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El no debate

“Nadie se baña en el río dos veces porque todo cambia en el río y en el que se baña”, aseveró Heráclito. La frase resumía el debate que mantuvo con Parménides en una profunda reflexión desde dos puntos de vista diferentes sobre la naturaleza de la realidad y de cómo la percibimos. De un lado, lo inmutable que defendía Parménides, y de otro, el cambio que planteaba Heráclito. Corría el siglo V antes de Cristo en la antigua Grecia, y estos dos filósofos presocráticos lanzaban un doble desafío a las mentes de sus coetáneos: cómo entender el mundo y de qué manera asumir la propia realidad. Otro debate que marcó la época clásica fue el que se produjo entre Sócrates y los sofistas. Sabemos por referencias de sus discípulos, pues nada dejó escrito, que Sócrates creía en el poder del razonamiento y del diálogo para revelar la verdad que, en su opinión, era objetiva. Los sofistas, en cambio, consideraban la relatividad de la verdad y el valor de la retórica para convencer, aun cuando la veracidad brillara por su ausencia.

Si acercamos estas polémicas dialécticas a la política actual, veremos que los argumentos siguen divididos a grandes rasgos entre estos dos bloques: frente a las ideas de que la sociedad cambia y la realidad no es inmutable o que conversar y buscar argumentos es la base para el acuerdo, se erigen figuras inmovilistas que utilizan argumentos sin base para imponer planteamientos aun a costa de falsear los hechos. Los hijos de Parménides, herederos de los sofistas, utilizan el debate o la controversia no en su acepción de “discusión de opiniones contrapuestas” sino, como también recoge la RAE, en el sentido de “contienda, lucha, combate”.

Una actitud permanente de lidiar para acabar con el contrario desgasta a quienes la ejercen porque precisa de un oponente con gran resistencia frente a las soflamas y tópicos, que no se sustentan en la racionalidad de los contenidos, sino en lo superficial y en la apariencia, previamente construida al efecto. Pero, además, y esto es lo grave, distrae de lo esencial y aboca a la sociedad al hartazgo y al convencimiento de que cualquier debate es estéril porque ninguno de los participantes aborda el fondo del problema. A partir de este punto, cualquier resultado puede producirse porque ya no estamos en el campo de lo que verdaderamente importa, sino en lo accidental y en el reino de la falsedad y la manipulación.

El no debate

Hemos vivido diferentes debates en los últimos tiempos. El debate electoral con una silla vacía porque el candidato del primer partido de la oposición se negó a acudir. Esa actitud lleva a la desconfianza: ¿Por qué no quiere compartir sus proyectos? ¿No sabe explicarse? ¿No tiene planes de futuro? Es posible que fuera así, porque en su frustrada investidura el mismo político continuó sin entrar en detalles de lo que le esperaba a España si conseguía el puesto al que aspiraba y, por el contrario, lo que se comprobó es que, anodinamente, se centraba en el circo de la descalificación de su oponente, el presidente del Gobierno en funciones. Resaltar lo negativo de tu oponente no genera, necesariamente, la confianza en tu planteamiento, sobre todo cuando este se desconoce. Por el contrario, produce una mayor intranquilidad porque abre una puerta a lo desconocido.

En realidad, a lo que estamos asistiendo no es a buenos o malos debates, sino a la ausencia de estos o a lo que podríamos denominar el 'no debate'. Es decir, se trata de afirmar con la rotundidad de las palabras vacías que el rival va a hacer algo que no consideramos oportuno, por ejemplo, una amnistía, sin aportar tu idea o contrapunto frente a esta afirmación, lo que, en sí mismo, imposibilita cualquier controversia. En este limbo cabe todo, incluso armar manifestaciones a prevención, para por si acaso al contrario se le ocurre plasmar una propuesta parlamentaria en este sentido e, incluso, se advierte que se retrasará intencionadamente en el Senado la tramitación de la ley. Es decir, se anuncia que se incumplirá la normativa parlamentaria, paladinamente. Mientras tanto, en esas manifestaciones, en la comunidad autónoma que menos necesita de ese tipo de acciones, se aprovecha para cargar contra todos los que defienden una opción diferente, Gobierno incluido.

El 'no debate' nos ha saturado hasta el aburrimiento, perjudicando nuestro sosiego y obviando lo que más necesitamos todos, en Cataluña y en el resto de los territorios: tranquilidad, racionalidad y diálogo. Frente a ello, la derecha y sus socios de la ultraderecha atacan, descalifican y vociferan, pero aportan poco a la configuración de una alternativa diferente.

El 'no debate' nos ha saturado hasta el aburrimiento, perjudicando nuestro sosiego y obviando lo que más necesitamos todos, en Cataluña y en el resto de los territorios: tranquilidad, racionalidad y diálogo

Alaridos

Aquí se impone el barullo en la idea de que no dejar hablar supone alcanzar el rango de “yo tengo toda la razón”. O de que solo se oiga la voz del que más grita para apagar a golpe de alaridos las tesis ajenas. Probablemente ese sea el propósito de algunos tertulianos que vociferan con todas sus fuerzas ante las cámaras. Repiten lo que, desde la tribuna del Congreso, hacen los políticos y —será casualidad— con muy similares argumentos. En el fragor de la batalla, unos y otros lanzan mentiras como puñales dirigidos al corazón del contrario, pero que hieren en profundidad la buena fe de los ciudadanos.

Lo escribe Byung-Chul Han en La expulsión de lo distinto. El filósofo advierte que la incapacidad de escuchar conlleva la desaparición del otro y causa la crisis del sistema democrático porque, frente al discurso, se erigen la creencia y la adhesión. Pienso que es así, que creer sin razonar, asentir de manera incondicional sin reflexión alguna, empobrece, embrutece y permite que las teorías conspiranóicas se extiendan.

Como habrán comprobado, tengo una mayor sintonía con Heráclito que con Parménides. Pienso que, como la naturaleza, la sociedad se encuentra en cambio permanente, adaptándose de la mejor manera posible. El medio ambiente defendiéndose de nuestras agresiones; nosotros, sorteando como podemos las pautas que nos marcan de manera caprichosa las grandes potencias económicas al hilo de lo que más les conviene. Desde una visión progresista, intentando reconducir esas condiciones abusivas y egoístas hacia la senda de lo que puede beneficiar a la colectividad de un pueblo, de una ciudad, de un país, del conjunto de los continentes: a los seres humanos. En esa lucha permanente, no hay lugar para el inmovilismo sofista ni para la falsedad. Sócrates acertaba en que el diálogo y el razonamiento son las herramientas indispensables para seguir adelante y sobrevivir.

El debate es un arte. En el Tíbet existen templos budistas que incorporan escuelas para monjes. Quienes los han visitado cuentan que es un espectáculo verlos debatir. Decenas de estudiantes, divididos por parejas, se interpelan. Primero habla uno y, cuando ha concluido su perorata, da una fuerte palmada que marca el momento de guardar silencio y escuchar al opuesto. Esto es la base del entendimiento. Tiempo de exponer, tiempo de responder, tiempo de preguntar y tiempo final para llegar a alguna conclusión que sirva para enriquecer el pensamiento propio, el del otro y aportar la posibilidad de que la colectividad se nutra del resultado. Lo demás se convierte en ruido y en palabras sordas que solo sirven para llevarnos hacia un destino incierto.

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