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El divorcio de las derechas reconfigura el tablero y pone a prueba las políticas del PP

El tiempo que pierdes cuando, en plena hora punta, llegas al metro, el vagón está lleno y tienes que esperar al siguiente. El que pasas en el centro de salud hasta que puede atenderte tu médica de familia o el que transcurre mientras te dan cita para la especialista del hospital. El que haces en el banco hasta que algún gestor resuelve tu consulta. El sociólogo argentino Javier Auyero investigó las horas, minutos y segundos que dedican las personas a hacer trámites en su vida cotidiana y llegó a la conclusión de que ese hacer cola para algo perpetúa nuestro lugar en el mundo y nos recuerda el estrato social al que pertenecemos. Aplicando su teoría en España, no cabe duda de que las políticas de recorte en gasto público que llevan años aplicando algunas comunidades no han hecho más que acrecentar las largas esperas a las que se enfrentan los que menos tienen.

¿Es posible compatibilizar nuestra vida laboral con la familiar sin tener que renunciar a ninguna de las dos? La respuesta ya la saben. En la mayoría de los casos, no

Estos días se ha debatido mucho sobre el privilegio que supone tener tiempo. Para vivir, disfrutar, criar o cuidar. ¿Es posible compatibilizar nuestra vida laboral con la familiar sin tener que renunciar a ninguna de las dos? La respuesta ya la saben. En la mayoría de los casos, no. Sobre todo para las mujeres, en las que siguen recayendo las tareas de cuidados. Si hablamos de los hijos e hijas, ¿es una medida adecuada ampliar el horario de los centros escolares para fomentar la conciliación? He consultado con amigas, que no siempre pueden echar mano de las sacrificadas abuelas, y se les hace cuesta arriba pensar en dejarlos allí a las 7 de la mañana y recogerlos 12 horas después mientras ellas trabajan. No creo que nadie dude de que pueda ser una solución para las que se encuentran en situaciones más vulnerables, que no tienen papeles o recursos para pagar extraescolares. Nueve de cada diez desempleadas que forman una familia monomarental no encuentra un trabajo compatible con la situación que tiene en casa. Poder organizar tu tiempo también es una cuestión de clase, sí. Porque quien tenga una situación económica holgada podrá contratar –en el mejor de los casos de manera legal– a una mujer, seguramente más pobre, que se encargue del cuidado de sus hijos. Pero a la vez, esa cuidadora tendrá que dejar solos a los suyos o tirar de redes de apoyo, ya sean amigos o familiares, para que se ocupen de ellos. No parece muy justo. Las que tienen más dinero también podrán acogerse a una reducción de jornada o a una excedencia pero, en cualquier caso, también estarán haciendo una renuncia: a parte de su salario o a ejercer su profesión.

Por eso, si aspiramos a cambiar un modelo social que se resiste a politizar los cuidados, porque los sigue considerando una cuestión personal, no podemos conformarnos con un parche ni cargar con ese peso exclusivamente a los centros educativos. Sobre todo, porque los colegios no resuelven la atención de las personas mayores o dependientes, por ejemplo. La solución a un problema estructural debe ser radical, es decir, ir al origen, a la raíz. Lo que necesitamos son políticas públicas que garanticen condiciones dignas de trabajo, flexibilidad en los horarios, permisos de maternidad y paternidad más amplios y una apuesta real y efectiva por la corresponsabilidad en todos los ámbitos.

Es evidente que el binomio actual vida-trabajo es cada vez menos sostenible. No solo para quien tiene hijos o dependientes a su cargo. También para la gente con empleos en sectores precarizados, con jornadas maratonianas y sueldos que apenas les dejan respirar. Y por si fuera poco, vivimos en un sistema que nos quiere hiperproductivos las 24 horas del día. Enganchados al curro, a las redes sociales, al consumo. Leí a la investigadora Remedios Zafra proponer la lentitud como un acto revolucionario frente a este mundo frenético que casi siempre acaba devorándonos. Ir despacio por la vida como elección y no, como decía al principio de esta columna, como una imposición a los más vulnerables. Ojalá pudiéramos hacerlo. Porque no solo se trata de tener tiempo sino de que ese tiempo sea de calidad.

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