Este domingo, en un mitin, una concejala del PP llamó “hijo de puta” al presidente del Gobierno. El presidente respondió con una amplia sonrisa diciendo: "Bueno bueno, os diré una cosa: ya sabemos que quienes insultan son aquellos que no tienen argumentos." La gente aplaudió enfervorecida, coreando: "¡Fuera!, ¡Fuera!", "¡No estás solo!, ¡No estás solo". No hubo murmullo incómodo o gestos ante el exceso, más bien al contrario, un aplauso ensordecedor coronó el entusiasmo. He estado antes en muchas situaciones como esa, en las que de un lado se aplaude al que insulta y en el otro al insultado. Lo relevante deja de ser la grosería sino más bien la capacidad que esta tiene con su efecto polarizante de acallar todo lo demás. ¿Qué puede hacer la política ante estas situaciones? ¿Nos debe preocupar que sean cada vez más frecuentes?
Podríamos fingir horror educado, llevarnos la mano al pecho y preguntar en qué momento se perdió la cortesía parlamentaria. Pero no estamos en un drama de época. El español nunca fue un idioma de porcelana. Del insulto nuestra lengua ha hecho hasta poesía, no sé si da para enorgullecerse, pero es innegable que el castellano, incluso el parlamentario, tiene calle. Hasta el humor más absurdo lleva años recordándonos que decir barbaridades forma parte del repertorio expresivo, ya lo decían los irrepetibles muchachos de La Hora Chanante: hijo de puta hay que decirlo más. No pasa nada por admitirlo o al menos reconocer que el acting victoriano por una palabra fea no es lo que mejor le sienta al buen gobierno que el día a día del español medio requiere. Con esto, lo que quiero decir es que quizás debemos dejar de discutir sobre la relevancia de la palabra y comenzar a observar con detenimiento a aquello que ésta está sustituyendo. ¿Qué no hay cuando hay insultos?
La violencia política rara vez empieza con golpes, sino con rebajas de trato, de lenguaje o reconocimiento. Se normaliza el desprecio y después sorprende la hostilidad
Volvamos al último caso, el del presidente. Tras el insulto y su posterior debate en todas las tertulias y redes, no vino nada. Como sucedió con todos los anteriores, ningún insulto sirvió para ver nacer una nueva idea, explicación o marco de discusión. Solo activó como una red de arrastre las balizas de la pertenencia. Si algo es el insulto en política hoy es señal de tribu, un gesto de identificación rápida que recuerda a quien lo usa que estamos aquí, somos estos o aquellos y odiamos a estos otros. Tan simple como efectivo, desgraciadamente a veces lo es tanto para insultador como insultado. De ahí que una no sepa ya si los insultos son en legítimo cabreo o defensa o en un desesperado intento de que subiendo el volumen el otro lo suba más.
La situación es tal que podemos decir que el exabrupto se ha convertido en herramienta de ahorro. Ahorra tiempo, datos, matices, responsabilidad, puro márketing político. Permite no entrar en terrenos donde hay que saber de lo que se habla. Sale rentable porque ocupa espacio y desplaza preguntas incómodas. Mientras discutimos modales y tonos, desaparecen los temas difíciles como migración, vivienda o desigualdad. No se puede no mencionar en este sentido que, cuando el ambiente es insultante, hablar de lo importante requiere frases largas, mientras que el insulto cabe en un titular. De hecho es probablemente lo único que aparezca en un titular. Y esto no es una casualidad. El ruido hoy tiene rendimiento político, mueve más que la precisión, la compasión o la eficiencia. Circula mejor que el análisis. Genera cohesión instantánea. Y además protege: quien insulta fija el terreno y obliga al resto a reaccionar.
