Qué ven mis ojos

Sólo es posible un final feliz: librarse de los lobos que han reescrito el cuento

“Si quieres recuperar tus derechos, vuelve a pronunciar las palabras que los nombraban: son las mismas de las que ellos se ríen”.

No voy a hablar de nada. Esa es la oferta de hoy: hagamos como que todo el mundo ha decidido sacar bandera blanca, que se ha decretado una tregua, y no hablemos de nada. Porque la realidad es fea e hipócrita; las noticias producen mareos, cólera o hastío; definir la política como una bañera llena de tiburones es quedarse corto. Hay gente que da golpes y gente que los devuelve. Hay quien se fuga y quien es atrapado. Hay policías que unas veces cargan hacia la derecha y otras hacia la izquierda. Hay quien mintió y se pone hecha una furia porque la han pillado con las manos en la masa. Algunos medios de comunicación, cada vez más, difaman, maquillan, exageran, silencian o crucifican a quienes no les bailan el agua, piensan de un modo distinto al de sus editoriales o, simplemente, pueden servirles para vender otro periódico, logran otro uno por ciento de cuota de pantalla u otra docena de oyentes, conseguir otro puñado de seguidores en las redes. Muchos se aburren de oír y ver lo mismo día tras día. Nadie dice la verdad, aprovechando que casi nadie dice lo que piensa, no vaya a ser que lo acusen de cualquier incorrección. Causas nobles en sí mismas se enturbian por el uso interesado que hacen de ellas las y los oportunistas. La desigualdad y la injusticia son tan evidentes que parece mentira que quienes las sufren lo hagan con tanta paciencia, tanta resignación. El neoliberalismo ha arrasado con gran parte de nuestros derechos pero aún queda quien lo aplaude, lo justifica, hace que le cuadren los números, le proporciona argumentos económicos y hasta coartadas intelectuales. Ante tal avalancha de hechos ignominiosos, lo mejor es usar la Semana Santa para irse de vacaciones, los que se lo puedan permitir, de manera física; y los que por desgracia no tengan con qué moverse o dónde ir, que serán demasiados, porque estas sociedades caníbales dejan a tantos, según los casos, en la cuneta, al margen o en el fondo de su sistema, al menos de forma mental: hay que tomarse un descanso y tiempo para pensar, y el lunes ya veremos por dónde meterle la cuchara a esta merienda de negros donde para llevarle la contraria a esa expresión, los que se comen a los demás suelen ser los blancos.

Hay que volver a la ingenuidad, es decir, cerca de la génesis, que es lo que esa palabra significa en su raíz, tal y como explica en un libro magnífico, La penúltima bondad (Ensayo sobre la vida humana), recién publicado por la editorial Acantilado, el filósofo Josep Maria Esquirol. Es una obra que nos recuerda que “vivir es sentirse viviendo”, o sea, que hay que aspirar a “un concepto de vida que trascienda el de la biología”. Pero qué difícil resulta conseguirlo, en un mundo que para los más débiles y los menos afortunados está lleno de trampas, de problemas, de impedimentos...; que está gobernado por “tiranías, tecnocracias y totalitarismos que encubren o ignoran” a los menos favorecidos, que se han hecho con los mandos de la democracia, un sistema inmejorable que han empeorado los truhanes de guante blanco que manejan los hilos desde el mundo del dinero y el poder, y que se tambalea, hasta verse en peligro de derrumbe, “frente a las políticas de la mentira y ante sus propias degeneraciones”. Qué nos han hecho y qué parte de culpa tenemos, por no luchar todos a una contra el enemigo común. ¿Y si utilizamos esta pausa en el calendario para detenernos a pensar sobre eso?

“La ética es una óptica”, recuerda Esquirol que decía el maestro Lévinas, y eso nos recuerda que lo que no se puede hacer es cerrar los ojos ante el abuso, la prevaricación y otras tropelías que a veces se justifican en base a un supuesto beneficio general. El muro está lleno de grietas, salariales y morales, que hay que tapar. Necesitamos librarnos de los lobos que han reescrito el cuento, poner en pie “una comunidad acogedora y curadora” y pronunciar sin miedo esas “palabras que hay que salvar: compañerismo, tacto, reflexión”, de las que se habla en esta obra reconfortante e inquietante al cincuenta por ciento. “El egoísmo es fuerte”, escribe este brillante profesor de la Universidad de Barcelona, Premio Nacional de Ensayo, al que ya conocíamos por Uno mismo y los otros La resistencia íntima, pero lo puede ser aún más “la acogida, el velar por el otro”. Si recordamos eso y lo volvemos a poner sobre el tablero, la partida aún se puede ganar.

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