Artemis II, mucho más que ciencia y curiosidad humana

La misión Artemis II de la NASA está recibiendo un tratamiento mediático que, para quienes tienen una cierta edad, puede parecer desproporcionado. Basta con recordar que llegó un momento en el que los vuelos del programa Apolo –24 en total entre 1969 y 1972, incluyendo 6 paseos por el suelo lunar a cargo de 12 astronautas– llegaron a ser casi una rutina. Nada quita que el sobrevuelo lunar de Artemis II suponga, sesenta años después, una nueva muestra de la más avanzada tecnología espacial estadounidense, empleando el cohete SLS (Sistema de Lanzamiento Espacial; el más grande construido por EE UU) y llevando a cabo la primera misión tripulada de la nave espacial Orión. También lo es que haya llevado a sus cuatro tripulantes al punto más lejano de la Tierra y que haya orbitado por la cara oculta de la Luna.

Pero esos detalles no pueden ocultar una cierta sensación de déjà vu, cuando se recuerda que ya en 1966 la Unión Soviética posó la sonda Luna 9 en el suelo lunar, que China hizo lo propio en 2013 con su Chang'e 3, al igual que India en 2019 con la nave Chandrayaan-2 (con el añadido de un alunizaje de la Chandrayaan-3 en el polo sur lunar, en 2023) y Japón, en 2024, con la sonda Smart Lander. Más aun, China es el único país que ha logrado alunizar en la cara oculta de nuestro satélite y traer valiosas muestras de regreso.

En primera instancia ese monumental esfuerzo suele explicarse haciendo mención a la infinita curiosidad y al ansia humana por llegar más lejos y más alto, acompañado de argumentos que ponen el énfasis en el imparable desarrollo científico y tecnológico del que toda la humanidad puede beneficiarse. Y, siendo eso cierto, es necesario añadir inmediatamente que, desde su nacimiento, la carrera espacial tiene también un marcado componente geoestratégico y geoeconómico.

Ya en la Guerra Fría quedó claro que la competencia en el espacio exterior era uno más de los frentes abiertos por la hegemonía mundial entre Washington y Moscú, con el segundo sorprendiendo al mundo en 1957 con el lanzamiento del satélite Sputnik y el primero acelerando de inmediato para ser el primero en poner el pie en la Luna, en 1969. Actualmente, con Estados Unidos, China y Rusia por delante, resulta evidente que esa competencia sigue explicando en gran medida los esfuerzos para contar con los cohetes más potentes y las tecnologías necesarias no ya solo para colonizar nuestro satélite, sino para ir mucho más allá. A fin de cuentas, esos vehículos de lanzamiento son los mismos que pueden lanzar desde un satélite meteorológico hasta una constelación de sistemas de posicionamiento global o un misil balístico intercontinental.

Ahí están los megaempresarios de alta tecnología fabricando cohetes más y más potentes

Precisamente para evitar que el espacio exterior sea empleado para usos militares y que algún país se apropie de algún objeto celeste contamos, desde 1967, con el Tratado sobre el Espacio Ultraterrestre, ratificado por 118 países, con otra veintena que tan solo lo ha firmado. En todo caso, el desarrollo tecnológico de estas últimas décadas ha dejado prácticamente invalidado ese instrumento internacional y es muy visible el acelerado ritmo de movimientos –con el añadido de Israel, Corea del Sur, Emiratos Árabes Unidos y Unión Europea, que ya han lanzado sondas y satélites, pero nunca han alunizado– para tomar posiciones de ventaja en una militarización espacial que parece imparable.

A eso se suma el estímulo crematístico. Por un lado, ahí están los megaempresarios de alta tecnología fabricando cohetes más y más potentes, tanto para cubrir el hueco que han dejado las agencias espaciales públicas, ofreciéndolos a gobiernos interesados en participar en la carrera espacial, como a quienes dispongan de los recursos económicos suficientes para convertirse en turistas espaciales. Por otro, en el marco de la creciente competencia por el control de recursos escasos, sobre todo minerales críticos y materias primas energéticas, se repite la misma pauta de comportamiento que en nuestro propio planeta, con una pugna abierta para acaparar (y, por tanto, negar a otros) el acceso de elementos que pueden determinar la hegemonía mundial en el inmediato futuro.

Y, por si esto no fuera suficiente, también hay que contar con el interés de buena parte de los llamados transhumanistas por contar con los medios necesarios para abandonar el planeta cuando la crisis climática, el uso de armas de destrucción masiva o cualquier otra circunstancia haga invivible la Tierra. De ese modo, lo que a algunos puede parecerles una pesadilla propia de iluminados o fanáticos, también hay que incluirlo entre los factores que explican la reactivación de los programas espaciales, aunque solo sea porque muchos de ellos son los mismos empresarios que pululan por Silicon Valley.

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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).

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