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Telepolítica

El talento ignorado de Torra

Es una pena que todo el asunto del procés tenga nulo espacio para el humor. Lamentablemente, la tensión que estos días vuelve a reproducirse impide abordar la cuestión desde una perspectiva más ligera. Para mucha gente, entre los cuales me incluyo, todo lo que ocurre acaba por superar cualquier racionalidad y pasa a convertirse en un asunto puramente emocional. Cuando uno se ve arrastrado por el miedo, la preocupación y el desasosiego es muy difícil poder refugiarse en uno de los mejores recursos que la inteligencia humana pone a disposición de cualquier individuo como alivio frente a situaciones dolorosas en las que pueda verse inmerso: el humor. Lo peor es que en todo el conflicto catalán hay una auténtica estrella deslumbrante que, por desgracia, se ha perdido para la comedia teniendo en cuenta la gravedad de la materia que nos ocupa. Me refiero al presidente Torra.

Todo en él es digno de observación. Desde que Puigdemont (tampoco era despreciable su vertiente cómica) le invistió como sucesor al frente del movimiento independentista, todo ha dado un inesperado giro. Hasta ahora, siempre se había intentado construir una base argumental que diera sentido a sus acciones. El fracaso del procés ha concluido con la severa sentencia que ha condenado a diversas penas de cárcel a nueve de los encausados. Este relevante e histórico suceso tiene lugar en pleno reinado de Torra y, claro está, su papel impregna todo lo que sucede.

En esta nueva etapa liderada por él, se intenta aplicar una estrategia diferente. No parece que haya la más mínima intención de buscar la coherencia. La base es similar a lo ya conocido: utilizar el impulso del pueblo como base angular de todo el movimiento. Pero en esta fase, los políticos ahora no parecen dispuestos a realizar acción alguna que pueda acarrearles algún problema legal.

Algunos de ellos, los más serios, con Oriol Junqueras a la cabeza y con el nuevo Rufián como portavoz nacional, están desarrollando un denodado y encomiable esfuerzo por aplicar un poco de sentido común a las actuaciones que deben emprenderse. No deja de ser llamativo, dicho esto en reconocimiento del líder de ERC, que el encausado más castigado penalmente por todo el procés sea el que de forma más ejemplar intentar buscar vías de salida, sin renunciar a sus convicciones, que aboquen a encontrar soluciones antes que nuevos muros de choque.

Pero Quim Torra es otro mundo. Nunca se explicó bien cuál fue la motivación real por la que Puigdemont después de su fuga completó su plan colocando al frente de todo el operativo a un personaje tan peculiar. Resulta realmente complejo intentar adivinar los vericuetos mentales que recorre para llegar a asumir las decisiones que adopta. Ahora bien, se equivocan quienes dibujan al personaje como alguien desnortado y caótico. Por el contrario, todas las incongruencias que se le pueden justamente achacar tienen siempre un doble denominador común.

En primer lugar, Torra ha podido hacer todo tipo de demencias, pero ha tenido extremo cuidado en que ninguna de sus extravagantes decisiones le pueda ocasionar responsabilidades que puedan derivar en un posible ingreso en prisión. Su mayor esfuerzo ha sido siempre jugar en la frontera del delito resguardando su posición. Posiblemente sea un radical defensor del independentismo, pero no tan radical como para meterse en un lío serio.

En segundo lugar, llama la atención lo que parece evidente. Toda su actividad en estos últimos meses parece dirigida a su objetivo anhelado, el de abandonar la presidencia de la Generalitat inhabilitado por el Estado español. Torra no tiene hueco en el futuro político catalán. Ni siquiera, la mayor parte de sus correligionarios quieren contar con él. Sin embargo, parece tener detectado su destino preferido. Torra busca cómo salir del engorroso cargo para el que carece de la capacidad adecuada para ejercerlo. No hay mejor manera de hacerlo que como una especie de héroe nacional del independentismo relevado por la fuerza opresora del Estado español. Por eso, es muy difícil que asuma con un mínimo de responsabilidad el necesario discurso que estos días le corresponde. Junto a la defensa del derecho a la protesta pacífica de quienes no comparten la sentencia dictada por el Tribunal Supremo, resultaría obligado condenar enérgicamente la acción de los grupos violentos que buscan sembrar el caos y encarnizar el enfrentamiento civil en Cataluña. No cabe otra explicación.

Sólo así puede entenderse que el mayor luchador por la libertad de los políticos en prisión realice sin problema alguno el trabajo de eficaz carcelero. Sólo así puede entenderse que el que anima a la reacción más intensa en las calles sea el responsable principal de reprimir a quienes siguen sus indicaciones ¡Qué gran historia se ha perdido para la comedia! ¡Qué pena que no tenga ninguna gracia la situación!

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