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Apuntar hacia donde duele

Varias personas caminan por el centro comercial La Illa de Barcelona.

“Cuanto más oscuras son las sombras, más cercana está la luz”. Me encuentro con esta frase del Maestro Eckhart, un dominico del siglo XIV que escribía con la inconfundible ampulosidad de los místicos, durante la lectura de Herejes, de Antonio Pau, al que llego en estos días de descanso navideño guiado por Juan José Tamayo. Es uno de los placeres del oficio: dejarse tentar por los libros citados por las voces con las que vamos nutriendo nuestros artículos. Al final, suele resultar que estas lecturas, en principio desconectadas del aquí y el ahora, acaban ofreciendo más pistas para entender lo inmediato que la mayoría de los análisis de rabiosa actualidad. Así ocurre con Herejes, un recorrido por figuras que se atrevieron a cuestionar los dogmas católicos durante los largos siglos en que estos delimitaban el marco de lo concebible y lo inconcebible.

Por su tono y estructura, el más que interesante ensayo recuerda a los Momentos estelares de la humanidad de Stefan Zweig, sólo que aquí las peripecias abocan a una rebeldía contra el ideario impuesto por la Iglesia, la mayoría de las veces con consecuencias dolorosas para el hereje. Los personajes rescatados por Pau, creyentes desviados de la doctrina, me provocan la fascinación de lo incomprensible. Me intriga, por resultarme inaccesible, la convicción de una fe religiosa, sobre todo cuando no se basa en una intuición rudimentaria sino en una espiritualidad que ha pasado incluso por el filtro del empeño intelectual. Recorren las páginas de Herejes místicos, ascéticos y gnósticos; apolinaristas, arrianos y adopcionistas; ermitaños, giróvagos, adamitas, siderófobos y acémetas; arnaldianos, socinianistas, cristocentristas, anabaptistas y alumbradistas... Ni que decir tiene que estos místicos se toparon con la intransigencia de los malhumorados guardianes del recto camino de la fe, al que los disidentes eran reconducidos con brutalidad marca de la casa.

¿Qué posturas mantenían estos herejes? Marción de Sínope tenía la fijación de que el dios del Antonio Testamento no podía ser el mismo que el del Nuevo. Valentín el Gnóstico trató de desentrañar al Inefable por medio del conocimiento, con el esperable resultado. Apolinar de Laodicea no fue sólo hereje, sino archihereje, por atraverse a cuestionar la doble naturaleza de Cristo, humana y divina. Pelagio no podía concebir que el hombre viviera lastrado por el pecado original. Vigilancio censuró la excesiva veneración a las reliquias. Arnau de Vilanova, médico y teólogo, defendía la abstinencia de la carne por razones tanto ascéticas como dietéticas (¿?). Isabel de la Cruz negaba el infierno. Antonio de Rojas concluyó que se puede llegarse a la contemplación por voluntad propia, algo que ni siquiera entiendo por qué es herético. El Maestro Eckhart escandalizó al papa al defender la eternidad del mundo.

Tamayo me sugirió el libro de Pau por su reivindicación de la figura del hereje, tan necesaria –me dijo– en un mundo intelectualmente aplanado. Seguro que tiene algo de razón. El desafío al pensamiento dominante es imprescindible para el progreso de la especie. Además, es siempre conmovedora la pasión intelectual, como también la honestidad insobornable de quien está dispuesto incluso a morir por sus ideas. Imposible no respetar a hombres y mujeres que sufrieron el destierro, la excomunión, la censura, el expolio y a menudo la tortura y la muerte más atroz. Los restos de Amalrico de Bené fueron exhumados cuatro años después de su entierro y quemados, para después esparcir sus cenizas y que así no quedara rastro de su paso por el mundo. ¿Qué había hecho el hombre? Nada menos que defender la apocatástasis, es decir, la idea de que llegará un tiempo en que el universo sea restaurado a su estado original. Dulcino y Longino fueron forzados a contemplar la quema de Margherita, compañera de los Hermanos Apostólicos, que denunciaron la opulencia de la Iglesia en el siglo XIII. Después, fueron despedazados con tenazas ardientes, instrumento al que los inquisidores dieron durante siglos las más imaginativas utilidades.

Es impensable no presentar respeto por estas figuras dolientes. Pero, al mismo tiempo...

