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Jugamos como nunca y perdimos como siempre

“Jugamos como nunca y perdimos como siempre”. Tengo un amigo que suele coronar así las crónicas de sus conquistas sentimentales y es el comentario que se me venía a la cabeza la noche del jueves, a bordo del avión del presidente, escuchando perpleja su relato sobre el enésimo gatillazo negociador para renovar la cúpula del Poder Judicial. Andaba Sánchez explicando la abrupta ruptura de Núñez Feijóo, abortando la oportunidad de verse el próximo miércoles, tal y como quedaron en una charla telefónica. Rompió Núñez Feijóo, sin dar espacio a más explicaciones, como hacen las parejas que no quieren oír razones para seguir adelante, no sea que les hagan dudar. 

Porque el líder del PP sí quería renovar el Consejo General del Poder Judicial. En su entorno exhibían su capacidad de ignorar las presiones como prueba de que este líder estaba hecho de otra pasta, por eso plantó a Fernández Mañueco en su toma de posesión contaminada por Vox y por eso iba a negociar con Pedro Sánchez, por el bien de España y de sus instituciones. Le preguntaban hace unos días por la sedición a Cuca Gamarra, portavoz popular de ahora y de entonces, y ella se afanaba en explicar que nada tiene que ver un tema con el otro, que renovar el CGPJ es una cosa y otra todo lo demás. 

Es desalentador que un dirigente político curtido durante años en Galicia sea incapaz de llevar a su partido a posiciones en las que se le reconozca como principal partido de la oposición

Así que Feijóo quería, pero, pasadas dos semanas, no ha podido; y eso no presagia nada bueno. La debilidad del principal líder de la oposición, sea quien sea, es perjudicial para la convivencia democrática. Lo decían los populares cuando Pedro Sánchez reinaba pero no gobernaba en Ferraz y había quienes ejercían de interlocutores paralelos. Lo hemos escrito cada vez que Pablo Casado daba palos de ciego, justificando la última ocurrencia perpetrada con la pandilla juvenil que le ayudaba en Génova antes de que llegara Núñez Feijóo. Lo suyo, lo del ex presidente de la Xunta, lo de Fejóo el deseado, no lo vimos venir. 

Es desalentador que un dirigente político curtido durante años en Galicia sea incapaz de llevar a su partido a posiciones en las que se le reconozca como principal partido de la oposición, como partido de Estado, sobre todo ahora que no sufre el asedio al que estuvo sometido Casado, porque Ciudadanos ha desaparecido y Vox está en caída libre, quemándose en su fuego interno. La demoscopia brinda a Núñez Feijoo la gran oportunidad de pilotar la reunificación del centro derecha en España pero, en lugar de subrayar un perfil propio y definido, lo que ha hecho a la primera de cambio es seguir el camino que le ha marcado Isabel Díaz Ayuso, que lleva días torpedeando la negociación para renovar el Poder Judicial. 

Cuando Feijóo sentencia que no va a pactar nada con este PSOE, autoenmienda el discurso con el que llegó a Génova en abril pasado y entra en la deriva peligrosísima de no reconocer al contrario en una competición democrática. Este PSOE es el que han votado mayoritariamente los españoles en las últimas elecciones. Su deber como líder del PP es intentar ganarle en las urnas, pero como principal partido de la oposición también tiene la obligación de preservar una capacidad de interlocución con él. Lo hizo Pedro Sánchez. Ganó las primarias a lomos de su rechazo a la investidura de Mariano Rajoy pero, una vez convertido en secretario general del PSOE, jugó el rol institucional que tenía asignado: reconoció que ese Rajoy contra el que había fundado la épica del “no es no” era el presidente del Gobierno y pactó con él la aplicación en Cataluña del artículo 155. Seguro que muchos que le habían apoyado con el puño en alto no estuvieron muy cómodos con ese movimiento, pero Sánchez aprovechó su liderazgo para recolocar al PSOE donde sus votantes lo esperaban. 

¿Dónde espera el electorado al PP de Núñez Feijóo? Según las encuestas, hay un porcentaje nada desdeñable de españoles que ven a Feijóo como un dirigente sólido, experimentado y de fiar. ¿Puede mantener ese cartel si se dedica a embarrar el terreno, al regate en corto y las patadas en las espinillas? Pienso en todos esos cargos populares que traicionaron a Pablo Casado y le empujaron por el precipicio convencidos de que lo hacían por un bien mayor y para construir un proyecto de grandes mayorías, mucho más allá del simple antisanchismo. “Jugamos como nunca y perdimos como siempre”, se dirán algunos. Negarle el pan y la sal a este PSOE es alimento para la jauría, pero no hacían falta alforjas para ese viaje de Galicia a Madrid.

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