En realidad, desde Hiroshima y Nagasaki, las armas nucleares nunca han dejado de estar ahí, convertidas en los ingenios más destructivos creados por el género humano. Afortunadamente, con esa trágica excepción, han sido entendidas como instrumentos máximos de disuasión, y no como armas de batalla; pero, aun así, llevamos décadas viviendo bajo el equilibrio del terror, ante la posibilidad de que en cualquier conflicto en el que esté implicado alguno de los nueve países que las poseen se termine por provocar una escalada que, traspasando el umbral nuclear, conduzca al suicidio colectivo. Por eso inquieta sobremanera la profusión de indicios que dan a entender que estamos inmersos en un nuevo ciclo de militarismo rampante, que se plantea abiertamente no solo la modernización de los arsenales existentes, sino, peor aún, su transformación en armas para ser empleadas en combate.
Las señales son múltiples y ninguna de ellas tranquilizadora. No lo es que Moscú haya decidido el pasado 8 de enero emplear por segunda vez un IRBM 9M729 Oreshnik (misil balístico de alcance intermedio). El problema no es solo que sea usado para eliminar una fábrica ucraniana a apenas 70 km de territorio de la UE, sino que al ser de capacidad dual (convencional y nuclear) indica la intención rusa de crear aún más confusión en el atacado y en sus aliados, al no poder determinar de antemano si va cargado o no con cabezas nucleares. Tampoco lo es que Donald Trump insista en volver a realizar pruebas nucleares (la última fue en 1992) y poner en marcha la Cúpula Dorada, un escudo antimisiles supuestamente infranqueable, sabiendo no solo que la tecnología actual no permite llegar hasta ese nivel de protección, sino que va a incentivar la proliferación nuclear de sus potenciales contrincantes, buscando la saturación de dicho escudo para atacar, llegado el caso, con muchos más misiles, muchos de ellos hipersónicos y merodeadores.
En esa misma línea hay que recordar que las nueve potencias nucleares están inmersas en sus más ambiciosos programas de modernización, alejando aún más el sueño que Barack Obama, entre muchos otros, expresó desde el inicio de su mandato presidencial de llegar a un mundo libre de armas nucleares. El mismo gobernante, por cierto, que puso en marcha dicha modernización, acelerada aún más por Trump, y con Vladimir Putin y Xi Jinping siguiendo la misma senda. No es más tranquilizador tampoco el comportamiento de algunas potencias medias, que se sienten crecientemente amenazadas por algún vecino o abrumados por las ansias imperialistas de los tres grandes y menos protegidas por quienes tradicionalmente han considerado sus protectores de último recurso. El ejemplo más destacado entre todos ellos es Japón, el único país que ha sufrido el demoledor impacto de Little Boy (Hiroshima) y Fat Man (Nagasaki) y que, sin embargo, ya se plantea abiertamente la conveniencia de contar con un arsenal propio ante la inseguridad que le genera tanto Corea del Norte como China, además de las dudas sobre la cobertura estadounidense.
Inquieta sobremanera la profusión de indicios que dan a entender que estamos inmersos en un nuevo ciclo de militarismo rampante
Y lo mismo cabe aplicar a Irán, convencido de que su controvertido programa nuclear es la única manera de disuadir tanto a Israel como a Estados Unidos de su afán por provocar la caída del régimen a toda costa. Hay que dar por descontado que Tel Aviv y Washington no van a permitir de ningún modo que Teherán se haga con esa capacidad militar, lo que augura más episodios violentos, en la medida en que Irán siga empeñado en proseguir el rumbo. Pero también es obvio que dicho rumbo incentiva aún más los planes de otros vecinos, como Arabia Saudí y Turquía, por ponerse a la misma altura. En paralelo y por razones diferentes, pensando sobre todo en Rusia, se va intensificando igualmente el debate nuclear entre los países nórdicos, movidos tanto por el temor al abandono estadounidense como por la debilidad geopolítica y militar de la Unión Europea, lo que podría llevarlos a poner en marcha un proyecto común para hacerse con un instrumento propio de disuasión nuclear frente a Moscú.
Y en mitad de todo ello se encuentra la Unión Europea, consciente de que, si quiere realmente independizarse de Washington en materia de seguridad y defensa, debe dotarse medios propios en toda la gama de amenazas posibles. Eso incluye un arsenal nuclear que permita al menos disuadir a cualquier potencial adversario de afectar a los intereses vitales de los Veintisiete, así como disponer de medios de segundo golpe. Un planteamiento que lleva mucho más allá de las garantías que pueda dar Francia, única potencia nuclear de la Unión, al resto de miembros, y que conllevaría un considerable desafío social, político y económico para sacarlo adelante.
Por último, no queda más remedio que reconocer que el instrumental del que dispone la comunidad internacional para neutralizar esta peligrosa deriva es muy frágil. Por un lado, el Tratado de No Proliferación ya ha mostrado su incapacidad para evitar que Corea del Norte violara sus cláusulas para convertirse en el noveno miembro del club nuclear. Por otro, el Tratado de Prohibición de Armas Nucleares (en vigor desde enero de 2021) no ha sido suscrito por ninguno de los nueve miembros del citado club, ni tampoco por ninguno de los miembros de la OTAN. Y, por eso fuera poco, el próximo día 5 de febrero expira la prórroga del START III (o Nuevo START) entre EEUU y Rusia para limitar el tamaño de sus arsenales estratégicos. No es para estar tranquilo.
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Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
En realidad, desde Hiroshima y Nagasaki, las armas nucleares nunca han dejado de estar ahí, convertidas en los ingenios más destructivos creados por el género humano. Afortunadamente, con esa trágica excepción, han sido entendidas como instrumentos máximos de disuasión, y no como armas de batalla; pero, aun así, llevamos décadas viviendo bajo el equilibrio del terror, ante la posibilidad de que en cualquier conflicto en el que esté implicado alguno de los nueve países que las poseen se termine por provocar una escalada que, traspasando el umbral nuclear, conduzca al suicidio colectivo. Por eso inquieta sobremanera la profusión de indicios que dan a entender que estamos inmersos en un nuevo ciclo de militarismo rampante, que se plantea abiertamente no solo la modernización de los arsenales existentes, sino, peor aún, su transformación en armas para ser empleadas en combate.