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Apología del diálogo interreligioso, intercultural, interétnico y social

En nuestras sociedades estamos viviendo hoy una situación de pluri-verso religioso, no de uni-verso religioso, de pluralidad de religiones y espiritualidades, no de religión única. Y esto sucede en una misma región, ciudad o pueblo. Uno de los hechos mayores de nuestro tiempo es precisamente el paso de sociedades monorreligiosas a multirreligiosas, que se ha producido con gran celeridad en los últimos decenios.

El pluriverso religioso se caracteriza por su riqueza simbólica, doctrinal, ética, artística, organizativa, de tradiciones y estilos de vida, y posibilita el conocimiento de otras tradiciones religiosas y culturales, la comunicación de experiencias, la apertura a otros saberes, el descubrimiento de nuevos valores, la dinamización de la vida y el diálogo. La diversidad religiosa es, por tanto, un valor a cultivar, no a reprimir.

Pero no podemos caer en angelismos y actitudes ingenuas. El pluriverso religioso crea problemas y generar conflictos e incluso guerras de religiones, ya que estas no son aerolitos caídos del cielo, ni se mueven en el mundo celeste, ni se ocupen solo de lo divino. Son creaciones humanas y construcciones sociales que con frecuencia responden a intereses de poder y de control social, ajenos a los fines que aparecen en sus declaraciones de principios y en sus credos.

La mejor respuesta a este pluriverso es el diálogo interreligioso, intercultural, interétnico y social, que debe desarrollarse conforme a las siguientes condiciones:

1. Ha de partir de unas relaciones simétricas entre las religiones y de la renuncia a actitudes arrogantes por parte de la religión que esté más arraigada o sea mayoritaria en un determinado territorio. Todas ellas forman un "pluralismo unitario", al tiempo que cada una posee una "singularidad complementaria" abierta a las otras.

2. Las religiones han de dar prioridad a la ética sobre los dogmas. Estos generan división entre las religiones e incluso crean escisiones dentro de cada religión, hasta declarar herejes a quienes los interpretan de manera distinta a la oficial. La ética, empero, acerca a las religiones y permite llegar a consensos en torno a unos mínimos morales que pueden contribuir a fortalecer la ética cívica. Para ello deben liberarse del asedio del mercado al que se ven sometidas tanto las religiones como la propia ética.

3. Las religiones tienden a rechazar la hermenéutica, utilizar un lenguaje realista, desestimar el lenguaje simbólico y fomentar el fundamentalismo. Yo creo que han de invertir la tendencia limitando el uso del lenguaje fáctico y potenciar el lenguaje simbólico, metafórico, utópico, alternativo, que es el más propio de las religiones.

4. La mayoría de las religiones funcionan de manera autoritaria y apenas cuentan con cauces de participación de las personas creyentes en su seno. La voluntad de Dios tiende a identificarse con la voluntad de sus dirigentes y a imponerla verticalmente a sus miembros, que se convierten en comparsas. Por eso resulta una exigencia prioritaria la democratización radical de las instituciones religiosas desde sus cimientos. Democratización que ha de empezar por la propia estructura y ha de extenderse a su organización y funcionamiento en todos los campos. Para que la democratización sea real, habrá de guiarse por el principio “un creyente, una creyente, un voto”.

5. La democratización debe hacerse desde la perspectiva de género, corrigiendo la exclusión de la mujer del mundo de lo sagrado, que es práctica común en la mayoría de las religiones. Una democratización de las religiones sin reconocimiento de la igualdad, la paridad y la justicia de género desemboca en organización patriarcal, y eso es lo más contrario a la democracia. Una democratización sin el acceso de las mujeres a los espacios de responsabilidad y a los ámbitos de dirección es una contradictio in terminis. Las mujeres en las religiones han de pasar de la mayoría silenciada a sujetos religiosos, morales y teológicos. Es, sin duda, una de las transformaciones más necesarias en su seno.

