El Reino Unido continúa buscando su sitio diez años después del Brexit

La política británica atraviesa uno de los momentos más paradójicos de su historia reciente. Tras una década marcada por el Brexit, la inestabilidad institucional, el deterioro de los servicios públicos y una creciente sensación de declive nacional, el Partido Laborista regresó al poder en 2024 con una mayoría parlamentaria aplastante. Sin embargo, apenas dos años después, el entusiasmo que acompañó la llegada de Keir Starmer a Downing Street se ha transformado en una mezcla de frustración, impaciencia y escepticismo.

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Es en este contexto donde hace su aparición la figura de Andy Burnham, alcalde del Gran Mánchester. Sin embargo, su creciente popularidad no se explica únicamente por sus capacidades políticas o por la gestión de una de las regiones más dinámicas del país, sino que refleja, sobre todo, el vacío estratégico existente en la política británica y la ausencia de un proyecto nacional capaz de responder a los desafíos estructurales que el Brexit no solo no resolvió, sino que amplificó.

Diez años después del referéndum de 2016, resulta evidente que el Brexit fue mucho más que una decisión sobre la pertenencia a la Unión Europea. Representó una enorme promesa de transformación nacional. Sus promotores prometieron recuperar el control, revitalizar las economías locales olvidadas por la globalización, fortalecer la soberanía democrática y construir un Reino Unido más próspero y cohesionado. Nada de eso ha sucedido.

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Las dificultades económicas acumuladas desde entonces son conocidas. El crecimiento británico ha sido sistemáticamente inferior al del resto de las economías de su entorno. La productividad permanece estancada. Las barreras comerciales con el mercado europeo han afectado especialmente a pequeñas y medianas empresas. La inversión extranjera ha perdido dinamismo. Sectores enteros, desde la agricultura hasta la sanidad, sufren escasez de mano de obra derivada de un nuevo régimen migratorio mucho más restrictivo.

Pero quizás el fracaso más profundo del Brexit no sea económico sino político. La salida de la Unión Europea nunca fue acompañada por una visión coherente sobre qué tipo de país quería ser el Reino Unido después. El Brexit funcionó como un objetivo en sí mismo. Una vez alcanzado, emergió el vacío. Así, el país pasó años atrapado en una discusión obsesiva sobre los términos de salida, mientras cuestiones fundamentales —modelo productivo, transición energética, cohesión territorial, desigualdad social o papel internacional del país— quedaban relegadas a un segundo plano.

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Y ahí es cuando llegó al poder Keir Starmer. Un líder que prometía estabilidad después del caos. Tras los gobiernos de Boris Johnson, Liz Truss y Rishi Sunak, esa oferta resultaba comprensible e incluso necesaria. El país estaba exhausto tras años de escándalos políticos, crisis económicas y confrontación permanente. Sin embargo, la estabilidad no es un proyecto político.

Lo que hay en este momento es una sensación creciente entre amplios sectores de la sociedad británica de que el gobierno carece de una narrativa transformadora

Y es ahí donde ha residido la principal debilidad del gobierno laborista. Starmer ha apostado por una estrategia basada en la prudencia fiscal, la moderación ideológica y la gestión eficiente de los asuntos públicos. Ha buscado reconstruir la confianza en las instituciones y restaurar la credibilidad internacional del Reino Unido. Pero gobernar no consiste únicamente en administrar mejor lo existente. También implica ofrecer una dirección colectiva. Y lo que hay en este momento es una sensación creciente entre amplios sectores de la sociedad británica de que el gobierno carece de una narrativa transformadora. El Ejecutivo parece concentrado en minimizar riesgos más que en generar expectativas. En evitar errores más que en impulsar cambios.

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Las dificultades económicas han agravado esta percepción. El deterioro del NHS, la crisis de vivienda, los problemas de financiación de las autoridades locales y las persistentes desigualdades regionales exigen respuestas de mayor alcance. Sin embargo, el laborismo se muestra reacio a asumir los costes políticos de reformas ambiciosas o de una revisión profunda de las restricciones fiscales heredadas. El resultado es una paradoja puesto que si bien Starmer ha logrado devolver cierta normalidad a la política británica, no ha conseguido devolver esperanza.

