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Si regañan a Pedro Sánchez es que va por el buen camino

Pedro Sánchez, candidato a la Secretaría General del PSOE.

¿Hizo bien Pedro Sánchez imponiendo el voto de los eurodiputados socialistas en contra de Jean-Claude Juncker como candidato a presidir la Comisión Europea? A juzgar por la bronca que le ha caído de la inmensa mayoría de periodistas y analistas, la respuesta debería ser negativa. Casi todos han visto en esta decisión una motivación oportunista, demagógica e, incluso, utilizando el adjetivo más de moda en estos momentos, “populista”. Algunas regañinas han sido antológicas, llenas de suficiencia y condescendencia hacia el joven e inexperto secretario general. La más severa, sin duda, la de Xavier Vidal-Folch en El País.

La censura vino también de su propio partido. En Abc se contaba que Rubalcaba trató de convencer a Sánchez de que cambiara de criterio y que, en el peor de los casos, los socialistas españoles se abstuviesen, sin llegar a votar en contra. Asimismo, en declaraciones a la Ser, Ramón Jaúregui, con esas maneras clásicas de la vieja guardia socialista, desautorizó la decisión de Sánchez en nombre del europeísmo.

¿Cuál es el motivo de la crítica? En primer lugar, que los pactos deben cumplirse. El PSOE forma parte del Partido de los Socialistas Europeos (PSE) y este partido ha llegado a un acuerdo con el Partido Popular Europeo que consiste en que los socialistas apoyen a Juncker como presidente de la Comisión a cambio de que Martin Schulz obtenga la Presidencia del Parlamento Europeo.

Ese acuerdo, además, supone que los dos grandes partidos europeístas cierren filas frente al aumento de grupos críticos o directamente anti-europeístas (lo que los europeístas llaman genéricamente “populistas”, “extremistas” o, a veces, “xenófobos”).

El pacto, en tercer lugar, es un reflejo de la “cultura” de negociaciones y acuerdos que ha dominado siempre la política europea. Poniéndose al margen, los eurosocialistas españoles quedaron aislados de los grandes consensos.

En cuarto lugar, se recuerda que Juncker es un federalista convencido y un democristiano con sensibilidad social: de ahí que no haya tenido mayor inconveniente en modular su discurso poniendo mayor énfasis en el crecimiento frente a la austeridad fiscal. Puesto que los socialistas europeos le han presionado para que se flexibilicen un poco las políticas de austeridad, no tiene sentido que los socialistas españoles se quiten de en medio.

Estos argumentos tienen su peso, cómo negarlo, pero creo que hay razones aún más poderosas para defender que era mejor votar en contra.

Para poner las cosas en su sitio, debemos recordar, ante todo, que el PSOE no es el único partido socialdemócrata que ha votado en contra. También lo ha hecho el Partido Laborista británico y el Partido Socialdemócrata (SAP) sueco. No son solo los socialistas españoles, por tanto, los que están” haciendo el ridículo” o “dando la nota” en Bruselas.

Es verdad que el PSOE, como miembro del PSE, debería votar lo que esta federación europea de partidos socialdemócratas decida. Pero no es menos cierto, aunque se olvide con demasiada frecuencia, que los eurodiputados del PSOE no tienen un pacto solo con sus homólogos europeos: también lo tienen con sus votantes. No sé si es populismo salvaje afirmar que este segundo pacto es más importante que el primero: el contrato de los eurodiputados socialistas con los ciudadanos es más básico que el puedan haber firmado con sus colegas europeos. Quienes reconvienen a Sánchez parecen no ser conscientes de que los tres candidatos a la Secretaría General (el propio Sánchez, Eduardo Madina y José Antonio Pérez Tapias) se habían comprometido, si salían elegidos, a que el PSOE no apoyara a Juncker. En estos momentos en los que la desconfianza política se adueña de buena parte de la sociedad, ¿no merece el aplauso que un político haya sido coherente con su palabra? ¿Es que acaso no está harta la ciudadanía de que los políticos se desdigan de sus compromisos refugiándose en la “responsabilidad institucional”, el “espíritu de Europa” y otras logomaquias semejantes?

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Alguien que aceptara el anterior razonamiento, reconociendo que por coherencia democrática el PSOE tenía que votar en contra de Juncker, podría no obstante criticar el hecho de que los tres candidatos hicieran en primera instancia la promesa de no apoyar a un candidato conservador. Pero esto es quizá lo más sorprendente de todo: Juncker, por su trayectoria política, encarna las políticas más nocivas e injustas de la UE (fue presidente del Eurogrupo durante los peores años de la crisis del euro). Como buen conservador, ha sido un defensor de las políticas de austeridad. ¿Qué sentido tiene que los socialdemócratas europeos apoyen a un defensor de las políticas económicas que han hundido Europa, sobre todo en un contexto en el que los ciudadanos, especialmente los del Sur, tienen la peor de las opiniones del funcionamiento de las instituciones europeas? En España la confianza popular en la Comisión Europea se ha hundido completamente, hasta el punto de estar por debajo de lo que se observa en Reino Unido, el país euroescéptico por antonomasia. ¿Qué van a pensar los ciudadanos progresistas españoles de que el PSOE acepte un pacto y se haga cómplice de las políticas que defienden los conservadores europeos?

A mi juicio, buena parte del descrédito actual de la socialdemocracia europea tiene que ver con que esta haya dado su consentimiento, y en ocasiones su apoyo explícito, a las instituciones y políticas del área euro, con los resultados catastróficos que a la vista están. Va llegando la hora de que los socialdemócratas revisen los grandes consensos europeístas del pasado. En estos momentos, hay un conflicto claro entre los países miembros de la UE (entre los acreedores y los deudores, entre los del Norte y los de Sur) y las políticas de austeridad están incrementando la desigualdad en el seno de los países. En estas condiciones, la socialdemocracia tiene que proponer un programa propio y hacer frente al sesgo neoliberal de la UE. Si sigue pactando con la derecha, será arrastrada por la ola de indignación y desafección ciudadanas.

Los líderes nuevos suelen hacer cosas al principio que se salen del guion y levantan mucha polvareda. Estas acciones rompedoras siempre se enfrentan al conservadurismo intelectual de analistas y expertos. En este sentido, la primera decisión que ha tomado Pedro Sánchez ha sido coherente y valiente. Que las élites nacionales le hayan criticado de forma tan acerba no hace sino confirmar que va por el buen camino. Con el paso del tiempo, los nuevos líderes van siendo domesticados, socializados en las reglas de juego de las élites políticas, hasta perder buena parte de su empuje inicial. Si Pedro Sánchez quiere recuperar la confianza de los ciudadanos progresistas, tendrá que resistir las presiones del establishment político y mediático español y acostumbrarse a que le regañen los de siempre con tono de superioridad. Si dejan de regañarle, estará acabado.

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