97% íbera, ¿y tú?

Yo soy vasca. O eso me dicen algunas personas cuando explico que nací en Bilbao. Ya sé que mis apellidos no suenan vascos. Rodríguez-Alarcón Martín Gómez Vargas, no parece que haya mucha vasquidad en ellos. Eso es porque son los apellidos de mi padre y de mi madre, que se conocieron en Bilbao pero venían de fuera. Mi padre nació en Madrid, pero en realidad el Rodríguez-Alarcón es gallego. ¡Qué fuerte! ¿Verdad? Mi abuelo era de un pueblito que se llama Vilaxoán (Villa Juan), en la provincia de Pontevedra, donde mis bisabuelos criaron a una familia numerosa. La familia de Villa Juan tenía doble origen. El bisabuelo José era hijo y nieto de emigrantes gallegos retornados de Argentina y procedentes de Ribeira. La bisabuela Rosario era hija de Tiburcio Alarcón, procedente de Fuensalida, Toledo, pero que tras estudiar veterinaria se fue de catedrático a la Universidad de Santiago.

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El Gómez es de mi abuela Pilarona, que nació en Segovia. Sus padres se enamoraron y tuvieron que fugarse para poder estar juntos. También vivieron en París cuando mi abuela era joven –allí vive ahora mi amiga Begoña desde que hace 30 años nos fuimos de Erasmus; yo me fui a Bolonia y volví después de un año, ella se fue a París y nunca volvió–. Mi abuela y su familia veraneaban en Galicia, en Vilanova de Arousa, al lado de donde vivía mi abuelo. Así se conocieron, se enamoraron y se casaron y se fueron a Barcelona. Y luego a Madrid.

Mi madre es de Santander. Sus padres son santanderinos también, aunque la familia de mi abuela era pasiega, concretamente de Luena. Martín Vargas suena muy cántabro. Mi abuelo Pepe era moreno moreno. Y muy alto. Y muy guapo. Mi abuela, rubia, con un pelo color ceniza y los ojos ámbar. Yo siempre pensé que ese moreno tan profundo que hemos heredado los descendientes de mi abuelo tenía que venir de África en alguna generación no demasiado lejana. Pero hace diez años me hice un test de ADN y me salió que soy 97% ibera. Es decir que la familia de mi abuelo lleva por lo menos 500 años siendo así de morocha. Lo del rubio de mi abuela Teresa nunca tuve dudas que venía de la parte vikinga de los norteños. Igual sucede con los ojos profundamente azules y el pelo caramelo de mi abuelo paterno, Justino. El 3% de mi ADN que no es íbero es muy exótico. Una chispa francesa, una chispa escandinava, una chispa islandesa. Esas chispas que se suman a las trazas vikingas que deben de estar ya integradas en ese paquete íbero, que incluye un poco de todo.

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Lo de la prueba de ADN es la bomba. A mí me lo regalaron por mi cumpleaños. Me decepcionó un poco la escasa variedad de mis orígenes. Pero tampoco me sorprendió. Tengo un amigo que era el nieto del hijo del alemán. Su bisabuela vivía en un pueblo donde había una fábrica alemana de componentes industriales. Esa fábrica aseguraba un trasiego regular de trabajadores alemanes que venían de forma temporal. Un día la señora se quedó embarazada. No había novio con el que casarla. Y ella se negó a dar datos sobre el padre. Así, fue madre soltera de un niño rubio como el sol. El hijo del alemán. Cuando mi amigo se hizo la misma prueba que yo, le salió 98% íbero. Nunca hubo alemán, sino un gen recesivo de un íbero puro que se coló por ahí ofreciendo a una madre soltera una historia preciosa que contar. El test no siempre te da lo que esperas. A veces te da algo que nadie pidió. Tengo otra amiga que es croata. Hija y nieta de croatas. Pero en sus resultados a ella le salió un 25% de ADN ruso. Así descubrió un terrible secreto familiar: posiblemente una de sus dos abuelas había sido violada por un soldado ruso durante el fin de la Segunda Guerra Mundial. Muchas mujeres de lo que fue la URSS tuvieron hijos fruto de esas violaciones. La primera vez que oí hablar de esto fue en uno de los libros de la Trilogía del Siglo, de Ken Follett.

Con mi test de ADN también descubrí que tengo un montón de carga neandertal, más de la normal. Por lo visto está en mi pelo. Desde que lo sé me gusta más mi pelo. Me parece algo increíble tener esa mezcla en mí, ser portadora de esa carga genética única que proviene de dos especies humanas diferentes, la neandertal y la cromañona. Me gusta mucho pensar que las dos especies nos mezclamos.

