Indisoluble unidad

Ian Gibson

Nunca me gustó el Artículo Segundo del Título Preliminar de la Carta Magna de 1978,  que reza: “La Constitución se fundamenta en la indisoluble unidad de la Nación española, patria común e indivisible de todos los españoles...”  ¿Cómo fueron las deliberaciones entre quienes optaron por  estos términos? ¿Hubo discrepancias? ¿Unanimidad? ¿Hay constancia pública de los intercambios al respecto? Porque proclamar, como si fuera un mandamiento divino traído por un nuevo Moisés, que España es indisoluble e indivisible  resulta grotesco y hasta patético. Solo hacía falta acudir a la manida cantilena de “la unidad sagrada” del país, habitual  bajo el franquismo, pero quizás a los redactores del documento les parecía ya excesiva a la altura de 1978.     

Una vez, hace años, en un programa televisivo en Prado del Rey, me atreví a decirle a Pilar Primo de Rivera que un día España sería tal vez invadida por gentes de otro planeta, los marcianos por ejemplo, siendo exterminados por ellos, o esclavizados, los indígenas, y que el país tendría entonces otro nombre. Se puso lívida, apelando, creo recordar, a los manes de su hermano. Yo no sabía entonces que el topónimo España es de origen cartaginés y que su etimología es “territorio prolífico en conejos” (animalito desconocido entonces, por lo visto, al otro lado inmediato del Estrecho). Nombre, llegados los romanos, reciclado como Hispania. No se trata de una teoría mía, por supuesto  —¿a quién se le podría ocurrir tal derivación?—,  sino del  consenso de los filólogos especializados en la materia.  

Tampoco me gustaba nada la segunda cláusula del Artículo 8 del Título Preliminar sobre las Fuerzas Armadas, consecuencia lógica de las disposiciones anteriores,  según la cual la misión de las mismas incluye  “garantizar la soberanía e independencia de España” y “defender su integridad territorial” (el subrayado es mío). Pensé entonces en “el problema” de Cataluña y el País Vasco, y la posibilidad de que en un día futuro, si sus habitantes insistieran en la autodeterminación, podría haber una intervención militar y hasta un nuevo golpe de Estado en un país tan habituado a padecerlos. 

Y he aquí que, casi medio siglo después, no solo tenemos en connivencia con el PP, que se proclama democrático, un partido abiertamente fascista, con consignas nazis,  que insulta a la democracia en el Congreso y en la calle, acusando al Gobierno de estar llevando a cabo, ¡ellos!, un golpe de Estado, sino la petición, sin firmas,  de 50 militares jubilados  pertenecientes a la AME (Asociación de Militares Españoles),  para que el ejército “destituya” a Sánchez y se convoquen nuevas elecciones.  InfoLibre  se adelantó con la noticia,  y luego El País comprobó que el listado (cito al periodista Miguel González)  incluía a  “tres generales de división, cuatro generales de brigada, 23 coroneles, cuatro tenientes coroneles, siete comandantes y nueve capitanes”. También participó el grupo que en 2020 abogó por el fusilamiento de 26 millones de españoles, nada menos  (a añadir a los más de cien mil todavía hoy en cunetas).    

Ningún político quiere estar en la oposición, como es obvio, y mucho menos los herederos del franquismo, a quienes los cuarenta años les tienen inyectado en el cuerpo el odio y el desprecio a los perdedores, “rojos y maricones”

No puedo por menos de reflexionar una vez más, viendo la situación actual del país, máxime el comportamiento del PP, sobre la incapacidad de las derechas patrias  para llamar a las cosas por su nombre.  En primer lugar, reconocer la criminalidad del régimen brutal de Franco que dividió a España entre ganadores y perdedores, un país donde a los del bando victorioso, a lo largo de cuarenta años,  les fue estupendamente y a los demás se les humilló, aterrorizó y prohibió la búsqueda de sus muertos. Llama la atención, por cierto, que ni el actual Jefe de Estado ni su padre hayan sido capaces, que yo sepa,  de pronunciar públicamente, ni una sola vez, una palabra crítica al respecto de la dictadura, como si ellos no procediesen de una decisión tomada por el Caudillo sin que a los españoles se les ofreciera la posibilidad de optar en el referendo por una república.   

