Qué ven mis ojos

Quienes no se mueven, no notan sus cadenas

“Entre tú y yo no hay distancia, hay lejanía: eso es lo que se piensa de una pareja que ya no nos quiere y de un Gobierno insensible”.

La democracia no consiste en obedecer, ni en ser silenciados, ni en que haya ideas prohibidas o instituciones, cargos y personas intocables. En una democracia no puede suceder que una opinión sea un delito, ni que el más mínimo gesto o palabra de protesta contra un policía acarree una multa desproporcionada y, sin duda, puesta con fines ejemplarizantes. Sin embargo, todo eso está ocurriendo en España, multiplicado por mil desde que el Partido Popular, tirando de su hilo más autoritario, impuso, utilizando el rodillo de su mayoría absoluta como porra, una Ley de Seguridad Ciudadana que si fue bautizada con el apodo de ley mordaza y así se ha referido casi todo el mundo a ella desde que entró en vigor, no debe ser por casualidad.

El resultado de esa norma avasalladora y reaccionaria es que aquí unos raperos hacen unas coplas o ripios más o menos afortunados y los condenan a ir a la misma cárcel en la que, por cierto, no terminan de entrar nunca otros que han robado millones de euros de dinero público o han conducido al país entero al borde de la bancarrota. O un joven se cruza con unos miembros de las fuerzas del orden con una camiseta que lleva un lema en inglés que consideran ofensivo, “todos los polis son corruptos”, y otro se dirige a unos agentes que le pedían su documentación llamándolos “colegas”, y a ambos les cae una fuerte sanción económica. O unos manifestantes queman una fotografía del jefe del Estado en la vía pública y se les mete tal pena que tienen que venir los tribunales de Europa a explicarnos que eso no es una ofensa a una persona, ni tampoco un delito, sino un acto de crítica a un organismo, la monarquía, con el que tienen todo el derecho del mundo a protestar, y a obligar a que se les indemnice. O se censuran libros y cuadros, se retiran unas obras que colgaban en las paredes de ARCO, antes tan pensadas para la irreverencia y la trasgresión, o se ordena el secuestro de un ensayo sobre el narcotráfico que, paradójicamente, se está emitiendo por la televisión, convertido en una serie doméstica. Podríamos seguir, y cada ejemplo sería una interrogación que nos llevaría a preguntarnos cómo es posible que ese disparate legislativo siga en pie, porque esa no es una página de nuestro Código Penal de la que podamos estar orgullosos. A este paso, la derecha va a conseguir que retroceda también, como lo han hecho tantas cosas, otro de los baremos que miden la salud de una democracia: cuando funciona, los ciudadanos se cruzan con un policía y se sienten protegidos; cuando no funciona, se sienten amenazados. Mucho ojo con eso.

Por suerte, a las mujeres y a los pensionistas que estos días han tomado las calles con una energía maravillosa y demostrando que las causas justas están por encima de todas las banderas —excepto para aquellas y aquellos que viven de ondearlas y se hacen ricos no con lo que ganan sino con lo que le quitan a los demás—, no se han atrevido a disolverlos con un pelotón antidisturbios, según tienen por norma y que es un argumento cada vez más utilizado por quienes no poseen otro y están convencidos de que la fuerza bruta tiene lugar en una sociedad libre y avanzada. No es así. Esta vez, sin embargo, mientras nos alegramos de la ausencia de heridos, es de temer que si las balas de goma y los botes de humo no han aparecido no es porque a esta gente le tengan más respeto, sino más miedo: en ellos ven peligrar sus escaños, sus privilegios, sus votos, y eso los hace temibles. Tanto tengo, tanto vales… mientras me lo sigas dando, podrían decir.

Decía Rosa Luxemburgo que “quienes no se mueven, no notan sus cadenas”. Aquí se está moviendo algo y lo mejor de todo es que los pasos de los que caminan juntos no suenan a desfile, no parecen los de personas que vayan uniformadas ni se atengan a unos principios iguales: son algo más que eso, mujeres y hombres que no van a dejarse engañar por los anagramas ni por los embaucadores, tanto si son de los suyos como si son los otros, sencillamente porque piden lo que les pertenece, lo que, en cierto sentido, se han dejado quitar. Y porque en La Moncloa las paredes se han vuelto de cristal: que a la vez que dicen que no hay presupuesto para pensiones dignas, que por pura lógica nunca deberían ser menores que el sueldo mínimo, anuncien que van a destinar diez mil millones de euros para comprar armamento a nuestros ejércitos, es de nota. Ojalá no se detengan, porque su avance será proporcional a la retirada de los vampiros. “Entre tú y yo no hay distancia, hay lejanía”: eso es lo que se piensa de una pareja que ya no nos quiere y de un Gobierno insensible. Este que tenemos, lo fue en la época en que nadie podía oponérsele y ahora no sabe cómo volver atrás o no quiere hacerlo. O las dos cosas. Conociéndolos, me inclino por la tercera opción. En las próximas elecciones lo pagarán caro, sin duda, más que nada porque sus partidarios han encontrado, al fin, la manera de quitárselos de encima: los cambiarán por una versión nueva de ellos, unos jóvenes que aunque sean los mismos, al menos son otros. Ahora sólo queda esperar que, como dice la frase hecha, los que vengan no los hagan buenos. Y mira que parece difícil.

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