Franco y la cruz laureada de San Fernando (8/17): Algunos 'detallitos' del crucial ascenso a comandante

A todo el mundo se le olvidan cosas. O las distorsiona con el paso del tiempo. Sin embargo, el caso de Franco es históricamente muy significativo y no debe pasarse por alto. Si en 1961 YA se le habían olvidado hasta las características generales de la acción en la que no logró ganar “su” Cruz Laureada es que mentalmente podría haber perdido algunas de las facultades intelectuales, tal vez sobresalientes, que le habían llevado adonde había llegado. Mira que contar tantas trolas a un eminente galeno...

El Franco héroe a lo John Wayne, aunque no de Caballería, sobrevivió a su herida de la acción de El Biutz. También ocurrió con Hitler en su intento de sublevación en Munich en 1923. En este caso la bala que podría haberlo alcanzado derribó al camarada (Max Erwin von Scheubern-Richter) que le llevaba cogido del brazo. Al caer lo arrastró consigo. A ambos los arropó el guardaespaldas Ulrich Graf, a quien alcanzó mortalmente un disparo. En estas dos ocasiones el futuro de España y de Alemania (en el último caso incluso el de Europa y del mundo) dependió en último término de dos casualidades. Ese azar que tan poco papel desempeña en las construcciones de algunos historiadores marcadas por el signo de la inevitabilidad.

Naturalmente, para otros, lo que entró en juego fue la intervención de “fuerzas superiores”, ya fuesen de origen divino o, en el caso de nazis descreídos, aunque tan amados en la católica España de la postguerra civil, de la providencia (die Vorsehung). Pero en el episodio que abordamos en estas páginas Franco mostró una peculiaridad que probablemente no hubiese gustado o gustará a muchos de los biógrafos mencionados en las entregas anteriores: un particular sentido del honor militar.

Lo que para otros era tal cualidad, profundamente arraigada en su profesión, lo demostraron con sangre y sacrificio los héroes auténticos, pero menos cantados, de la acción en cuestión. Así se les reconoció, temprana o tardíamente. Ese honor militar no lo tuvo Franco. Esto, que puede parecer duro, se deriva simplemente de un análisis del juicio contradictorio a que se le sometió. Por cierto, no conozco a ningún crítico mío que se haya molestado en buscarlo, y eso que mis detractores abundan en las filas marciales nacionalcatólicas y franquistas.

Entramos, a partir de este episodio, en una nueva dinámica que fue semialumbrada por el coronel Blanco Escolá, pero que ha sido tergiversada por muchos otros autores. Fue el jefe accidental de Franco en la acción de El Biutz, el entonces también capitán Fernando Lías Pequeño, quien promovió la instancia para la concesión de la Laureada. Le correspondía hacerlo como superior inmediato, en los términos del artículo 21 de la Ley que en aquellos momentos regulaba los estatutos de la Orden de San Fernando. Establecía para la petición un plazo perentorio de tres días improrrogables. Lo que no se dice es por qué pensó que Franco la merecía. Es uno de los grandes misterios del episodio. Que yo sepa, pero puedo equivocarme, el ulterior general Franco jamás mencionó a su jefe accidental.

En la hoja de servicios publicada del glorioso Caudillo se encuentra la referencia que de Franco hizo Lías Pequeño al coronel jefe de la columna: “figuró como muy distinguido por su incomparable valor, dotes de mando y energía desplegada”. ¡Ja, ja, ja! Ahora bien, como veremos, tampoco Lías Pequeño dudó en mentir a su coronel, quizá porque no esperaba que Franco se recuperase de la herida, o por alguna otra razón no documentada y que no he logrado determinar ni conozco que ningún autor haya alumbrado. ¿Quiso hacer un favor a su compañero y paisano gallego? ¿Vio la ocasión de pagar alguna cuenta pendiente? ¿Qué otros motivos pudieron existir? La cuestión es interesante pero las eventuales respuestas no cambian nuestro análisis ni mucho menos el resultado.

Mientras se resolvía el caso, con su herida a cuestas y de por medio una eficiente campaña de publicidad, que puede seguirse en la prensa de la época, Franco acudió al rey Alfonso XIII. Gracias a la intervención del monarca, jefe máximo del Ejército, se le ascendió a comandante. Como afirma Blanco Escolá, lo logró “tras un largo y complicado proceso que demostró que sus habilidades en el campo de batalla eran muy inferiores a las que exhibía en otros campos, en los que contaban, sobre todo, la capacidad para la intriga, la tenacidad para hacer reclamaciones y la falta de escrúpulos”. Esta valoración, acertada, en particular la falta de escrúpulos, ha llevado a uno de los últimos camelistas sobre Franco a dirigir a su compañero Blanco Escolá, ya fallecido, los más duros dicterios. ¿Forman tales valoraciones parte de una cierta concepción del tan cantado honor militar?

