Con el cese de hostilidades iniciado el pasado 8 de abril parecía que tanto Washington como Teherán se daban una oportunidad para llegar a algún tipo de acuerdo. Cabe pensar que ambos habían llegado racionalmente a entender que, por la vía militar, ni el primero lograría eliminar al régimen de los ayatolás, ni el segundo podría dar vuelta a la situación ante enemigos tan abrumadoramente superiores. Sin embargo, ese turbulento proceso de exploración de algún tipo de salida negociada con el que ambas partes pudieran salvar la cara ha vuelto a colapsar en el momento en el que la impaciencia de Donald Trump por escapar del pozo en el que él mismo se ha metido ha llegado a su límite. Con el lanzamiento del Proyecto Libertad Trump reactiva una escalada bélica de consecuencias impredecibles.
Mientras EEUU planteaba unas condiciones que Irán rechazaba de plano, por entender que supondría una claudicación en toda regla, lo que Washington buscaba, convencido de que el tiempo jugaba a su favor, era mantener el bloqueo naval hasta el punto en el que Teherán ya no solo no pudiera vender sus hidrocarburos al exterior, sino que tuviera que detener su producción al haber llegado al límite de su capacidad de almacenamiento. De ese modo, sin recursos para seguir comprando la paz social ante una ciudadanía cada vez más crítica y para financiar su esfuerzo militar, Trump calculaba que en cuestión de semanas el régimen iraní no tendría más remedio que doblegarse ante las exigencias estadounidenses para que elimine su programa nuclear, desmonte el bloqueo de Ormuz, limite su programa misilístico y deje de financiar a los peones regionales que mantiene en su órbita (Hizbulá, Hamas, Ansar Allah…).
Ha sido su propia desesperación —con el movimiento MAGA mostrando señales de malestar y con las elecciones de noviembre a la vista, mientras aumenta la inflación y el precio de la gasolina— lo que le ha llevado a precipitarse nuevamente. Aunque su anuncio en las redes sociales parece dar a entender que los buques de guerra estadounidenses —en torno a una veintena integrados en dos grupos de combate comandados por los portaviones Abraham Lincoln y George H. W. Bush— van a escoltar a los centenares de barcos atrapados en el Golfo desde hace semanas, la realidad es muy distinta. Para escoltarlos, primero tendrían que entrar en las aguas del Golfo —es decir, atravesar el Estrecho de Ormuz, exponiéndose a ser atacados por los drones, misiles y lanchas rápidas iraníes— y después tendrían que retornar, acompañando a los barcos que deseen salir hacia el océano Índico, protegiéndolos ante cualquier posible amenaza.
Ni Irán controla plenamente el estrecho como le gustaría ni la iniciativa de Trump está estabilizando la situación. Más bien al contrario; ambos actúan como si no tuvieran claro que proseguir ese camino solo puede llevarlos a un escenario indeseable
No es eso lo que realmente está sucediendo. Hasta que Trump vuelva a cambiar de opinión, lo único que Washington ofrece es emplear sus capacidades militares desplegadas en la zona para “guiar” a esos buques. Eso significa que se limitará a indicarles las vías que, teóricamente fuera del control de Irán, deberían emplear. Pero es difícil imaginar que eso llegue a convencer a los armadores y a las aseguradoras internacionales para aventurar sus barcos a transitar por la zona. Y más difícil aún es imaginar que Irán permitirá que se produzca todo ese trasiego de buques ante su costa, sin emplear todos los medios a su alcance para impedirlo. Ir más allá de eso llevaría a Washington a atreverse a romper por la fuerza el bloqueo iraní de Ormuz, arriesgándose a que alguno de sus buques sufra un ataque, lo que seguramente dispararía una escalada directa hacia una guerra total.
A eso apunta de hecho lo acontecido desde que Trump dio a conocer su intención de romper, otra vez, el guion de estas últimas semanas. Sin datos precisos sobre el alcance real de las acciones realizadas por ambos bandos desde el pasado fin de semana, todo indica que ya ha habido lanzamiento de disparos contra algunas naves, además de ataques contra las instalaciones energéticas de unos Emiratos Árabes Unidos, incluyendo el puerto de Fujairah (la única vía que le queda fuera de Ormuz para poder exportar su petróleo), que Teherán considera demasiado próximo a Israel. Una dinámica que apunta peligrosamente al recrudecimiento de la violencia, con Trump creyendo que solo se trata de golpear más fuerte para terminar de doblegar a Teherán, y con Irán empeñado en no ceder el control del estrecho, consciente de que, junto a su programa nuclear, es la baza más importante que conserva para intentar garantizar la supervivencia del régimen y el levantamiento de las sanciones.
El hecho es que ni Irán controla plenamente el estrecho como le gustaría —aunque le basta con atemorizar a quien se atreva a poner a prueba su voluntad de hacerlo—, ni la iniciativa de Trump está estabilizando la situación. Más bien al contrario, ambos actúan como si no tuvieran claro que proseguir ese camino solo puede llevarlos a un escenario indeseable. No solo para sus propios intereses, sino también para la totalidad del planeta.
_________________
Jesús A. Núñez Villaverde es codirector del Instituto de Estudios sobre Conflictos y Acción Humanitaria (IECAH).
Con el cese de hostilidades iniciado el pasado 8 de abril parecía que tanto Washington como Teherán se daban una oportunidad para llegar a algún tipo de acuerdo. Cabe pensar que ambos habían llegado racionalmente a entender que, por la vía militar, ni el primero lograría eliminar al régimen de los ayatolás, ni el segundo podría dar vuelta a la situación ante enemigos tan abrumadoramente superiores. Sin embargo, ese turbulento proceso de exploración de algún tipo de salida negociada con el que ambas partes pudieran salvar la cara ha vuelto a colapsar en el momento en el que la impaciencia de Donald Trump por escapar del pozo en el que él mismo se ha metido ha llegado a su límite. Con el lanzamiento del Proyecto Libertad Trump reactiva una escalada bélica de consecuencias impredecibles.