Luces Rojas

El Dieciocho Brumario de Esperanza Aguirre

Luis Fernando Medina

Tal vez una de las frases más citadas de Marx es aquella en la que sostiene que la historia se repite, la primera vez como tragedia y la segunda como farsa. Está al comienzo de su libro El Dieciocho Brumario de Luis Bonaparte y, sospecho, la utilizó más bien como un recurso retórico para zaherir a Napoleón III, a quien tanto despreciaba, y no con la intención de establecer algún patrón sistemático, una categoría analítica. Pero, la verdad, se ven ya tantos casos de esto que empieza uno a preguntarse si no será ya hora de buscar qué hay detrás. De pronto sí hay razones de fondo para creer que las tragedias tienden a convertirse en farsa.

Miren, si no, el caso de Esperanza Aguirre en los últimos días. Una política avezada, de innegable agilidad, según algunos, faro del pensamiento liberal español, súbitamente convertida en el hazmerreír de la política española, en una versión femenina y contemporánea de Alonso Quijano. Mientras aquel veía en el choque entre carneros y ovejas en la meseta manchega una singular batalla entre Alifanfarón de Trapobana y Pentapolín del Arremangado Brazo, Esperanza Aguirre se dispone a entrar ella también en batalla (supongo que arremangada) para defender la civilización occidental y la cristiandad de unos bellacos y follones que quieren… bueno, la verdad no sabe bien qué quieren porque por andar velando armas no ha tenido tiempo de leerse el programa. Pero una cosa está clara: para cuando se cree la primera granja urbana en Madrid, será ya demasiado tarde para defender las libertades y el campo de prisioneros de Soria se unirá a la larga lista de nombres de la infamia donde ya están la prisión de Lyubianka, el Gulag y Tuol Sleng.

Esos dislates no ocurren solamente en España. En Estados Unidos muchos congresistas Republicanos están convencidos de que debido a la reforma de la sanidad (que creó un negocio redondo para las empresas aseguradoras), la economía norteamericana va camino del estatismo de Corea del Norte. ¿A qué se debe este fenómeno? ¿Por qué políticos profesionales que supuestamente deben ser guías de los ciudadanos, sucumben a las ridiculeces más grandes?

Si se lee con detenimiento, el texto de Marx ofrece una hipótesis interesante. El Diecieocho Brumario comienza con la derrota de la insurrección obrera de París de 1848. Los gestos ridículos que tanto ensañan a Marx ocurren cuando ya aquella ha sido ahogada en sangre. Ocurre que en política hay facciones a las que la victoria les viene mal. Deben su legitimidad a sus adversarios, de modo que cuando los derrotan, tienen que reinventarlos. Ha sido tan rotunda la derrota del socialismo en nuestro tiempo, sobre todo en España donde ni siquiera el partido que lleva ese nombre se atreve a nada que no sea la agenda del fundamentalismo de libre mercado, que ya medidas contra la especulación inmobiliaria, o en favor del derecho a la vivienda y del pleno empleo están ubicadas en los extramuros del radicalismo.

En esas condiciones es difícil ser el baluarte del liberalismo occidental en el siglo XXI. Para muchos políticos, el liberalismo, es como la caridad: empieza por casa. Para defender la propiedad privada y los intereses individuales hay que comenzar con uno mismo, hay que defender los contratos propios, las tramas propias, las inmunidades propias. Pero eso en política suele no funcionar bien a la hora de conseguir votos. Entonces, se necesitan grandes enemigos, grandes amenazas. Pero eso es lo que falta en estos días así que toca inflar a los enemigos que hay.

Esa ha sido siempre la contradicción intrínseca del liberalismo político. Se presenta como una doctrina que defiende las libertades individuales, pero, por eso mismo, necesita acompañarse de un espíritu cívico robusto. De lo contrario, el individualismo que defiende se desborda y arrasa con los fundamentos de la coexistencia ciudadana. Las sociedades liberales que mejor funcionan son las que logran mostrar a sus ciudadanos que la defensa de la individualidad es, de verdad, para todos y no simplemente un artificio demagógico para favorecer a unos pocos.

Juega con fuego doña Esperanza así no lo sepa. Las sociedades necesitan una serie de creencias colectivas para funcionar. Pero cuando queda claro que los altos sacerdotes (o, según sea el caso, sacerdotisas) del dogma público no creen en lo que están diciendo, demuestran que tienen una fe de bolsillo simplemente en defensa de sus intereses, los resultados son devastadores. El comunismo soviético pudo resistir todo, las embestidas brutales de Hitler, las sangrías y hambrunas de Stalin, la escasez perenne de los bienes más sencillos, todo menos la hipocresía. En las postrimerías del régimen soviético solo Gorbachev y algún que otro asesor creían en el socialismo. El resto de la alta jerarquía difícilmente podía esperar el momento en que se privatizaran las grandes empresas para adueñarse de ellas, como a la postre ocurrió. Ese clima de cinismo, de descreimiento total fue el que llevó al hundimiento del régimen. Las urnas del 24-M han demostrado en España que el “régimen del 78” puede sobrevivir sin problemas al clima electoral del momento. La pregunta es si puede sobrevivir también a las maniobras de sus más grandes beneficiarios.

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Luis Fernando Medina es Investigador del Centro de Estudios Avanzados en Ciencias Sociales del Instituto Juan March, realizó el doctorado en Economía en la Universidad de Stanford, ha sido profesor de ciencia política en las Universidades de Chicago y Virginia (EEUU) e investiga temas de economía política, teoría de juegos, acción colectiva y conflictos sociales. Es autor del libro 'A Unified Theory of Collective Action and Social Change' (University of Michigan Press, 2007).

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