Plaza Pública

La yihad, entre la explicación estructural y el fanatismo religioso

Nicole Muchnik

Explicar la entrada de los jóvenes en yihad y sus espantosos crímenes, a falta de integración en una sociedad francesa, inglesa, belga o alemana, es un poco como explicar el holocausto por la crisis económica de Alemania en 1922. Es confundir las escalas, carecer curiosamente de sensibilidad ante lo incomprensible, ante lo inhumano, el horror. Si la crisis económica proveyó de huestes de desempleados a los rangos nazis, el margen es grande entre la búsqueda de una solución económica individual y el fanatizarse por una ideología genocida instilada científicamente. Sería como decir que el proceso a las brujas de Salem y la veintena de ahorcamientos que le siguió se debieron al hundimiento del comercio de la costa oriental de Norteamérica con Europa y el malestar social entre una aristocracia de terratenientes y los pequeños explotadores más o menos indigentes.

De manera esquemática, se puede decir que si las condiciones de integración social a menudo desastrosas fueran “la causa” del yihadismo de los jóvenes de origen musulmán o convertidos, no habría ni 2.000 integristas potencialmente activos y peligrosos en Francia (1.132 según fuentes oficiales), es decir el 0,075% de musulmanes practicantes, sino muchos más.

Daesh se nutre de una reserva de jóvenes “radicales” que, pase lo que pase en Oriente Medio, son ya disidentes en busca de una causa, de una revuelta generacional. Para cada uno de ellos hay un antes y un después de la yihad. Antes era la escuela francesa, inglesa, belga –pero no la escuela coránica porque la gran mayoría nunca manifestó interés alguno por la teología– ni tampoco la práctica religiosa, al contrario de sus padres y abuelos islamistas moderados. Los imanes prácticamente no los conocían. Para ellos era la fiesta, el vino, las boites de nuit, el tabaco. Como para la mayoría de los jóvenes. A Hasna Aït Boulahcen sus próximos la llamaban “Miss Yihad la Frívola”, entre vodka y nikab, antes de hacerse explotar en San Denís. Una ruptura total con la generación de sus padres, que de eso no comprenden nada, como sus parientes, vecinos, o el entorno de los terroristas ordinarios, tanto en Estados Unidos como en Noruega después de Breivik.

Ademas, los jóvenes yihadistas europeos no son mayoría dentro de los que se acercan a la tierra del yihad. Oleadas de jóvenes afluyen del Magreb y de Arabia Saudita, suerte de brigadas internacionales en las que se encuentran tantos jóvenes perdidos como gente perfectamente calificada y educada.

Es sobre esta gente en busca de un destino único, lista para someterse a una creencia fanática abdicando así de toda responsabilidad individual y poniendo su destino en manos de fuerzas exteriores –según Theodor Adorno en Estudios sobre la personalidad autoritaria– que se injerta el proselitismo salafista suní, un movimiento fundado en los últimos 28 sourats del profeta de Medina que incitaba a los combatientes de la fe a “combatir y matar a los no creyentes allí donde los encontraran”.

Es este movimiento financiado por Arabia Saudita y las “petro-monarquías” del golfo lo que permitió reclutar a los fieles desde unos veinte años en Europa, imponer o intentar imponer ciertas prácticas como el velo integral, los límites de la educación de las mujeres o la práctica en los hospitales. Y este proselitismo fanático tiene todo que ver con el fanatismo de las ideologías totalitarias, el nazismo, el estalinismo; es el veneno, la negación del pensamiento, el insulto a la inteligencia, la anticultura; es dar la espalda a 27000 años de Lascaux, 3400 años de Sumer, 2000 años de civilización griega; es el lavado de cerebros, la exaltación, que pueden forjar vínculos estrechos, casi simbióticos con los hermanos, una fraternidad ya sea real –véase los hermanos Kouachi, Abdesalam, Abdelhamid, Abaaoud, Tasrnaev y Clain– ya sea fusional.

El reclutamiento, su práctica y la seguridad no salen así sino más reforzadas. Si la fanatización radical no es el origen de la yihad y del Estado Islámico, es lícito preguntarse por qué esos jóvenes musulmanes en ruptura no se han interesado también por la causa palestina –por cierto, más laica–. La vertiente política del problema es la avidez expansionista, la de Deutschland Über Alles, la de un proyectado Estado Islámico, Isis, Daesh o Califato, apelación con prestigio adjunto que se remonta al mismo profeta, concebida para recuperar un vasto territorio fragmentado, dominado y expoliado por décadas de colonialismo ingles, francés, alemán.

Pero no se trata de soslayar los problemas de integración social planteados por jóvenes franceses o belgas o ingleses originarios de países de inmigración en su mayoría musulmanes. Estos son unos 7,5 millones de Francia, 9 millones en Suecia, 4,6 en el Reino Unido, 5 en Alemania, de los que alrededor de 7,1% son practicantes.

Los franceses provienen de la segunda o tercera generación de inmigrantes. Originarios en general de los suburbios, los jóvenes provenientes de barrios llamados “sensibles” son mayoritarios, algunos educados en hogares, otros en familias estructuradas – y el número de candidatos y combatientes salidos de clases medias o superiores y de familias socialmente integradas y estructuradas claramente aumenta. Entre ellos hay de todo, delincuentes y buenos estudiantes, pero todos en conflicto con la sociedad en la que viven (en Francia la laicidad), o con su familia (el Islam moderado, las tradiciones), y buscan una diferencia, un extremo, un destino dentro de lo posible espectacular, criticado si no rechazado por la mayoría.

Pero todos con un sentimiento social de frustración, une necesidad de reconocimiento, sintiéndose frustrados en su intento de integración por la sociedad francesa. Según el Tribunal de Cuentas, en los barrios desfavorecidos, la tasa de desempleo duplica la media nacional y el índice de pobreza, el triple, y no halla solución alguna en las decenas de millones apartados con esa finalidad. “La salida de la tradición, tal como la lleva a cabo el capitalismo […] no propone realmente ninguna nueva simbolización activa, sino el juego brutal e independiente de la economía. […] De ello deriva una crisis histórica de la simbolización, en la que la juventud contemporánea soporta su desorientación”, decía recientemente por radio Alain Badiou.

Por otra parte, nada o casi nada se ha hecho para intentar una comprensión del Islam, en su versión más radical convertido, para esos jóvenes, en una reivindicación de identidad. Se habla de “guetización”, como se hablaba de Londonistan o ahora de Belgikistán, auténticos barrios encerrados en sus reglas, dándole la espalda a la sociedad que los rodea entre paréntesis, algo que aún no afecta. O no todavía, a Francia.

Para Oliver Roy, profesor y especialista del Islam, “los terroristas no son la expresión de la radicalización de la población musulmana, sino que reflejan una revuelta generacional que recae sobre una categoría precisa de jóvenes. En cuanto a los convertidos, elijen el Islam porque en el mercado de la revuelta radical no hay otra cosa”.

Yihadismo, un asunto interno

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