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La bolsa o la vida: las negociaciones secretas que imponen en Europa las farmacéuticas

Ian Gibson

No soy experto en la materia. ¡Qué más querría!  Pero tengo a mano diccionarios y otras fuentes,  impresas y humanas, que me ayudan y estimulan en el intento de ir profundizando en la misma.  Creo que todos sabemos que  fueron los antiguos griegos quienes le pusieron a la  península el nombre de Hiberia, teniendo en cuenta el de sus indígenas principales, los Hiberi (iberos), así como el río más largo del territorio, el Hiberus (Ebro). ¿O es que tal vez, como sugería el insigne Antonio García y Bellido, el topónimo provenía de otro río igualmente designado, aunque muy modesto, situado en Huelva?  

¿Desde dónde llegaron los iberos, ya que, como es evidente, no nacieron aquí por combustión espontánea? La coincidencia con los iberos del Cáucaso no fue, es de presumir, casual. García y Bellido señala que el geógrafo griego Estrabón así lo entendía y que “algunos creen que tenía razón, basándose en concordancias lingüísticas entre ciertas lenguas caucásicas y el vascuence”. 

No sé –otra admisión– en qué estado se hallan las actuales investigaciones en marcha sobre este asunto fascinante. Sea como sea, los romanos prefirieron para la “casi isla” (paene insula) subpirenaica el nombre de Hispania,  que,  según los filólogos, entre ellos, otra vez, García y Bellido, deriva de una voz púnica  que significaba “lugar prolífico en conejos”, criaturas que, por lo visto, no existían en sus propios dominios africanos,  y cuya ubicuidad por tierras ibéricas les asombró.  (Supongo que se trata de una etimología contestada por ciertas mentalidades ultraderechistas, para quienes tan humilde procedencia debe constituir un insulto a la sagrada Patria.)  

Yo soy iberista.  Quizás, sin darme cuenta de ello entonces, desde el momento en que conocí, en Antonio Machado (apellido de abolengo portugués), con unos veinte años, la afirmación:  “El Duero cruza el corazón de roble / de Iberia y de Castilla”. Sí, iberista soy, como he expuesto en mi libro Hacia la República Federal Ibérica (2021),  donde indago sobre la evolución del concepto desde el siglo XIX,  encontrándome con muchas y gratísimas sorpresas en el camino. Sobre todo, entre ellas, las elucubraciones acerca del tema por parte de los catalanes Ignasi Ribera i Rovira (Iberisme, 1907) y Joan Maragall y, por el lado portugués, de Fernando Pessoa (cuyo ensayo Ibéria descubrí, con emoción,  en una librería a unos pocos pasos de los  restos del teatro romano de Lisboa).  

Sea como sea, y descúbrase lo que se descubra sobre los iberos,  hay un hecho que considero incontestable,  y es que España, que según nuestra Constitución goza de una “unidad indisoluble” (como si  de un mandamiento bíblico se tratara),  anda coja sin Portugal.

Desde hace años me ha dolido el desconocimiento de la nación vecina por parte de los españoles, propiciado por la ausencia de una adecuada conexión ferroviaria rápida entre Madrid y Lisboa

A mí desde hace años me ha dolido el desconocimiento de la nación vecina por parte de los españoles, propiciado por la ausencia de una adecuada conexión ferroviaria rápida entre Madrid y Lisboa. Para el poeta luso Ruy Belo, fallecido en 1978, la capital española, que conocía bien, era en la  práctica “una de las ciudades del mundo más distantes de Lisboa”. Y eso que, por aquellas calendas, las dos estaban mejor conectadas por tren que hoy.  

Por ello es una magnífica noticia que, por fin, allá por 2034, habrá AVE entre ellas, AVE que pasará, como es justo, por Badajoz, cuyos habitantes llevan una eternidad protestando por su aislamiento.  Fue una decisión tomada por el Gobierno de António Costa (cuya sintonía con Pedro Sánchez ha sido todo un alivio).  Al mismo tiempo se va a resituar el aeropuerto de Lisboa, uno de los más contaminantes de Europa, gracias en parte a los cuarenta vuelos diarios que lo unen con Madrid. Y le van a poner, con toda la razón del mundo, el nombre de Luis de Camoes, autor de la épica nacional Os Lusíadas, que  ya lleva a cuestas sus 500 años. A propósito, no le habría venido mal a Barajas lucir el nombre de Miguel de Cervantes, aunque no me voy a meter aquí con Adolfo Suárez.    

Cada vez que veo las predicciones del tiempo en la tele, y contemplo la brutal exclusión de Portugal del mapa, reducido a un parche gris allí al oeste, sin indicación alguna acerca de su situación meteorológica diaria, me reconfirmo en mi aspiración de República Federal Ibérica.

¿Cómo lo ven los portugueses?  José Saramago estaba convencido de que, poco a poco, sus compatriotas se iban acostumbrando a la posibilidad de tal reorganización peninsular futura, naturalmente por consenso, y que además así lo demostraban las encuestas. ¿Por qué no?  Portugal, que acabó tan dignamente con la dictadura de Salazar, más larga que la de Franco, es República.  Y la referida sintonía entre António Costa y Pedro Sánchez ha sido muy positiva para ambos países. Por el otro lado de la península, no solo los de Esquerra sino otros muchos catalanes, cansados no sin  razón, y desde siempre, de los borbones y del centralismo español, tienen también sus sueños republicanos.   

España necesita a los portugueses.  Son más tranquilos, menos gritones, más dispuestos a dialogar, están allí cerca, mirando hacia América,  con su rica cultura  y notables escritores actuales: rica cultura que aquí prácticamente se desconoce. (Síntoma:  la ausencia en Madrid, que  yo sepa, de una librería portuguesa especializada). 

En fin,  allí lo dejo, mientras en España sigue la arremetida brutal de siempre de los parlamentarios neofranquistas, con su desprecio por todo lo que significa progreso, conocimiento de la historia y respeto al prójimo, y, por supuesto, su terca negación a admitir la criminalidad del régimen anterior. Olvidando que les pagamos los ciudadanos sus sueldos para representarnos con dignidad y mesura y contribuir al avance de un país que no solo les pertenece a ellos. 

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Ian Gibson es hispanista, especialista en historia contemporánea española, biógrafo de García Lorca, Dalí, Buñuel y Machado. Su último libro, autobiográfico, lleva el título de 'Un carmen en Granada' (editado por Tusquets).     

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