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Estos días, con toda esta movida de la "prioridad nacional" para arriba y para abajo, yo me pregunto qué pensarán los que andan por ahí agitando sobre qué características tiene que reunir alguien para ser "nacional". ¿Cuándo se es "nacional" para ser "prioritario"? Se me ocurren miles de casos que dan lugar a la confusión. Por ejemplo, ¿ser "nacional" se puede heredar? Si mi abuelo fue "nacional", ¿yo soy "nacional"? O, si he nacido en el sitio, ¿soy "nacional" aunque mis padres no lo sean? O, ¿mis hijos serán "nacionales" aunque yo no lo sea? En realidad, de estas tengo cientos de preguntas desde hace muchos años. Son las mismas que me he tenido que plantear toda mi vida sobre si soy o no soy vasca.

La inmensidad a la que pertenecemos y lo paleto que es querer reducirnos a ser "nacional". ¿Nacional de qué?

He de decir que, después de tantos años cuestionando mi identidad vasca, todo esto me parece una sandez. He vivido en Francia y en Italia mientras estudiaba. Tuve que irme a trabajar a Bélgica porque cuando acabé la carrera, en España no había trabajo. Después de siete años en Bruselas volví a Madrid. Nunca, jamás, he dejado de echar de menos el mar que me acompañó durante mi infancia. Aunque llevo 20 años viviendo en la capital sueño con acabar mis días en un lugar del norte con playa. Como buena bilbaína, salgo cuando llueve porque no me asusta mojarme. Pero durante los años que pasé en Bruselas, solo añoré las patatas bravas, las cañas bien tiradas y las servilletas de papel que acaban en el suelo del bar madrileño llenas de grasa formando un manto blanco de pelotitas.

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Y con todo esto, ¿de dónde soy? Supongo que la respuesta vendrá en función de a quién preguntes. Ahora bien, sí sé qué siento. Me siento de todos lados y de ninguno. Me siento de mi barrio en el que llevo seis años. Me siento francesa, porque mi educación escolar lo es. Me siento vasca, aunque solo me sé tres canciones en euskera: el himno del Atleti, el Olentzero y Sarri Sarri de Kortatu. Me siento europea, a tope —recuerdo cuando entró el euro en España y empezamos a poder viajar entre países sin tener que cambiar de moneda, ¡qué pasada!—. Me siento española ahora que estoy volviendo del Foro Phileas que ha tenido lugar en Copenhague. No me siento nórdica, la verdad, pero dame tres o cuatro años en un país de esos y me hago.

Me pregunto si toda la gente que está arengando esta nueva moda de revivir estas doctrinas xenófobas de medio pelo es consciente de todas esas preguntas que yo me he hecho durante años que no sirven para nada. Me imagino viviendo en una distopía en la que para moverte, acceder a servicios públicos, optar a un trabajo, tienes que presentar la prueba de ADN. Una cosa parecida al mundo de Gattaca, la maravillosa película de Andrew Niccol protagonizada por Ethan Hawke, Uma Thurman y Jude Law. Porque, teniendo los tests de ADN, para qué queremos apellidos, digo yo. También confieso que me hacen gracia esas aspiraciones tontas de petit maître. Uno de mis pasatiempos favoritos es mirar vídeos sobre los planetas. Me encanta uno que muestra cómo se mueve el Sol en una órbita increíble en la galaxia con unos puntitos chiquitines orbitando tímidamente a su alrededor. La inmensidad a la que pertenecemos y lo paleto que es querer reducirnos a ser "nacional". ¿Nacional de qué? Del centro, porque de las afueras nunca. En serio.

Y tú, ¿de dónde eres?

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Lucila Rodríguez-Alarcón es cofundadora y directora de la Fundación porCausa.

Yo soy vasca. O eso me dicen algunas personas cuando explico que nací en Bilbao. Ya sé que mis apellidos no suenan vascos. Rodríguez-Alarcón Martín Gómez Vargas, no parece que haya mucha vasquidad en ellos. Eso es porque son los apellidos de mi padre y de mi madre, que se conocieron en Bilbao pero venían de fuera. Mi padre nació en Madrid, pero en realidad el Rodríguez-Alarcón es gallego. ¡Qué fuerte! ¿Verdad? Mi abuelo era de un pueblito que se llama Vilaxoán (Villa Juan), en la provincia de Pontevedra, donde mis bisabuelos criaron a una familia numerosa. La familia de Villa Juan tenía doble origen. El bisabuelo José era hijo y nieto de emigrantes gallegos retornados de Argentina y procedentes de Ribeira. La bisabuela Rosario era hija de Tiburcio Alarcón, procedente de Fuensalida, Toledo, pero que tras estudiar veterinaria se fue de catedrático a la Universidad de Santiago.

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