Ahora bien, conviene no confundirse de plano. Una cosa es no escandalizarse como un clérigo decimonónico y otra negar que el insulto institucional tiene efectos. No es lo mismo el desahogo privado o cómico que la degradación lanzada desde un cargo público, con micrófono y masa delante. Ahí ya no hablamos de estilo, sino que hablamos de señalización, y de cómo opera un mecanismo que, repetido suficientes veces, va estrechando el perímetro de legitimidad de la persona contra la que se ejerce. Dicho mecanismo no es otro que el de la violencia política, que rara vez empieza con golpes, sino con rebajas de trato, de lenguaje o reconocimiento. Se normaliza el desprecio y después sorprende la hostilidad. El proceso es lento y casi siempre se presenta como espontáneo y se maquilla de moralina cuando la cosa se sube demasiado de tono. No es ni una cosa ni la otra, y esto es lo verdaderamente insultante. En Europa llevan tiempo tomándose esto en serio, aunque aquí nos guste pensar que son exageraciones burocráticas. Hay líneas de trabajo contra la incitación al odio político, protocolos frente a campañas de degradación pública y marcos contra la desinformación agresiva dirigida a deslegitimar instituciones. No por amor a la corrección verbal, sino por experiencia histórica. Cuando la deshumanización se convierte en rutina, el daño llega después por otras vías. Quizá habría que empezar a pensar también en instrumentos propios para nuestro país, como observatorios de violencia política, tipificación de agravantes en el Código Penal para los delitos relacionados cuando la degradación es sistemática y viene de cargo público, unidades fiscales especializadas en delitos de odio político y acoso institucional. Pero siempre teniendo presente que no se trata de vigilar tacos sueltos sino de detectar patrones de una violencia que puede terminar siendo estructural en el ejercicio de la política; y en definitiva, para invertir una lógica cultural introduciendo coste donde hoy hay premio.
No necesitamos una política limpia de palabras sucias. Necesitamos una política llena de debates sustantivos. Porque cuando la conversación pública se llena de tacos suele ser señal de que se ha vaciado de ideas
El verdadero problema con el clima político actual es que no tiene una respuesta fácil. No se corrige la brutalización compitiendo en brutalidad. Tampoco bajando el tono hasta desaparecer. No funciona ninguna de las dos cosas, no se polariza con lo ultra diciendo algo aún más fuerte en otro sentido ideológico, ni se desactiva esa pulsión bajando el volumen. Que no, que gritar más no desactiva a los ultras, pero susurrarles tampoco. La única palanca que históricamente ha funcionado no es otra que subir el nivel, y plantear frente a las lógicas simplonas, otras complejas que obliguen a pensar mejor, más fino y con más distinciones. ¿En qué momento hemos llegado a considerar el matiz o el pensamiento crítico como una debilidad cuando éstas deberían ser más bien las tecnologías para la democracia?
Los grises, las diferencias internas, las categorías bien trazadas son lo contrario de la lógica fascista, que vive de simplificar el mundo hasta que quepa en un puño, donde todo es bloque, enemigo, traición o pureza. Pensar con precisión rompe ese hechizo. Obliga a separar, a comparar, a justificar y por supuesto también a rectificar. Y claro, aquí también toca autocrítica. Parte del campo que presume de sensatez lleva años respondiendo al ruido con pedagogía blanda y tono conciliador. Buenas intenciones pero plagadas de resultados discretos, pues a nadie se le escapa ya que la extrema derecha no ha dejado de crecer. Repetir la misma estrategia esperando otro desenlace no es virtud cívica sino pura negación de un problema de magnitudes ya inmanejables. Tan burdo es el que solo sabe insultar como inútil el que solo sabe templar. Hace falta otra cosa, que reivindique la dureza argumental sin degradación, abrazando el conflicto político con contenido. Inteligencia con dientes. No necesitamos una política limpia de palabras sucias. Necesitamos una política llena de debates sustantivos. Porque cuando la conversación pública se llena de tacos suele ser señal de que se ha vaciado de ideas. Y ese vacío, a diferencia del insulto, sí es peligroso.
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Ángela Rodríguez 'Pam' es ex secretaria de Estado de Igualdad.
Este domingo, en un mitin, una concejala del PP llamó “hijo de puta” al presidente del Gobierno. El presidente respondió con una amplia sonrisa diciendo: "Bueno bueno, os diré una cosa: ya sabemos que quienes insultan son aquellos que no tienen argumentos." La gente aplaudió enfervorecida, coreando: "¡Fuera!, ¡Fuera!", "¡No estás solo!, ¡No estás solo". No hubo murmullo incómodo o gestos ante el exceso, más bien al contrario, un aplauso ensordecedor coronó el entusiasmo. He estado antes en muchas situaciones como esa, en las que de un lado se aplaude al que insulta y en el otro al insultado. Lo relevante deja de ser la grosería sino más bien la capacidad que esta tiene con su efecto polarizante de acallar todo lo demás. ¿Qué puede hacer la política ante estas situaciones? ¿Nos debe preocupar que sean cada vez más frecuentes?