Ideas Propias

Las aventuras de lo binario

Ideas Propias Clara Ramas

Al parecer, los jóvenes franceses no están gastando los 300 euros del cheque de cultura de Macron en las obras completas de Racine, Flaubert o Proust, sino en mangas y videojuegos. ¿Se lo gastan todo en posmodernidad? Peut être. Es un buen punto de partida para lo que queríamos contar.

He terminado hace poco –¡en la playa!– Después de lo trans, de Elizabeth Duval. Pienso que es un libro relevante porque permite plantear algunas cuestiones de base importantes. Es serio y riguroso, con momentos brillantes –aunque, ¿por qué deslucir parte de un buen ensayo a responder ocurrencias de tuiteros random?–, y tiene el valor de haber planteado las cuestiones con la profundidad de lo que está en juego, al menos en dos sentidos. Primero, que toda discusión sobre lo trans presupone una discusión seria sobre qué significa “género”. Y dos, que para plantear correctamente esa cuestión hay que preguntar por la relación entre lo que tradicionalmente se ha llamado “naturaleza” y “cultura”, lo dado y lo construido, el signo y el significado, el cuerpo y la identidad. Estamos, pues, de lleno en el núcleo los debates que lleva teniendo la teoría feminista desde sus comienzos. Duval se hace cargo de ambos problemas, y encuentra un lugar ajustado que no recae ni en el biologicismo dogmático, ni en el constructivismo unilateral, ni en el voluntarismo ingenuo.

En todo caso, muestra que lo que tenemos ya siempre social y simbólicamente funcionando es una dicotomía, una estructura binaria: “hombre/mujer”, donde “hombre” es el sujeto por excelencia y “mujer” es lo otro, el objeto. Parece innegable que el origen histórico de dicha dicotomía es la división sexual del trabajo: los cuerpos con capacidad reproductora y gestante quedaron relegados a tareas de reproducción de mano de obra para el trabajo y la guerra. El origen del género es pues, si se quiere, “material” en este sentido. Ahora bien, una vez que existe opera como estructura por sí mismo. Esa dicotomía, una vez que existe, opera a priori, predispone a interpretar lo material mismo antes de encontrarlo, ha decidido ya de antemano sobre cada objeto: en un muy buen ejemplo de Duval, una mujer no es violentada por la calle porque el agresor piense que tiene vagina y capacidad reproductiva, sino de forma absolutamente automática, banal y convencional; porque ocupa un lugar inferior en la jerarquía, porque él se cree con derecho a violentarla como su objeto; y no cambiará de opinión si descubre que quien esperaba como mujer tiene pene. La violencia no cesará si descubre que, biológica y objetivamente, ese objeto de su agresión tiene pene y no tiene vagina y capacidad gestante. Bien al revés, seguramente, como han relatado muchas personas trans, redoblará su violencia, y esa violencia es machista –del mismo modo que un asesinato efectuado al grito de “maricón” es homófobo, aunque la víctima resultara ser hetero–.

Como bien dice Duval, el aspecto principal del género es “lo relacional”; precisamos nosotros, lo binario-jerárquico. Es esa matriz la que opera interpretando de antemano la realidad, y ello no cambia por muchos datos bioquímicos, cromosómicos y morfológicos que se aporten, sea para apuntalar la idea biológica de sexo o para complejizarla.

Es esta dicotomía jerárquica, pensamos, el núcleo del asunto. ¿Qué ocurre con ella? De entrada, como también señala Duval, el binarismo estricto se ha relajado, los contornos rígidos entre lo masculino y lo femenino se han difuminado, y la relevancia o proliferación de lo trans es un síntoma, no una causa de ello. Pero la estructura dual sigue operando. No es abolida, sino realizada, aunque con nuevas variaciones, matices o modificaciones, por lo trans mismo.

Por eso, concordamos con la crítica a la ligereza con que a veces un feminismo muy ingenuo anuncia la “abolición del género”. Por decirlo con claridad, la abolición del género sería tanto como la abolición de la estructura binaria misma. Y no está claro siquiera como ello fuera posible. Hay hipótesis, como la de Paul B. Preciado –que sentimos que no acaba de discutirse en el libro en toda su radicalidad–, que tratan de plantear esa opción en serio: la superación del género en una ontología de la disolución total, un materialismo sometido al voluntarismo de la técnica, mediante la auto-construcción tecnoquímica, la superación cyborg del cuerpo natural.

En un pasaje muy agudo de Sodoma y Gomorra, Proust describe la conversación entre dos hombres abierta o veladamente homosexuales, el barón Charlus y Morel, que tienen una relación. El último le confiesa al primero que su fantasía es engañar a “una muchacha muy pura” para arrebatarle su virginidad y después abandonarla. Ambos entienden perfectamente y comparten de qué se trata. Su orientación sexual no heterosexual no menoscaba la estructura dual de género, asentada sobre la dominación de lo femenino. De igual modo, Proust rememora cómo los homosexuales, cuando tienden a identificarse con mujeres, lo hacen con actrices o divas: “Es divina, es rubia”, escribe, como divirtiéndose con un capítulo de RuPaul's Drag Race.

La apuesta de Proust es mantener el esquema dual para explicar las oscilaciones de orientación o identidad de género, que ya comenzaban en su época. “La mujer tendrá Gomorra y el Hombre tendrá Sodoma […], los dos sexos morirán, cada uno por su lado”. Para Proust citando a Vigny, la exploración de, diríamos hoy, las posibilidades de lo LGTB antes conducirá a la separación que a la disolución de lo binario mismo. Esto no es una rabieta reaccionaria. Es tomarse en serio el problema. En varios momentos, Proust se plantea con toda honestidad si puede haber un sujeto que disfrute de un objeto bello sin que sea una depredación; y es obvio, así lo explicita, que ahí subyacen códigos del género. No sabemos si podemos pensar más allá de lo binario. Porque el género es, quizás, la raíz misma de la metafísica. Duval lo apunta al final de su ensayo: el género no se convertirá en una lengua muerta. Si lo hace, será en un mundo que ni siquiera podemos imaginar.

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Clara Ramas es doctora Europea en Filosofía (UCM) y profesora de Filosofía en la Universidad de Zaragoza. Ha sido investigadora en Albert-Ludwigs-Universität Freiburg y HTW Berlin y profesora invitada en universidades europeas y latinoamericanas. Fue Diputada en la XI Legislatura en la Asamblea de Madrid. Ha colaborado con La 2 y diversos medios escritos. Ha publicado 'Fetiche y mistificación capitalistas. La crítica de la economía política de Marx', con prólogo de Michael Heinrich (2018).

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