Pensamientos intrusivos

No he leído aún en profundidad el Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial, reunido en Davos hace unos días. Os acordaréis del look macarra de Macron y del discurso épico que Mark Carney declamó apelando a desterrar la nostalgia si no es constructiva, si no contribuye activamente a la reconstrucción del orden internacional, que está hecho añicos. No es el primer discurso mítico, ya tiene varios, como el de 2015 en Londres en el que acuñó el concepto de “La Tragedia del Horizonte” (en Ya lo dijo Brundtland lo conté).

He alcanzado a leer el índice y un par de recursos gráficos; no me ha apetecido profundizar más, se me hace bola. Ya el índice es una declaración explícita de que estamos en un escenario de preguerra mundial. 

El Informe consta de dos capítulos, uno que relata los riesgos globales de aquí a 2036; otro que profundiza en aquellos riesgos que tienen mayor probabilidad de ocurrencia y severidad de su impacto. Un Informe sobre riesgos no se caracteriza por su contenido tranquilizador, ya que busca alertar y prevenir. O asustar mucho por la elección de términos ya desterrados en mi imaginario que resumen la opinión de 11.000 exitosos hombres y mujeres de negocios de 116 países, personas muy informadas y muy influyentes. 

El primer capítulo, titulado “La era de la competencia”, nos sitúa en 2026 al borde de un precipicio; preconiza que en 2028 los riesgos se nos complican, acumulan, entrelazan; y para 2036 pregunta si queda alguien por ahí o si ya nos hemos caído. Remata con una sección titulada “Un panorama oscuro”. Tal cual. Sin medias tintas. 

El segundo capítulo, que profundiza en los riesgos que se nos agolpan, habla, literal o subliminalmente –no sé distinguir cuándo utiliza cada recurso– de cambio de era, de multipolaridad (que es un eufemismo de desorden internacional), de guerra, de ajustes de cuentas, de fragilidad de las infraestructuras críticas, y de dos asuntos o nuevas entidades que en sus albores ya se nos están yendo de las manos: la inteligencia artificial generativa y la computación cuántica. Como se fueron de las manos el fentanilo, los plásticos de un solo uso, o se nos va de nuevo el fascismo.

Los riesgos que en 2026 dicen tener mayor probabilidad de ocurrencia son la confrontación geoeconómica (nada nuevo), los conflictos armados (¿qué está pasando en EEUU?), los eventos climáticos extremos y el binomio polarización social–desinformación.

Los riesgos de mayor impacto o severidad, a corto plazo, son esos mismos, pero en otro orden y, a largo plazo, en unos diez años –porque obviamente mientras los humanos nos destruimos en conflictos armados y guerras económicas y comerciales, el planeta Tierra sigue a su rollo–, los principales riesgos nos sitúan fuera de todos o casi todos los límites planetarios, incluido el de las nuevas entidades en el que se enmarca la IA y la computación cuántica, en una zona desconocida fuera de la zona de seguridad. 

Quiero pensar que las principales preocupaciones que hoy ocupan a los representantes de las instituciones europeas y de los 27 Estados miembros, en ese panorama desolador y creo que tendencioso y sesgado que nos dibuja el Foro de Davos, son las que ahora detallo, no necesariamente en este orden porque creo que son todas imprescindibles y están además interrelacionadas.

Los riesgos que en 2026 dicen tener mayor probabilidad de ocurrencia son la confrontación geoeconómica (nada nuevo), los conflictos armados (¿qué está pasando en EEUU?), los eventos climáticos extremos y el binomio polarización social–desinformación

Comienzo con la autonomía estratégica europea, solos o entablando nuevas alianzas. Son muchos los frentes esenciales en los que no solo nos somos autónomas, sino que dependemos directamente de quien se ha declarado abiertamente agresor de los valores europeos, de nuestra democracia y de nuestras aspiraciones de integración y bienestar social y medioambiental. Por mencionar algunos de esos frentes, la energía (más renovable, menos fósil), los pagos (más soluciones europeas, menos tarjetas gringas), soberanía alimentaria (¿de quién es el campo y a qué se dedica?), sistemas de salud, seguridad (física y cibernética, incluidas infraestructuras críticas), y un largo etcétera. En todos esos frentes hay debates, proyectos, como el proyecto del euro digital, o el del “bizum” europeo, pero aún no tenemos nada funcionando, con la que está cayendo. 

Sigo con los cuidados, de las personas y del medioambiente, con la ampliación de derechos básicos como el de acceso a una vivienda digna que habría de ser hace tiempo el quinto pilar de nuestro Estado del bienestar. Ampliación a la vez que mantenimiento y mejora de los derechos y servicios públicos que conforman los cuatro pilares del Estado del bienestar ya conquistados –Sanidad, Educación, Pensiones y Servicios Sociales, incluida la Dependencia– que ahora es tan evidente que son la esencia que nos diferencia de países en vías de subdesarrollo como los EEUU, y que también nos protegen de él. Derechos y servicios que se sostienen fundamentalmente por impuestos, de esos a los que muchos de los 11.000 líderes mundiales voceros de los ultrarricos, parece que contribuyen poco para lo que deberían. Depredadores de bienes públicos globales y locales, como depredadora es la IA –sobre la que tenemos más preguntas que respuestas–, de la que esa élite es dueña absoluta y a la que terminaremos sometidas haciéndonos dependientes de su complacencia, y redundantes en lo importante.

A mí esto me parece un buen plan, son cosas muy importantes, las más importantes, con dos grandes objetivos en respuesta a los dos capítulos del Informe de Riesgos Globales 2026, que ya he dicho que no he leído. Su impulso –estoy convencida de que mucho ya está iniciado– requiere de grandes consensos, de voluntad política, de menos tibiezas, más democracia y de una ciudadanía exigente e informada.

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Verónica López Sabater es economista y consejera de la Cámara de Cuentas de Madrid.

No he leído aún en profundidad el Informe de Riesgos Globales 2026 del Foro Económico Mundial, reunido en Davos hace unos días. Os acordaréis del look macarra de Macron y del discurso épico que Mark Carney declamó apelando a desterrar la nostalgia si no es constructiva, si no contribuye activamente a la reconstrucción del orden internacional, que está hecho añicos. No es el primer discurso mítico, ya tiene varios, como el de 2015 en Londres en el que acuñó el concepto de “La Tragedia del Horizonte” (en Ya lo dijo Brundtland lo conté).

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