Del bullying al ciberbullying: la evolución del acoso en la infancia y la adolescencia

José Luis Pedreira Massa

En 1973, Olweus describe el acoso escolar como una “conducta agresiva, intencionada y perjudicial, persistente, mantenida en el tiempo (semanas, meses o años), guiada por un individuo o un grupo, y donde la víctima es incapaz de defenderse y se desarrolla en el ámbito escolar”. Estas características delimitan un concepto de forma clara y excluyen acciones aisladas y acciones fuera del ámbito escolar; cuando es en el ámbito laboral se denomina mobbing, y lo que acontece en la calle o fuera del ámbito escolar es simple y llanamente violencia. Se ha registrado un incremento de la incidencia de forma progresiva, con tasas del 25%; si es de forma habitual se sitúa en torno al 15%, y con violencia grave llega al 2,9%. La mayor parte de los estudios sitúan la edad de riesgo entre los 13-15 años. En cuanto al género, es mayor en chicos que en chicas.

Existe la posibilidad de padecer psicopatología asociada, tanto en los acosadores como en los acosados. También se describe una posible mortalidad incrementada, por suicidio o por accidentes, en el seno de la propia agresión. Cuando se establecen cuadros clínicos claros, los síntomas pertenecen a un elevado nivel de ansiedad, somatizaciones, trastornos del comportamiento, dificultades de concentración y de aprendizaje, síntomas depresivos, aislamiento social, miedo generalizado, trastornos de la alimentación, trastornos del sueño, conductas regresivas y trastornos disociativos y conversivos.

La relación entre el bullying y una conducta autolítica es una constante muy relevante. En EEUU se reconocen unas tasas sin bullying del 10%, y entre las víctimas de acoso se detecta un 15%. Hay que tener en cuenta que en la relación bullying-suicidio la presencia de la depresión actúa por dos mecanismos: como factor mediador hacia la conducta suicida, o bien como factor de confusión u ocultamiento, al fijar el foco en la depresión y no en el papel del acoso como factor desencadenante. Cabe recordar que el colectivo LGTBI es el de mayor riesgo para ser acosado, sobre todo los y las transexuales.

En la actualidad sabemos que el 70% de los niños y adolescentes realizan un uso diario de móviles y tabletas, según un estudio realizado por la Universidad del País Vasco, que afirma que ya desde los nueve años utilizan las pantallas, siendo el máximo de utilización entre los 13-14 años, y posteriormente en la adolescencia tardía (16-18 años). 

Tras el confinamiento por la pandemia se incrementó el abuso en la utilización de las TIC: disminuyeron los episodios de acoso presencial, pero se incrementaron sobremanera las condiciones de ciberacoso

El uso de las TIC tiene un gran atractivo para los adolescentes, por factores como sincronía, anonimato, capacidad de socializar y sentirse miembros de un grupo; permite la construcción de identidades, de juegos sexuales y de galanteo, además de su inmediatez, accesibilidad y comunicación escrita. Por otro lado, las TIC ofrecen la oportunidad de estar en contacto permanente, de socializar, disfrutar del ocio, generar seguridad y una sensación de control en padres y parejas, además de facilitar la gestión del tiempo y de la información, expresar sentimientos y combinar dos tipos de comunicación: la sincrónica (oral) y la asincrónica (escrita). Aportan así dos condiciones para favorecer la predisposición a la adicción a las TIC en los adolescentes: la gratificación inmediata y la evasión.

Los smartphones son utilizados para presionar y/o acosar, grabar escenas para tener “pruebas”, difundir para que “se sepa el poder que tengo”, de tal suerte que el móvil se transforma en una centralita de comunicación total, generando una nueva adicción, en esta ocasión sin sustancia, que se conoce como “comportamental”. Una mala utilización de los móviles puede derivar en conductas autolíticas (incluyendo las autolesiones), trastornos de la alimentación y uso de la pornografía y otras conductas sexualizadas (el ‘sustratum’ de las agresiones sexuales en grupo).

El ciberacoso supera el 60% de las formas de presentación del acoso escolar, y se registra con mayor incidencia en chicas. Su inicio es cada vez más temprano, tiene una frecuente asociación con el acoso presencial, pero conlleva una marcada dificultad de desconexión con el acoso como tal, por lo que se incrementa la condición de ser un sufrimiento silencioso, y se asimila en mayor medida con el síndrome de estrés postraumático. Se expresa en tres líneas básicas: resignación, incremento de los funcionamientos obsesivos e incremento de los síntomas depresivos. Es, en este contexto, donde aparecen las conductas autolíticas, la ideación y las autolesiones primero, y las tentativas y suicidio consumado, después.

Tras el confinamiento por la pandemia se incrementó el abuso en la utilización de las TIC: disminuyeron los episodios de acoso presencial, pero se incrementaron sobremanera las condiciones de ciberacoso.

La mejor opción para el tratamiento es la prevención. En este sentido, es clave reducir la existencia de problemas entre los escolares acosados/acosadores; prevenir la emergencia de nuevos problemas; mejorar la relación entre pares y mejorar el clima escolar. Para ello, es fundamental implicar a los adultos (profesores, cuidadores, padres); situar unos límites claros hacia las conductas inaceptables e insistir a los adultos en que actúen con autoridad en todo momento.

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José Luis Pedreira Massa es psiquiatra y psicoterapeuta, y colaborador de la Fundación Alternativas.

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