La palabra “oposición” tiene sinónimos que son matices interesantes: la RAE señala “desacuerdo” y “contraste”, que tienen un rico aroma intelectual, de debate sano y argumentos que se contraponen; pero también propone “enfrentamiento” y “obstrucción.” No hace falta ser Sherlock Holmes para ver que la estrategia del Partido Popular en su asalto a La Moncloa es practicar las dos últimas por tierra, mar y aire, llueva o haga sol y aunque con frecuencia eso les haga contradecirse y pasar de una cosa a la opuesta como quien cruza de un lado al otro de la calle. Ahora mismo, por ejemplo, su líder, Alberto Núñez Feijóo y su núcleo duro le exigen al Gobierno que lance de inmediato un plan de rebajas fiscales y subvenciones que compensen la subida de precios de la guerra en Irán, cuando hace unos días votaron, de nuevo, en contra del escudo social, junto con las otras dos patas del banco de la derecha, Vox y Junts. Ahí se unen lo curioso y lo dudoso, lo primero porque no deja de ser sorprendente que les preocupen los efectos de un ataque que ellos aplauden y justifican, por mucho que se haya llevado a cabo por encima del cadáver del derecho internacional; lo segundo, porque, visto lo visto, eso de considerarle a él jefe de su formación es arriesgado: ¿por qué será que con las letras de “Ayuso” se puede escribir “suyo”?
El martillo pilón del “me opongo a todo” rompe más de lo que arregla; usarlo para todo y como único lema no parece que le funcione bien; su valoración en las encuestas no se mueve del suspenso; si hacemos la famosa lectura en clave nacional de lo que ha ocurrido en las elecciones de Aragón y Extremadura, donde el fracaso ha sido de campeonato, el horizonte se le pone de color hormiga: ¿no se dan cuenta este hombre y sus colaboradores más cercanos de que, con su modo de actuar, si le va bien al PP le va bien a la ultraderecha, y si al PP le va mal a la ultraderecha le va todavía mejor?
Feijóo se ha dejado por el camino su fama de moderado, carismático a lo gris y buen gestor: se ve que no levanta cabeza desde que naufragó en las urnas
A Feijóo le repintaron hace tiempo el barco y le pusieron el nombre Derechita Cobarde; el lema hizo fortuna y hoy ya se le ven vías de agua que ni él ni sus oficiales a bordo saben cómo achicar, y el caso es que le empiezan a saltar por la borda los marineros: el número uno de sus juventudes, Nuevas Generaciones, acaba de darse de baja en el PP y de pedir el voto para Vox, donde quedan sitios libres porque ahí se está produciendo una auténtica desbandada cuyos prófugos coinciden en señalar un grado de corrupción económica, desvíos de dinero y apropiaciones indebidas que, por lo que sea, no parece que haya juez Peinado o fiscalía que quieran indagar.
Entre una cosa y otra, Núñez Feijóo se ha dejado por el camino su fama de moderado, carismático a lo gris y buen gestor: se ve que no levanta cabeza desde que naufragó en las urnas contra todo pronóstico, después de vender antes de cazarlo la piel del oso al que estaba abrazado. Y su respuesta al fracaso ha sido oponerse a todo. Y no le va bien. Ayuso, mientras tanto, se ha ido a gastos pagados a Nueva York, para poderle mirar por encima del hombro desde un rascacielos.
La palabra “oposición” tiene sinónimos que son matices interesantes: la RAE señala “desacuerdo” y “contraste”, que tienen un rico aroma intelectual, de debate sano y argumentos que se contraponen; pero también propone “enfrentamiento” y “obstrucción.” No hace falta ser Sherlock Holmes para ver que la estrategia del Partido Popular en su asalto a La Moncloa es practicar las dos últimas por tierra, mar y aire, llueva o haga sol y aunque con frecuencia eso les haga contradecirse y pasar de una cosa a la opuesta como quien cruza de un lado al otro de la calle. Ahora mismo, por ejemplo, su líder, Alberto Núñez Feijóo y su núcleo duro le exigen al Gobierno que lance de inmediato un plan de rebajas fiscales y subvenciones que compensen la subida de precios de la guerra en Irán, cuando hace unos días votaron, de nuevo, en contra del escudo social, junto con las otras dos patas del banco de la derecha, Vox y Junts. Ahí se unen lo curioso y lo dudoso, lo primero porque no deja de ser sorprendente que les preocupen los efectos de un ataque que ellos aplauden y justifican, por mucho que se haya llevado a cabo por encima del cadáver del derecho internacional; lo segundo, porque, visto lo visto, eso de considerarle a él jefe de su formación es arriesgado: ¿por qué será que con las letras de “Ayuso” se puede escribir “suyo”?