6. Un ejercicio necesario de reforma es ejercer la autocrítica en el seno de cada religión y acoger la crítica que viene de fuera. Y junto a la crítica y la autocrítica, el mutuo aprendizaje de unas religiones de otras. Ninguna religión tiene toda la verdad, ni toda la moralidad, ni toda bondad.

7. Las religiones están llamadas a humanizarse, siguiendo la máxima de Terencio “nada humano me es ajeno”. Deben recuperar el rostro humanista de Dios, de los dioses. “Humano como Cristo, sólo Dios”, decía el teólogo cristiano Leonardo Boff. Expresión que puede aplicarse a los dioses de las distintas religiones. El amor a Dios lleva derechamente al amor al prójimo: ambos son inseparables. “Si alguien dice: ‘yo amo a Dios’ y odia a su hermano, es un mentiroso, pues quien no ama a su hermano, a quien ve, no puede amar a Dios, a quien no ve… Quien ama a Dios, ame también a su hermano” Quien dice amar a Dios y no ama a su prójimo es un mentiroso”, leemos en la primera Carta de San Juan, de la Biblia cristiana.

8. Exigencia fundamental es la recuperación de la mística, núcleo fundamental y elemento común a todas las religiones, lugar de convergencia y de encuentro. La mística constituye la verdadera alternativa a los fundamentalismos y su auténtica superación. Para ello es necesario eliminar los estereotipos que existen sobre los místicos considerados personas pasivas y ajenas al mundo. Con la historia en la mano, se puede comprobar que los místicos y las místicas fueron personas críticas del poder, rebeldes frente al orden establecido y comprometidas con la reforma de las instituciones tanto religiosas como políticas y sociales.

9. El estudio de las religiones no comienza y termina con la reflexión teológica. La teología es, ciertamente, una disciplina que se ocupa del hecho religioso y es una forma de acceso necesaria e importante de acceso al conocimiento de las religiones. Pero a esta disciplina habría que aplicarle lo que dijera Nietzsche de la religión: que es demasiado seria para dejarla en manos de los clérigos. Por lo mismo, la seriedad del estudio de las religiones exige que no lo dejemos en manos solo de los teólogos. Hay que recurrir a otras disciplinas de probado rigor en dicho estudio: filosofía de la religión, historia de las religiones, geografía de las religiones, sociología de la religión, psicología de la religión, fenomenología de la religión, antropología religiosa, etnohistoria, ecología de la religión, etc.

10. Condición necesaria para evitar la endogamia religiosa es el diálogo de las religiones con la sociedad civil y sus organizaciones, especialmente con los movimientos sociales, los movimientos alter-globalizadores. Es con ellos, y no con el poder, con quienes las religiones tienen que establecer lazos de comunicación permanente y buscar lugares de encuentro y alianza en favor de Otro Mundo Posible. Uno de los lugares privilegiados para ese diálogo y encuentro son los Foros Sociales Mundiales en sus diferentes niveles: mundial, continental, regional, local. Las experiencias en este terreno son muy positivas y están dando excelentes resultados, como demuestra la existencia del Foro Mundial de Teología y Liberación dentro de los Foros Sociales Mundiales.

11. Junto al diálogo interreligioso es necesario el diálogo social, intercultural e interétnico como condición necesaria para que dé frutos de justicia y equidad, y se traduzca en prácticas políticas de democracia real y participativa, economía solidaria, reparto equitativo de los bienes y defensa del bien común. La defensa de lo común constituye el horizonte del diálogo. Sin ella se termina defendiendo intereses particulares de cada religión. La opción por las víctimas, la denuncia de los victimarios y la lucha contra las causas que las producen tienen que ser los objetivos principales del diálogo. De lo contrario será un diálogo estéril, peor aún, legitimará a los victimarios.

El diálogo interreligioso, intercultural e interétnico ha de subvertir el desorden establecido y contribuir e instaurar un orden social justo. De lo contrario contribuirá a mantener intacta la estructura desigual, injusta y discriminatoria.

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Juan José Tamayo es director de la Cátedra de Teología y Ciencias de las Religiones "Ignacio Ellacuría" en la Universidad Carlos III de Madrid

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