Ultreia

Un PSOE con los decibelios bajo control

Los que quisieran contar el número de veces que Pedro Sánchez citó a Felipe González y José Luis Rodríguez Zapatero en la clausura del congreso del PSOE tuvieron trabajo. El líder socialista y el diseño del cónclave federal se afanaron en proyectar poderío, continuidad histórica y unidad. Si esos eran los objetivos, misión cumplida. 

Poderío por la comunión entre Gobierno y partido, que opera como un potente relajante muscular. Un congreso de un partido en el poder se parece a uno en la oposición como un huevo a una castaña. Si este 40 congreso fue plácido para los socialistas es, precisamente, por la tranquilidad que da la Moncloa. Como diría Giulio Andreotti, “el poder desgasta sobre todo a quien no lo tiene”. Y si no, que le pregunten a Pablo Casado por su convención, repleta de tropiezos y dudas sobre el rumbo del PP. 

Continuidad histórica por la reivindicación constante de los logros socialistas en democracia y la supervivencia de unas siglas centenarias en tiempos líquidos, gaseosos o evanescentes, que dirían algunos gurús. La presencia menos cómoda fue la de Felipe González. Como destacamos en infoLibre, se limitó a defender su buena fe y prometer que limitará sus zancadillas mientras ejerce su derecho a expresarse. Pese al riesgo de un rapapolvo, Ferraz le puso la alfombra roja y no se cansó de reivindicar la construcción del estado del bienestar. 

La guerra con la vieja guardia ha terminado y la paz conlleva la defensa tranquila de su legado. Esa misma vieja guardia ha reconocido también que Sánchez no es el diablo que pintaban y ha preferido subirse al tren que quedarse fuera. José Luis Rodríguez Zapatero, con su habitual serenidad democrática ante las derrotas, lo entendió el primero, al día después de las primarias que Sánchez le ganó a una Susana Díaz ya definitivamente fuera de foco. Por cuestiones como estas, Zapatero envejece mejor y más a gusto en el partido que González, cada vez más utilizado por la derecha política y mediática. 

Unidad. Falta un mes para que se cumplan 10 años de las elecciones generales de 2011 en las que Alfredo Pérez Rubalcaba se comió el disgusto social con la gestión de la crisis económica. En un congreso, por definición, se suda la camiseta y se ondean las banderas exaltando la supuesta buena forma del partido. “¡El PSOE ha vuelto, compañeros!”, gritó el propio Rubalcaba en una convención en 2013, deseando con todas sus fuerzas que fuese cierto. Ahora sí es verdad. Atrás quedan 10 años de un Rubalcaba agotado y zarandeado, las grandes baronías que quisieron controlar al Sánchez de la primera etapa, la guerra civil de los Comités Federales llenos de cuchillos largos y las derrotas no asumidas. 

Ximo Puig dijo que Sánchez ha hecho un “puzzle” con “todos los anteriores congresos, sin dejar fuera ninguna pieza". “¡Pedro, lo has conseguido tú!”, le dijo en señal de reconocimiento. Es Sánchez quien ha ido recomponiendo como ha querido el rompecabezas gracias a su condición de presidente del Gobierno y su dominio total de unos órganos del partido en los que apenas hay contrapesos (y esto, en cualquier formación política, acaba siendo un problema antes o después). El poder, en España, se articula desde los partidos. La organización importa y mucho. Las iniciativas puntuales y plataformas son empresas aún más arriesgadas, como pronto comprobará Yolanda Díaz. 

En Moncloa hace tiempo que se teoriza sobre los nocivos efectos de la crispación y los peligros de bajar al barro en el que se sienten muy cómodos algunos dirigentes de la oposición, tanto en el PP como en Vox. El preparado discurso que Sánchez pronunció este domingo da prueba de ello. Se trata de una estrategia de decibelios bajo control que, por supuesto, no estará exenta de tentaciones y excepciones. Este domingo, el líder socialista no entró al trapo con críticas a la derecha pero sin insultos y arengas hiperventiladas. Menos tripas y más fondos europeos, más "gobernar con serenidad" y los nervios de acero que le hicieron célebre en las peores crisis. Poco tiene que ver con los de los recientes cónclaves del PP y Vox, donde más que exponer la discrepancia se reivindicó el derribo y la derogación de una España que es, por el momento, mayoritaria en las urnas. Poco tiene que ver con algunos nacionalismos inflamados que tratan de hacer descarrilar la legislatura desde Cataluña. 

Su defensa cerrada de la socialdemocracia como un amplio espacio de progreso y moderación sintoniza bien con el momento de su familia política europea, con la victoria de Olaf Scholz en Alemania y hasta con los guiños del papa, que pide un “salario universal”, reducir la jornada laboral y frenar al capitalismo, una “locomotora descontrolada que nos lleva al abismo”. Parece que, de nuevo, se trata de hablar más de lo material que de lo identitario. En el PSOE creen que si el barco está bien orientado, el viento a favor hará el resto sin necesidad de demasiados aspavientos.

Hay quien ve en este congreso un giro al centro, pero en realidad, no es sino un regreso al punto de partida, a un PSOE en realidad bastante clásico, ubicado en el centroizquierda que nunca abandonó. Las palabras de Sánchez podrían ser compartidas por los que en su día fueron sus enemigos internos y, confían en Ferraz, por todo aquel que después de esta pandemia haya recordado la importancia de lo público, desde las vacunas a los ERTE. Por otra parte, dejan espacio a un Unidas Podemos para luchar con un discurso afilado pero empático por completar la oferta para todo el espectro de izquierdas y un poco más allá. Que la recuperación sea vigorosa y las políticas redistributivas, eficaces, marcará el camino a las urnas y determinará la duración de la estrategia que sale de Valencia. 

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