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La independencia no es el problema

No nos dejemos engañar. La independencia de Cataluña no es el problema. El problema es el enfrentamiento político y social desencadenado sobre su posible viabilidad. El triunfo de una de las alternativas enfrentadas no soluciona el conflicto, que no es si debe o no haber independencia de Cataluña. Lo realmente grave y peligroso es la desmedida y creciente pugna irracional promovida entre conciudadanos.

Estamos a punto de tirar por tierra el significado y el valor de la convivencia por el hecho de querer imponer unas ideas frente a quienes tienen otra opinión. No es que no nos pongamos de acuerdo en negociar. Es que, ni siquiera, somos capaces de aceptar unas normas de negociación civilizadas. En las relaciones interpersonales, se puede plantear una negociación con tres técnicas diferentes:

 

  1. "Esta te la vas a comer."Esta te la vas a comer La practican los que entienden negociar como la obcecación en convencer a la contraparte de lo que uno quiere. No suele conducir nunca a nada, pero, curiosamente, es una de las especialidades de la que los españoles somos consumados practicantes. Suele utilizarse cuando te da igual todo y, ocurra lo que ocurra, te es indiferente, porque de un posible acuerdo tampoco sacarías nada trascendente para tu vida. Puede tener una duración infinita, intermitente y circular. Es la técnica más habitual y extendida.
  2. “Por probar no se pierde nada”Por probar no se pierde nada. Consiste en intentar buscar una solución a una divergencia desde la convicción de que va a resultar muy complicado el acuerdo. Se entiende que el no ya se tiene de antemano, con lo que tampoco hay mucho que arriesgar. Tiene la ventaja de que suele tratarse de una negociación corta, aunque casi siempre inútil
  3. “De aquí no salgo hasta que firme”.“De aquí no salgo hasta que firme”  Es la técnica de los profesionales y de los necesitados. Se trata de asumir que la negociación no es una alternativa, sino la única herramienta existente para reparar un daño serio. Se parte de una debilidad, la de aceptar que sin el acuerdo del otro no es viable el proyecto. También se parte de una fortaleza, la de saber que el otro va a buscar el acuerdo con la misma fuerza que tú. Esta técnica suele acotar el límite del tiempo del trabajo y necesita algún tipo de estímulo que implique a los negociadores. Por ejemplo, si no lo consiguen se les cambia.

La mayor parte de los catalanes y el resto de los españoles deseamos un acuerdo inclusivo que pueda ser aceptado por una amplia mayoría. La gran dificultad que tiene la negociación es que los ciudadanos hemos encargado llevarla a cabo a dos firmes partidarios del enfrentamiento. Ambos sacan provecho directo del conflicto y podrían salir perjudicados con un acuerdo negociado.

¿Qué pasaría si el empleo de Rajoy y Puigdemont dependiera de conseguir un acuerdo en los próximos tres meses? ¿Llegarían a un acuerdo o aceptarían abandonar su carrera política por mantenerse en su posición inmovilista actual?

La aplicación del derecho a decidir está condicionada por un factor decisivo, el cuándo. Quienes defienden un referéndum legal inmediato sobre la independencia de Cataluña olvidan que la votación puede convertirse en la peor de las soluciones. Las encuestas mantienen una división absoluta entre el sí y el no. Ninguna de las dos posiciones obtendría una mayoría cualificada que le permitiera aceptar a la otra parte una manifiesta derrota democrática. El conflicto seguiría y aún se agravaría más por el inevitable efecto de la confrontación en una campaña tan frontal, divisiva y binaria.

La mejor de las alternativas es que las urnas sirvan para aportar una solución, no para acentuar un enfrentamiento. La senda más abierta e integradora es la de pactar un nuevo modelo de convivencia que suponga que España asuma la superación del obsoleto modelo territorial y político dibujado y aprobado por la mayoría de los españoles en 1978. Asimismo, la asunción por parte del sector independentista catalán de una fórmula de integración en el Estado español actual que signifique un significativo avance en su autogobierno. Este camino debería servir de cauce para que una amplia mayoría de la ciudadanía catalana y española se reencontrara y abandonara la trinchera en la que se encuentra.

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Para los independentistas, lejos de suponer una derrota o una rendición, el acuerdo significaría un serio avance en sus ideales que sólo pueden convertirse en tangibles cuando consigan consolidar un apoyo social ampliamente mayoritario e integrador. Para los españolistas, alcanzar este nuevo estatus significa mantener la existencia de un Estado español sin pérdidas territoriales, aunque implica la aceptación del alejamiento de una concepción centralista de nuestro país que, seguramente, ya nunca jamás volverá a existir. Sería un vestigio de un pasado más que superado.

El actual enfrentamiento es mucho más que una discrepancia ideológica o que una muestra de la coexistencia de diferentes alternativas democráticas. Es un choque descarnado, enconado y al límite de lo admisible.  Es evidente que otra opción es la de seguir adelante en el conflicto. Pero antes, cada uno debería responder a la siguiente pregunta: ¿Hasta qué punto estoy dispuesto a mantener una cerrazón total en mi postura actual? ¿Hasta la destrucción de una convivencia amistosa y pacífica? ¿Hasta el incumplimiento intencionado de las leyes que ordenan nuestra vida? ¿Hasta la represión física a mis oponentes? ¿Hasta poner en peligro la democracia de la que disfrutamos? ¿Hasta el enfrentamiento físico? ¿Hasta el conflicto bélico? ¿Estoy dispuesto a dar la vida por este asunto?

En mi caso, aclaro que yo me bajo en la primera parada. Tengo una posición clara en el conflicto que colisiona con buena parte de mis conciudadanos. Ahora bien, mi pleno convencimiento de que llevo razón lo dejo inmediatamente al lado a cambio de alcanzar una convivencia pacífica y cordial. Me gusta España cuando es amistosa y abierta. La detesto cuando es frentista y cabezona. Doy muy poco por mis ideas y convicciones políticas. Las cambio por una amistosa discusión en una terraza con quienes opinan lo contrario.

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