Seamos políticos

Sí, seamos políticos, pero sin doblegarnos a la antipolítica de la ley del más fuerte.

Cuando veo los espectáculos de algunos líderes en sus declaraciones y sus bailes, mientras mucha gente reacciona despreciando y alejándose de la política, siento yo la necesidad contraria de tomarme en serio el valor de la política. El salto electoral de algunos expertos en negocios hacia los altos cargos políticos puede invitar a distanciarse de lo que hoy se ha convertido en un circo, pero también nos ofrece la posibilidad de ver a las claras lo que significa un capitalismo que ha decidido imponer sus ambiciones por encima de cualquier regulación que busque la convivencia.

Oigo la intervención de Donald Trump en Davos. EEUU está muy bien, está mejor que nunca, se han resuelto todos los problemas gracias a la toma de unas decisiones sensatas y necesarias. Trump las enumera, pero pueden resumirse en dos. Era conveniente despedir a miles de funcionarios del sector público y había que acabar con cualquier limitación en el mundo de los negocios, empezando por olvidarse de todas las tonterías que dicen los ecologistas sobre los peligros de las contaminaciones. La destrucción del espacio público y la conversión del interés privado en una apuesta individualista negada a cualquier límite hace que salte por los aires el contrato social y que el neoliberalismo derive en el poder dictatorial de los millonarios. Y mucho mejor si, por añadidura, se quitan de en medio los representantes institucionales que no quieren plegarse al impudor de la ley del más fuerte. Aquí mando yo.

¿Qué son el aire, el agua, la tierra, las ciudades, los bosques, las praderas, los desiertos, las selvas? Pues nada, posibilidades inmediatas de negocio, y pensar en el futuro de los hijos tiene poco lugar en las dinámicas individualistas e inmediatas que fijan el éxito o el fracaso en el propio ombligo. ¿Y qué son los funcionarios sino sueldo malgastado? Invertir en personas que cuiden la convivencia, la salud, la educación y los derechos cívicos no deja de ser una forma de derrochar el dinero.

Creo que nos conviene observar el espectáculo sin escrúpulos de algunos negociantes en el poder para reivindicar la política frente a un capitalismo sin medidas. Seamos políticos, pero sin doblegarnos

Contamos, además, con los circuitos de comunicación que están desbordando las viejas raíces democráticas de la información. Parece que fue Joseph Goebbels, ministro de propaganda de la dictadura nazi, quien advirtió que una mentira repetida mil veces se convierte en una verdad. Pues vamos a usar las redes sociales para llenar de fe la palabra verdad y desplazarla al mundo fanático de las creencias. Apostemos por el pseudoperiodismo para extender bulos y amenazas falsas que exijan un activismo de odios. Mucho mejor si, por añadidura, nos quitamos de en medio a los periodistas que sigan empeñados en informar y castigamos a las universidades que se nieguen a reproducir los discursos del mandatario. Barra libre para la mentira y para decir que el país está mejor que nunca cuando arde por dentro, y hay una desigualdad creciente y los valores democráticos se degradan ante el machismo, el racismo y la manipulación indecorosa de la autoridad policial y militar.

Que un negociante millonario se haga cargo de la política debería dejar a las claras la necesidad cívica del orgullo social de la política ante los intereses insaciables de un capitalismo desbordado. No podemos permitir que las especulaciones se conviertan en un peligro acelerado contra la sostenibilidad del planeta. No podemos dejar que los intereses del petróleo y de otras materias violen sin escrúpulos la justicia internacional. No podemos dejar que los intereses de las industrias de armamento liquiden las aspiraciones de paz y la dignidad humana para mover sus cuentas de beneficios entre invasiones, genocidios y amenazas fronterizas.

Por eso Europa se convierte en un enemigo para los millonarios como Trump y, al mismo tiempo, supone el reto de un orgullo cívico para los demócratas. Frente al fracaso de las revoluciones comunistas en el siglo pasado y frente a las ambiciones ilimitadas del capitalismo, surgió después de la Segunda Guerra Mundial una necesidad europea de defender la democracia social, una defensa a la que se sumaron distintas sensibilidades, desde los conservadores con sensibilidad democrática hasta los partidos socialistas y lo que se dio en llamar eurocomunismo. Se creyó entonces que la convivencia necesitaba Estados democráticos capaces de regular la economía y los derechos cívicos en nombre de la convivencia.

Creo que nos conviene observar el espectáculo sin escrúpulos de algunos negociantes en el poder para reivindicar la política frente a un capitalismo sin medidas. Seamos políticos, pero sin doblegarnos.

Sí, seamos políticos, pero sin doblegarnos a la antipolítica de la ley del más fuerte.

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