El hecho es que, en un corto período de cuatro años, Franco pasó de primer teniente a comandante. Este segundo ascenso representó un salto inmenso en el escalafón de la época y fue la base de los destinos y nombramientos ulteriores. Sin él, no es fácil imaginar a Franco en condiciones de llegar a donde llegó. Según el Anuario Militar de España de 1916, el futuro Caudillo figuraba en la lista de capitanes con el número 1951. Hechos los correspondientes ajustes, en el Anuario de 1918 ya figuraba en la lista de comandantes con el número 856, dos puestos por detrás del también ascendido comandante Lías Pequeño. La antigüedad de ambos se contó desde la gloriosa acción de El Biutz. Repito: un salto de tigre. SIN TAL ASCENSO ES DIFÍCIL PENSAR QUE EN LOS AÑOS REPUBLICANOS FRANCO HUBIERA PODIDO ACTUAR COMO GENERAL.

En el ínterin, descontento porque el expediente de tramitación de la preciada condecoración no progresaba con la celeridad que él deseaba, Franco insistió con Lías Pequeño. Había que continuar. FRANCO quería “su” Laureada. No se sentía satisfecho con otra condecoración, de María Cristina, y el ascenso. Apoyo sin la menor duda la interpretación de Preston de que el futuro Caudillo “se había creado, incluso en Palacio, fama de ser el oficial que con mayor desparpajo pedía ayuda o hacía reclamaciones sobre su carrera”.

Así, pues, lamento tener que entrar un poco en detalle para información de los amables lectores. En aquella época el estatuto de la Orden de San Fernando preveía dos tipos de actuaciones muy detalladas que podrían considerarse como meritorias para obtener la Cruz Laureada. Para las acciones distinguidas, y en el caso de la Infantería, se enumeraban hasta once supuestos. El que podría apilcarse a Franco era el sexto: "marchar al frente de su tropa animándola con el ejemplo, después de haber sido de gravedad

Por fortuna para los historiadores, la insistencia de Franco y las deficiencias o retrasos de las primeras investigaciones llegaron a la ya mencionada Auditoría de Guerra y, por ende, a la Superioridad. O quizá primero alcanzaron a esta última. No he visto demasiada información al respecto. El resultado fue que al fiscal, el comandante Gudín García, se le ordenó que continuara el expediente en los términos que se le habían fijado.

Mientras tanto, el “heroico” comandante Franco ya se había hecho un nombrecito. Condecorado, había pasado una parte de su convalecencia con su madre en El Ferrol. Quizá hubiese brujuleado por Madrid y, como supone Blanco Escolá, hablado con unos y con otros en el Palacio de Buenavista o en Palacio. La prensa se había deshecho en loores a la joven promesa que parecía apuntar en el estrellado cielo del Protectorado.

Que yo sepa nadie se ha interesado por saber algo del comandante Gudín. Una lástima. No era un don nadie. En primer lugar, había participado también en la acción de El Biutz, es decir, conocía el percal. El 8 de marzo de 1915 ya había reconocido la zona donde se habían situado unos reductos avanzados españoles. Su hoja de servicios muestra que en el combate de El Biutz ejerció el cargo de jefe de EM de la columna del centro. Se le citó en el parte como muy distinguido por su excelente conducta. Figuró en la orden general del jefe del Ejército en África de 19 de julio, “en unión de los demás jefes, oficiales y tropa que tomaron parte en las últimas operaciones efectuadas por su brillante comportamiento durante las mismas”. El 30 de diciembre se le concedió “el empleo de teniente coronal del Cuerpo de EM del Ejército, con la antigüedad del 29 de junio último”. Es decir, en El Biutz se distinguió de tal manera que fue ascendido meses después. Sabría, pues, lo que había pasado por experiencia propia. Gudín prefirió, no obstante, permutar su nuevo empleo por una cruz de 2ª clase de María Cristina.