Al mismo tiempo, queda al cerrar el libro la impresión de haber asistido a un patético despilfarro. A la búsqueda infructuosa de hombres y mujeres que, creyéndose iluminados, braceaban en realidad en medio de la oscuridad. Su ímpetu, tantas veces adentrado en el fanatismo, contrasta con lo que a mí me resulta, con ojos de hoy, una sucesión de respuestas complicadísimas a preguntas totalmente equivocadas. Sí, ya sé que en la historia del pensamiento ningún avance es menor. Pero, ¿cómo no sentir el vacío del absurdo viendo a Menno Simons poniendo toda su alma en argumentar contra el bautismo de los niños en el siglo XVI? ¿Qué provecho dejó el único libro de Miguel de Molinos, en el siglo siguiente, titulado Guía espiritual que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz?

Hoy, en una sociedad secularizada, los dogmas ya no son tanto religiosos como económicos, sociales y políticos. Pero los inquisidores que los protegen no gozan de púlpitos menos altos. Y, para que el esfuerzo en la batalla de las ideas resulte provechoso, urge seleccionar con tino las ideas a las que oponer nuestras herejías. De lo contrario, las ideas caen en una progresiva irrelevancia. ¿No está ocurriendo ya? En un mundo cada vez más complejo, sin saber muy bien contra qué dirigir nuestra ira, sacudimos los brazos en medio de la oscuridad, golpeándonos los unos a los otros. El suelo se abre bajo nuestros pies mientras discutimos a voces sobre el sexo de los ángeles.

No creo que sea mentalidad herética lo que falta hoy. Quizás sí el esfuerzo intelectual y la disposición a la renuncia que exige la herejía. Pero cunde por todas partes –o a mí me lo parece– un ánimo de impugnación, de oposición, de rechazo, de ruptura. Un deseo terriblemente mal canalizado. Una infinidad de herejías inconexas percuten a todas horas unas contra otras, sin más resultado que un ruido que hace imposible la conversación, el entendimiento, la síntesis. Una especie de fogosidad volátil, no por superficial menos exaltada, se apodera del tono del debate. Coincido con Oriol Bartomeus, según el cual vivimos un tiempo de “fanáticos efímeros”. La defensa intransigente de una postura no exime de su inmediata sustitución por una segunda postura, que será defendida con similar intransigencia, incluso siendo incompatible con la primera. Lo que hace válida una idea, merecedora de respaldo, no es tanto su consistencia lógica como la capacidad que tenga para permitirnos proyectar nuestra singularidad y reafirmar nuestro ego. La llamada “indignación” ha resultado no en rebeldía común, sino en un crisol de frustraciones individualizadas incapaces de generar sentido de colectividad. Llamamos “compartir” a lo que no es más que “enviar” a un grupo de whatsapp. ¿Qué clase de herejía se puede armar con esos mimbres?

Desde la anterior crisis, la Gran Recesión, me ha parecido escuchar dos crujidos. Uno, de desigualdad social y económica. El segundo, de brecha territorial, tanto norte-sur como campo-ciudad. No eran sólo ramas, sino el tronco de la sociedad lo que estaba afectado. A esto se suma una crisis de ideas, de raíces. Vagan infinidad de huérfanos, tan empobrecidos como desorientados, desalentados, presos de la incertidumbre y ávidos de algo a lo que aferrarse. No hace falta decir lo nefasto que sería que, en su búsqueda de un sentido para el mundo, dieran su abrazo a dogmas caducos o a herejías desenfocadas. No van a faltar quienes convoquen a las masas al rencor y el enfrentamiento. Al nacionalismo xenófobo y el integrismo de siempre se suman ahora –en régimen de colaboración– conspiranoicos y oportunistas dispuestos a pescar en río revuelto.

2020 ha sido un año penoso. La única buena noticia es que podría haber sido peor. La UE podría no haber llegado a un acuerdo, el regreso a las aulas podría haber sido un desastre, las vacunas podrían haber fracasado y Trump podría haber ganado. 2021 apunta mejor. Pero la herida social está abierta. Y el desconcierto sobre las ideas es total. Ojo, es en tiempos de desorden cuando hacen fortuna los nuevos profetas, los cuentistas, los caraduras, los mentirosos. Hay muchas voces repitiendo, en plena oscuridad, que ya se aproxima una “luz”, como decía el Maestro Eckhart en el siglo XIV. Conviene tener las cosas claras para no confundir la ansiada luz al final del túnel con los faros de un coche que viene hacia nosotros a toda velocidad.

La buena noticia de 2021 no tiene por qué ser sólo que podría ser peor. También podría ser el año en que ponemos la herejía apuntando hacia donde duele. El periodismo honesto resultará imprescindible para que las ideas no se pierdan como lágrimas en la lluvia, porque desvela hechos concretos y facilita el debate sobre bases racionales. Seguimos modestamente en la tarea. Feliz año.

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Ángel Munárriz, redactor de infoLibre.

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