demasiada gente con influencias que se ve beneficiada por ella, lo mismo que por el sistema electoral que en 1977 se hicieron los ganadores de la Transición a la medida de sus intereses. Pero ha sido dar un puñetazo encima de la mesa con la suspensión e intervención de la autonomía de Cataluña, ver a las claras y para satisfacción de casi todos que la ley, por suerte, impera entre nosotros, y empezar el PP a mostrar unas formas autoritarias que, por desgracia, se han extendido como la pólvora a otros estamentos. A un lado, el Gobierno exprime la vaca del 155 para meterse en todas las camisas de once varas del muestrario, desde el conflicto del monasterio de Sijena hasta la provocación de volver con el cántaro a la fuente del idioma, aunque sea nada más que para revolver el agua y ver si pescan algo.

Sea como sea, da la impresión de que en la calle Génova o tratan de subirse a un tren en marcha, sin importarles dónde los lleve, o están muy crecidos y con la sensación de que todos los errores que hayan podido cometer Puigdemont, Junqueras y demás partidarios de la DUI justificarán los que ahora cometan ellos. Se equivocan, y los mismos que se han opuesto a las tropelías de los unilaterales, se opondrán a las suyas. Primero, porque ellos son parte del problema, lo avivaron para ver qué rascaban y seguros de que el riesgo era mínimo, dado que por allí no eran más que un partido del montón; y segundo, porque no se puede aprovechar que el Segre pasa por Lérida para demostrar lo poco que creen en muchas de las cosas que tienen que defender de cara a la galería. Sus ganas de hacer leña del árbol caído los definen y deberían alertar a quienes, de buena fe, los han secundado en esta batalla.

Igual es que de tanto vencer con trampas se han olvidado de que también hay que saber ganar y que también se puede de morir de éxito. Y que de eso, tampoco se puede resucitar.

Quienes no se mueven, no notan sus cadenas

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