En el ínterin continuó sus pesquisas, añadió más datos al expediente del juicio contradictorio hasta que finalmente hizo su exposición, denegatoria, al Consejo de Guerra y Marina. No olvido en ningún momento que, en un rasgo que cabría caracterizar de insólita honestidad “dirigida”, el editor de la hoja de servicios publicada de Franco dio a la luz el documento que hizo suyo el mencionado Consejo. Para mayor pasmo tal publicación apareció, además, en vida del Generalísimo. Que sepamos, hasta ahora solo Blanco Escolá la había examinado con perspicacia. En esta ocasión completaré el análisis con las partes todavía desconocidas. Por consiguiente, no me sería difícil dirigir alguna pulla al editor de la hoja y a quienes lo alentaron a que lo hiciera, pero sin mencionar que dejaban muchas cosas de lado del expediente del juicio contradictorio. Me abstendré. Basta con señalar su perspicacia.

En su exposición final al Consejo, el fiscal reprodujo, literalmente, lo siguiente en relación con la valerosa acción de El Biutz. Transcribo del apéndice de la tan mencionada hoja de servicios publicada:publicada

El capitán Franco (…) recibió orden de ocupar con su compañía la loma inmediata a la de las trincheras [nota: obsérvese que las trincheras famosas no estaban encima de la loma en cuestión] y al cumplimentarla se encontró con numerosísimo (sic) enemigo contra el que con su gente tuvo (sic) que llegar al cuerpo a cuerpo, siendo heridos sus dos oficiales y contuso el otro, perdiendo en bajas 56 individuos, casi la mitad de su compañía, compuesta de 113  hombres; fue también gravemente herido el capitán Franco, por lo que se le retiró del lugar de la lucha”.

[Nota de atención: el 26 de marzo de 1917 el comandante mayor del Grupo de Fuerzas Regulares Indígenas de Melilla emitió informe. La 3ª compañía del 2º Tabor que mandaba Franco contaba 118 combatientes. Tuvo, entre muertos y heridos, 60 bajas. Sin embargo, al día siguiente, 27 de marzo, el coronel jefe de EM de la Comandancia General de Ceuta discrepó: la 3ª compañía había sufrido 14 muertos y 52 heridos, un total de 66. Misterios. La opinión del comandante Gudín se inclinó por establecer unas bajas de cuatro oficiales y 56 de tropa, entre muertos y heridos, causadas casi todas antes de caer herido el capitán Franco, ya que estaba imposibilitado de dar órdenes].

En su conclusión final, publicada, el fiscal Gudín añadió después que “no se ha de repetir aquí cuanto ya se ha expuesto en los otros expedientes de esta índole incoados por el mismo hecho de armas, pues ese combate de vanguardia ya es de sobra conocido por el Consejo”.

Esto implica una nota de alerta. El combate había generado varias propuestas de Laureadas cuya concesión, obviamente, se había visto sometida a sendos juicios contradictorios siguiendo las mismas disposiciones de la Ley de 1862. A Franco no se le midió por otro rasero (eso vendría, de la pluma de Arrarás y sus numerosos seguidores, después). El motivo por el cual se incluyó al entonces capitán Franco puede dárnoslo la constatación de que “mandaba la tercera compañía de asalto, que también fue rechazada con grandes pérdidas, y aseguró la posición conquistada el batallón de Barbastro”. Es decir, la tercera compañía habría quedado tan diezmada que no pudo culminar la acción.

En el expediente se señaló que, entre los méritos aducidos en el parte de la acción, se había dicho que “por haberse quedado sin oficiales [Franco] hizo las veces de estos (¡MENTIRA PODRIDA!), hasta caer gravemente herido en el pecho, siendo merecedor con otros de que se le forme juicio de votación”. Obsérvese que, en la versión publicada, pero también en la del original manuscrito del fiscal, y que no fue publicada, la herida no se produjo en el vientre, en el abdomen o en el bajo vientre, sino en el pecho. No le damos ya mayor importancia, aunque quizá la tenga, porque Gudín ya disponía de los pertinentes informes médicos.

(Continuará)

*Esta serie está dedicada a la memoria del Dr. Miguel Ull y de mi primo hermano, Cecilio Yusta, fallecidos a causa de la pandemia, que me ayudaron a desentrañar el primer asesinato de Franco, en la persona del general Amado Balmes.

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Ángel Viñas es economista e historiador especializado en la Guerra Civil y el franquismo.

Franco y la cruz laureada de San Fernando (5/17): Nueva EPRE sobre la herida auténtica del 'Caudillo'

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