Y aquí es donde merece la pena prestar atención a uno de los principales problemas no resueltos del país, el de la creciente fractura territorial. La promesa de "levelling up" impulsada por Boris Johnson pretendía reducir las enormes desigualdades entre Londres y el resto del país. Como tantas otras promesas del Brexit, quedó en gran medida incumplida. Las diferencias económicas entre regiones siguen siendo enormes. La concentración de riqueza, inversión y oportunidades en el sureste de Inglaterra continúa generando tensiones sociales y políticas. Escocia mantiene vivo el debate independentista. Irlanda del Norte sigue enfrentándose a las complejidades derivadas de su singular relación con la Unión Europea. Incluso dentro de Inglaterra crece la percepción de que Westminster gobierna desde una lógica excesivamente centralizada. Aquí es donde figuras como Andy Burnham han ganado relevancia.

Desde el Gran Mánchester, Burnham ha construido una identidad política basada en la defensa de los intereses territoriales frente al centralismo londinense. Durante la pandemia protagonizó enfrentamientos públicos con el gobierno conservador en defensa de mayores recursos para las regiones. Desde entonces ha consolidado una imagen de político cercano, pragmático y conectado con los problemas cotidianos de la ciudadanía. Su éxito apunta a una cuestión fundamental que es la necesidad de gobierno de un país real, no sólo aquel ensimismado en las idas y venidas londinenses.

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En este sentido, conviene evitar las idealizaciones puesto que Burnham no representa una ruptura radical con el laborismo actual ni dispone de soluciones mágicas para los problemas estructurales del Reino Unido. Pero sí que encarna algunas ideas que son fundamentales de cara a una nueva etapa política que ahora se abre paso.

En primer lugar, una visión más descentralizadora del Estado. Frente a décadas de concentración de poder en Londres, Burnham defiende mayores competencias y recursos para los gobiernos locales y regionales. Esta perspectiva conecta con una realidad evidente que pone en el centro la manera de dar respuestas adaptadas a los desafíos en territorios muy diversos. En segundo lugar, mantiene una sensibilidad socialdemócrata más visible que la del actual liderazgo laborista. Aunque no pertenece al ala izquierda del partido, ha mostrado mayor disposición a intervenir en cuestiones como transporte público, vivienda o protección social.

Y finalmente, y muy importante, representa una forma de hacer política menos tecnocrática y más vinculada a las experiencias concretas de la ciudadanía. En una época de creciente desafección política, este elemento no es menor, especialmente si se observa cómo operan otras fuerzas a derecha e izquierda del espectro político.

En ese sentido, el Reino Unido vive una crisis que trasciende los ciclos electorales y los liderazgos individuales. Es una crisis de propósito colectivo. Durante décadas, la pertenencia a la Unión Europea funcionó, en parte, como marco de referencia para la proyección económica y geopolítica británica. El Brexit eliminó ese marco sin sustituirlo por otro. Ni los conservadores ni el laborismo han logrado responder con eficacia y propósito a muchas de las cuestiones abiertas a día de hoy y que tienen que ver con temas que abarcan desde la definición del modelo económico en un contexto de competencia tecnológica y transición verde, pasando por la relación estratégica con la UE o el papel que el Reino Unido quiere jugar en el nuevo escenario internacional que se dibuja a estas horas.

Por eso la discusión sobre Andy Burnham resulta relevante. No porque represente necesariamente al próximo primer ministro, sino porque simboliza la búsqueda de alternativas en una sociedad que percibe que la página del Brexit aún no ha sido realmente pasada. La principal lección que, por el momento, se puede extraer de estos diez años es que el Brexit no era en sí mismo una estrategia de país, sino que era el inicio de una conversación sobre el futuro nacional. Una conversación que el Reino Unido todavía no ha sabido mantener consigo mismo.

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Ruth Ferrero-Turrión es doctora internacional por la UCM y MPhil en Estudios de Europa del Este (UNED). Profesora de Ciencia Política en la UCM.

La política británica atraviesa uno de los momentos más paradójicos de su historia reciente. Tras una década marcada por el Brexit, la inestabilidad institucional, el deterioro de los servicios públicos y una creciente sensación de declive nacional, el Partido Laborista regresó al poder en 2024 con una mayoría parlamentaria aplastante. Sin embargo, apenas dos años después, el entusiasmo que acompañó la llegada de Keir Starmer a Downing Street se ha transformado en una mezcla de frustración, impaciencia y escepticismo.

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