De Irán no sales, Donald Trump

El presidente estadounidense se ha enzarzado en una batalla que tiene muy difícil ganar. La guerra de Irán ha escalado bastante más de lo que esperaban en la Casa Blanca, vista su sorpresa ante la resistencia iraní. En los círculos intervencionistas que rodeaban a Trump lo esperable era que Irán cediese ante las demandas estadounidense. Antes o después del ataque inicial.

De hecho, el simple órdago que representaba el despliegue militar de Washington era visto con suficiencia de cara a obtener una rendición. Porque las condiciones que exigían Estados Unidos e Israel suponían la entrega completa de la hegemonía regional. Irán no podía permitirse transigir. Habría sido el fin de la República Islámica.

Llegado el punto del estallido, Trump volvió a sorprenderse ante la respuesta iraní. No solo Teherán no colapsó sin el ayatolá Alí Jamenei sino que tampoco hubo una insurrección ni una intervención desde el Kurdistán iraquí. Si se querían cambiar cosas sobre el terreno, el panorama se complicaba. Si se quería vender un éxito rápido, había que rebajar las expectativas y apostar por una operación que se centrase en las capacidades militares iraníes.

En la Guerra de los Doce Días apenas se produjeron ataques contra Israel, aunque con posterioridad se supo que los daños habían sido mayores que los declarados. Pero la Guerra de Irán de 2026 comenzó directamente como una contienda regional donde Teherán impuso consecuencias por todo Oriente Medio, expandiendo la escalada horizontalmente hasta una quincena de países en apenas unos días.

Las opciones de la Casa Blanca

La fórmula preferida por Donald Trump para vender “la paz a través de la fuerza” era realizar una operación quirúrgica. Apuntar, decapitar y negociar con una Delcy Rodríguez iraní. De hecho entre los nombres que sonaban estaba el también asesinado Ali Larijani, figura clave del Estado en materia de seguridad nacional. Pero Irán no es Venezuela.

La República Islámica apretó tres de los botones nucleares que contemplábamos que usase en la guerra de 2025. Que en aquel momento no lo hiciese y ahora sí indica claramente la voluntad de escalar y no dejar correr la agresión. Hay voluntad de combatir, ya no solo desde Israel, sino también desde Irán.

Estos mecanismos consistían en el bloqueo del Estrecho de Ormuz, el ataque contra los petrodólares y la represalia contra las bases estadounidenses por todo Oriente Medio. El coste de la guerra era tal para Estados Unidos que, sencillamente, Trump no puede marcharse y cantar victoria en Truth Social como le gustaría.

A Trump le quedan pocas salidas más que intervenir el Estrecho de Ormuz, ocupar las islas iraníes del Golfo o invadir la costa sureña de Irán. (...) Se ha atrapado a sí mismo en el Golfo Pérsico

Si quiere desbloquear el Estrecho de Ormuz, deberá llevar más recursos a la región y alargar la guerra, como mínimo más allá de un mes. Si quiere provocar un cambio de régimen, necesita desestabilizar el sistema desde dentro. Y para ello necesita un golpe de Estado, una guerra civil o una invasión terrestre. Las dos primeras opciones se le han complicado tras las primeras semanas de contienda, que han servido para apretar filas en Irán.

Del mismo modo, para acabar con los programas balístico y nuclear, hacen falta ataques en mucha más profundidad, apuntando contra los enormes reservorios subterráneos. El arsenal iraní sigue siendo ingente.

Lo que Trump y Netanyahu han dañado son los cuellos de botella: los lanzamisiles y las cadenas de mando. Pero ambas cosas pueden reconstituirse con el tiempo. De hecho Irán ha trabajado para que las transiciones de poder sean más ágiles, con mandos descentralizados y sustitutos prevenidos.

Donald Trump, atrapado por sí mismo

Aunque Estados Unidos también haya logrado causar estragos en las defensas antiaéreas, la Armada y la fuerza aérea, Irán cuenta con enjambres de drones y con la posibilidad de escalar aún más la crisis del Estrecho. Por lo tanto ni siquiera se podría vender como éxito la desarticulación de las capacidades militares persas.

Los drones obligan a asumir un compromiso de daños. O se asume un coste antieconómico para derribar los baratos lanzamientos iraníes, o se deberá asumir el coste de los impactos en infraestructura crítica. Pero el coste no solo se mide en dinero sino en stock.

Precisamente por su elevado precio comparativo, Irán puede asfixiar los arsenales del Golfo así como saturar la Cúpula de Hierro israelí. De hecho se ha jugado la carta de la reorganización del Eje de la Resistencia con los primeros ataques coordinados con Hezbolá en años.

Pero si Trump no puede simplemente marcharse y abandonar a sus socios, tampoco puede ignorar el precio del tiempo. Cada día que se acercan las elecciones y el combustible está por las nubes es un día más costoso para Trump. El republicano necesita desbloquear Ormuz sí o sí. Y eso le obliga a escalar.

Irán lo sabe y no solo trata de mantener un bloqueo selectivo de Ormuz, como hicieran los hutíes en el Mar Rojo. Igual que estos, que permitieron el tránsito a los buques desvinculados de Israel, Irán pretende ejercer de llave de paso y controlar quién cruza, priorizando el rechazo a Israel y Estados Unidos.

Por si fuera poco, Irán se guarda la capacidad de minar el Estrecho o de escalar la entrada de los hutíes haciendo lo propio en el Estrecho de Bab el Mandeb. Y este escenario ya intentó moverlo Trump atacando Yemen infructuosamente el año pasado.

A Trump le quedan pocas salidas más que intervenir directamente el Estrecho de Ormuz, ocupar las islas iraníes del Golfo o invadir la propia costa sureña de Irán. Y si tal ventana se abre, no es fácil saber cómo ni cuándo se cerrará. Aún hay más cartas en la mano iraní. Pero Trump se ha atrapado a sí mismo en el Golfo Pérsico.

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Alejandro López Canorea dirige el medio Descifrando la Guerra. Antropólogo, profesor, escritor y analista de política internacional en prensa, radio y televisión.

El presidente estadounidense se ha enzarzado en una batalla que tiene muy difícil ganar. La guerra de Irán ha escalado bastante más de lo que esperaban en la Casa Blanca, vista su sorpresa ante la resistencia iraní. En los círculos intervencionistas que rodeaban a Trump lo esperable era que Irán cediese ante las demandas estadounidense. Antes o después del ataque inicial.

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