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El espacio que ocupamos

Cada treinta segundos las mujeres monitoreamos nuestros cuerpos y lo que ocurre con ellos: ¿Quién me está mirando? ¿Quién no? ¿Cómo tengo cruzadas las piernas? ¿Estoy despeinada? ¿Esta falda me hace más gorda? ¿Es demasiado corta? ¿Debería haberme puesto pantalón? Es lo que la investigadora Caroline Heldman definió como bodymonitoring, la forma en la que nos controlamos a nosotras mismas para verificar que nuestro comportamiento sigue el patrón establecido, es decir, que está dentro de la norma. Una vez cada treinta segundos. Dos por minuto. Nuestros cuerpos están constantemente en el punto de mira.

Hace unos días, una amiga me contaba que, al encontrarse con una conocida a la que hacía tiempo que no veía, lo primero que le dijo fue: "¡Qué guapa, estás más delgada!" Y así era, había perdido peso porque acababa de romper con su pareja, en el trabajo las cosas no iban bien y llevaba semanas sin poder pegar ojo. A pesar del halago, ella no se sentía más atractiva. En realidad, estaba viviendo una de las peores épocas de su vida. Estoy convencida de que la mayoría de mujeres ha experimentado una situación similar en alguna ocasión. No podemos culparnos por asociar delgadez con belleza, es el mensaje que el patriarcado nos lleva imponiendo años.

A principios de los 90, Naomi Wolf bautizó esa presión constante por encajar en el ideal estético como el mito de la belleza, del que dijo que era un arma política para frenar el progreso de las mujeres. A medida que teníamos más derechos, mayor acceso a la educación, al mundo laboral y gozábamos de mayor libertad, también fue aumentando la presión sobre nuestros cuerpos, con cánones estéticos más difícilmente alcanzables. Modelos delgadísimas, con cuerpos aniñados y caras de enfermas. Wolf lo vio claro, subyugarnos a esas estrictas normas de apariencia tenía un objetivo: mermar nuestra autoestima para convertirnos en débiles e inseguras. Dóciles. 

Ha pasado el tiempo y el discurso se ha transformado, pero las expectativas respecto al aspecto físico femenino se han vuelto incluso más exigentes. Desde hace algunos años, la industria de la moda, los medios de comunicación y las redes sociales se han subido al carro de la autoayuda y ahora nos bombardean con proclamas que apelan a la confianza que debemos tener en nosotras mismas. Nos convencen de que nos queramos tal y como somos, con arrugas, canas o kilos de más a la vez que nos venden productos para parecer más jóvenes o esbeltas. Un mensaje contradictorio con el que tenemos que lidiar. Y lo peor es que si seguimos sintiendo que no encajamos, la culpa recae en nosotras, se nos responsabiliza de manera individual obviando que vivimos en un sistema patriarcal que perpetúa unos cánones determinados, por no hablar de la pérdida de tiempo que supone luchar contra la gravedad, la genética o el tiempo. 

Los cuerpos gordos molestan porque vivimos en una sociedad que todavía valida a las mujeres por la belleza

Estos días se ha hablado mucho de gordofobia, la discriminación, odio y violencia que sufren las personas gordas, en especial las mujeres, por el hecho de serlo. Un rechazo que se basa en prejuicios respecto a sus hábitos, como que son personas perezosas, con poca voluntad y despreocupadas por su salud, sin tener en cuenta que en el peso influyen muchos factores que no siempre podemos controlar. Los cuerpos gordos molestan porque vivimos en una sociedad que todavía valida a las mujeres por la belleza, y esta sigue asociada a los kilos que marca la báscula. El patriarcado quiere que cada vez ocupemos menos espacio en el mundo de manera metafórica y literal, por eso ya va siendo hora de apartar el foco del aspecto de nuestros cuerpos y ponerlo en otras luchas. 

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