¿Tenemos que tener a los borbones para siempre?  ¿No son capaces los españoles de prescindir de un sistema tan anticuado e intentar, por fin, la consecución de una república federal, ibérica si pudiera ser, con Jefe de Estado elegido por sus pueblos y destituible en caso de no cumplir con sus obligaciones?       

¿Dónde están los portavoces en este país de una derecha moderada, europea, civilizada, culta?  Los busco y no los encuentro.  ¿Cómo es posible que falten, casi medio siglo tras la muerte de Franco? Feijóo me parece soso, blandengue e hipócrita;  Vox tiene al PP de rodillas; y, como pretendido triunfal adalid del partido, al gallego le falta absolutamente el carisma,  hoy más esencial que nunca,  que permita a un político entusiasmar a los suyos y convencer a los que todavía dudan.  ¿Alguien imagina a Feijóo representando a España en Bruselas cuando, por ejemplo,  su desconocimiento de cualquier idioma extrapeninsular es notorio y, por lo visto, su cultura mínima?  

Claro, hay también algo que nunca, nunca, nunca van a reconocer.  Y es que Pedro Sánchez les supera en casi todo como representante internacional de una España tranquila y civilizada. ¿Envidia, identificada como el pecado mortal más grave de los españoles, tan católicos ellos, por más de un distinguido pensador compatriota?  Seguro que de eso algo hay. Además, ¿no le han comparado los norteamericanos, por su físico y otras cualidades, con  Superman (no me cuesta trabajo imaginarlo volando raudo por el cielo de la Quinta Avenida así ataviado)? Solo hace falta, para confirmar cómo ven los populares a Sánchez,  estudiar de cerca las expresiones faciales de Cuca Gamarra,  Isabel Ayuso, Bendodo y compañía cuando aluden a él, también las de algún barón –o ex barón— socialista.  Pongamos por caso al siempre hostil García Page o al tétrico aragonés Lambán.  

Decía Churchill que los peores enemigos de un líder político no se sientan solo en la bancada de enfrente sino en la suya. Decía también que todos los políticos son peligrosos, sin excepción, y que “el poder corrompe, y el poder absoluto, absolutamente”. Algo sabía de todo ello. ¿Cuál es la meta de nuestros políticos, como en cualquier sociedad? Conseguir el poder para no soltarlo, hasta que sea inevitable,  y luego, según cada caso, cada “agenda privada”, anhelos y proyectos personales a menudo no confesables. Ningún político quiere estar en la oposición, como es obvio,  y mucho menos los herederos del franquismo, a quienes los cuarenta años les tienen inyectado en el cuerpo el odio y el desprecio a los perdedores, “rojos y maricones”, así como  la convicción de ser los únicos dueños del país

En realidad uno está cansado casi mortalmente  de ellos, cuando España,  tras la noche oscura del franquismo e inserta ya plenamente en Europa, debería de estar tratando de ir de la mano para recuperar lo que se pueda, después de tanto estrago, y colaborar en la construcción del magnífico país que es en potencia, con una mezcla de sangres y culturas única en el mundo, en vez de esta miseria actual, donde la expresión “hijo de puta” salta en cualquier momento,  Y eso que, según las estadísticas,  el “territorio lleno de conejos” figura a la cabeza de los países europeos cuyos machos  utilizan con más frecuencia los servicios de las prostitutas. ¡Qué hipocresía! 

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Ian Gibson es hispanista, especialista en historia contemporánea española, biógrafo de García Lorca, Dalí, Buñuel y Machado. Su último libro, autobiográfico, lleva el título de 'Un carmen en Granada' (editado por Tusquets). 

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