Qué ven mis ojos

La riqueza es lo que hay, la economía en qué se convierte y justicia cómo se reparte

“No creas en quien dice: si confías en mí, dejaré de mentirte”.

La riqueza es lo que hay, la economía en qué se convierte y justicia cómo se reparte. En el tercer punto es donde falla todo, es el origen de la desigualdad, lo que hace que esto no funcione ni pueda acabar bien, se mire como se mire: todas las revoluciones empiezan en un callejón sin salida, y eso es en lo que se ha convertido un mundo basado en que los sufrimientos de millones de personas sean un buen negocio para unas cuantas que lo poseen todo y además quieren el resto. Lo incomprensible no es que haya quienes cometen el abuso y se benefician de él, porque el ser humano es avaricioso por naturaleza, sino que lo justifiquen muchas de sus víctimas. Lo contrario de la lógica es el miedo. Lo contrario de pelear es rendirse.

Porque es de pura lógica que un mismo Gobierno no pueda decir a la vez que no hay dinero para subir las pensiones y que se va a gastar diez mil millones de euros en armamento. ¿Nos invade alguien? ¿Muchas personas jubiladas no pueden vivir con una paga que está muy por debajo del salario mínimo? Como la respuesta afirmativa sólo puede darse a la segunda pregunta, es que no cuadran las cuentas. Pensar que una parte de lo que se les ha quitado a nuestros mayores habrá servido para rescatar a entidades financieras que hoy en día vuelven a repartirse beneficios de muchos ceros a la derecha, nos hace leer de otro modo esas declaraciones provocadoras del filósofo Nassim Nicholas Taleb que dicen que “hay que acabar con los bancos, dado que su única función es pagar millones a sus ejecutivos”.

Es de pura lógica que no debería permitirse que la luz y el gas suban y suban y obliguen a miles de ciudadanos a elegir entre vivir a oscuras o con frío, mientras los dirigentes de las compañías energéticas ganan cantidades fabulosas: treinta y cinco mil euros diarios, cinco, seis, o nueve millones al año… Si se piensa dos veces, ¿es de verdad razonable que ese abastecimiento de primera necesidad esté en manos privadas y que en lugar de las leyes de la democracia lo manejen las del mercado? El problema se multiplica por dos en una época en la que ni siquiera tener un trabajo garantiza que se pueda sobrevivir: ayer mismo, el presidente Rajoy anunció que va a crear 475.000 empleos en un abrir y cerrar de ojos, pero ¿en qué condiciones y con qué sueldos? La contestación a eso puede encontrarse en su Reforma Laboral, hecha para conseguir que los derechos de los asalariados retrocediesen décadas. Y por ahí siguen y por eso no les aprueban los presupuestos, que ayer mismo el Secretario General del PSOE calificaba de “continuistas, no sociales, coherentes con la política de recortes del PP y hechos para consolidar la desigualdad, la precariedad y  un crecimiento sin derechos”. Algo tendrán que hacer, o cambiar el paso o tirar las armas, porque ya lo decía en su último artículo el maestro Joaquín Estefanía: “Un Gobierno sin presupuestos es un Gobierno muerto”.

También es de pura lógica que un sistema no puede mantenerse cuando demasiadas nóminas no permiten llegar a fin de mes, o lo que es lo mismo, cuando el esfuerzo no obtiene recompensa, y sin embargo otros cobran cantidades fabulosas por no hacer nada. Las últimas noticias sobre el Campus de la Justicia que auspició Esperanza Aguirre hablan de eso, de un proyecto que nunca llegó a concluirse ni funciona en modo alguno pero que además de haber generado unas pérdidas de noventa millones de euros y haberse montado para repartirse el pastel, con una plantilla formada por veintidós jefes y un administrativo, resulta que ahora la Cámara de Cuentas ha hecho públicos los gastos que pasaban sus directivos y son para tomar la Bastilla: 252.922 euros en publicidad que nadie ha visto; 15.647 euros en alquileres de coches, hoteles y restaurantes de lujo; 9.452 en combustible, aparcamiento y lavado de automóviles; comidas de cientos de euros o 50.000 más para una escultura que se encargó, se pagó y nunca se ha hecho, entre otras cosas porque no hay dónde ponerla.

Y es contrario a toda lógica que un país democrático mantenga en pie un monumento a un dictador sanguinario, el bochornoso Valle de los Caídos; que se financie una Fundación Francisco Franco que se dedica a celebrar el aniversario de “una victoria tan justa como merecida”, santificando un golpe de Estado, miles de crímenes y una dictadura atroz, mientras en el extremo contrario se dictan penas de cárcel por hacer chistes sobre Carrero Blanco en internet. No sé si un Gobierno sin presupuestos es un gobierno muerto, pero sí que un Gobierno que en lugar de estar con las víctimas está con los asesinos, no tiene un pase. Muchas de ellas siguen en cunetas, sin que haya un euro de dinero público para ayudar a sus familiares a darles un entierro digno y obligándoles a oír a su portavoz en el Congreso asegurando que sólo se acuerdan de sus antepasados cuando les dicen que podrían obtener una subvención por sacarlos de la fosa común.

Vamos a dejarlo aquí, porque los ejemplos son interminables pero las columnas tienen que acabar. Y porque este martes se está poniendo muy oscuro a base de iluminar los rincones en sombra del poder, igual que cuando se enciende una linterna y se descubre al ladrón agazapado en una esquina. Se ha tardado, pero al final hasta los más fieles lo han tenido que admitir: no era un oasis, era un espejismo.

Sólo es posible un final feliz: librarse de los lobos que han reescrito el cuento

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