Parece que cada vez que un hombre rico, famoso y admirado es denunciado como un agresor sexual, retrocedemos 50 años en el tiempo.
Una semana después de que una investigación de eldiario.es revelase las denuncias que realizaban sobre Julio Iglesias algunas de sus extrabajadoras, el balance del trato mediático y los posicionamientos de algunos de nuestros representantes políticos nos presentan una imagen desoladora.
La investigación cuenta con una gran diversidad de testimonios y testigos. Existe una denuncia ante la Fiscalía de la Audiencia Nacional. A pesar de ello, durante esta semana hemos visto cómo en televisión, ante cientos de miles de espectadores, se ponía en duda a las denunciantes. Se las ha insultado, llamado “miserables”, acusado, sin pruebas, de haber cobrado por denunciar. Hemos tenido que escuchar, cito textualmente, que “un acoso que has permitido constantemente no es acoso, ya estás en el ajo”. Todo para después, además, esgrimir el argumento de: “¿Y por qué no denunciaron antes?”, como si este escarnio público no fuese suficiente prueba de por qué sigue costando tantísimo que las víctimas hablen. O decir que, si tan mal estaban, por qué no se iban, como si la dependencia económica no fuese un motivo que ha garantizado a hombres poder abusar de mujeres durante décadas.
“Pues conmigo fue encantador”, “es rico y famoso, ¿qué necesidad tiene?” (como si esa riqueza y fama no fuera precisamente lo que les da impunidad), “puede tener a quien quiera, ¿por qué acosaría a sus empleadas del hogar?”... Comentarios así nos recuerdan que, por desgracia, estamos muy lejos de entender, como sociedad, que el acoso, la agresión sexual, no van de necesidad, ni siquiera de deseo. Van de poder. Así es como un enorme porcentaje de hombres han entendido que se construye la masculinidad: mediante la dominación, la demostración de autoridad, la subyugación a las mujeres y a quienes muestran una disidencia frente a esa masculinidad. Miremos, por ejemplo, a los futbolistas: son jóvenes, millonarios, atractivos. Y, sin embargo, no son poco habituales los casos de agresiones sexuales que hemos visto por parte de estos.
Pero, al margen del colegueo y los posicionamientos por pura guerra política (y es que parece que cierta presidenta autonómica, con tal de diferenciarse de las posiciones feministas de su oposición, no duda en acoger bajo su seno a cada posible agresor machista que pase por su lado), hay otro motivo por el que vemos a tanta gente defender a estas personas, y es que estos casos desvelan una verdad incómoda, especialmente para muchos hombres. Porque si ese señor tan simpático, importante y famoso al que muchos de ellos conocen, siguen o incluso admiran, resulta ser un agresor sexual, significa que cualquiera puede serlo. Esos hombres necesitan que creamos que los agresores no son personas “normales”, sino monstruos, encapuchados misteriosos en callejones oscuros, hombres a los que “se les nota” a la legua. Así se desmarcan de esa imagen creada y, si el día de mañana son ellos los señalados, pueden decir: “No, miradme, tan simpático, tan admirado, tan agradable; yo no soy como esos monstruos”.
Pero los agresores no son malvados encapuchados. Son tus compañeros de trabajo, tus jefes, tus vecinos, a veces hasta tu propia familia. Y también ese famoso al que admira tanta gente, y en el que tantos hombres se ven reflejados.
Los agresores no son malvados encapuchados. Son tus compañeros de trabajo, tus jefes, tus vecinos, a veces hasta tu propia familia. Y también ese famoso al que admira tanta gente
Luchar contra la violencia sexual y machista no solo pasa por identificar al agresor y meterlo en la cárcel. Pasa por cambiar la forma en la que nos relacionamos, lo que creemos, cómo entendemos qué es una agresión sexual. Porque, aún, un inmenso porcentaje de los hombres que violan no saben o no creen que lo que estén cometiendo sea una violación.
Si no entendemos esto, desprotegemos y revictimizamos a la mayoría de las víctimas.
Dos últimas cosas. La primera: esta conversación no puede quedarse en círculos de mujeres. Si casi el 100% de las agresiones sexuales las realizan hombres, quizá es ahí donde tiene que darse el trabajo. Y ese trabajo empieza por mirar hacia dentro, desaprender y reaprender, y por no formar parte de los pactos de defensa y silencio.
Y, la segunda: apoyar a las víctimas solo cuando nos conviene denunciar a sus agresores por un motivo político o ideológico es igual de machista, misógino y asqueroso que no apoyar a ninguna de ellas. Miremos hacia dentro. Podemos hacerlo mucho, mucho mejor.
Parece que cada vez que un hombre rico, famoso y admirado es denunciado como un agresor sexual, retrocedemos 50 años en el tiempo.