LA PORTADA DE MAÑANA
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El divorcio de las derechas reconfigura el tablero y pone a prueba las políticas del PP

Plaza Pública

Nuestros cañones eran de mantequilla

Clientes en una terraza de un bar, en Madrid.

Gaspar Llamazares

A estas alturas de pandemia ya casi nadie admite obligaciones, como mucho solo recomendaciones, y en ocasiones para no cumplirlas. Porque el cansancio hace mella, y la oposición política y la resistencia social adquieren tintes de desobediencia, de boicot, cuando no de revuelta. Eso explica el reciente rechazo por parte de las comunidades autónomas regidas por la oposición junto a las de los partidos nacionalistas e independentistas, al carácter obligatorio de las actuaciones coordinadas para la desescalada, previstas hasta el logro de la inmunidad de rebaño. También explica la opción muy mayoritaria del colectivo de los menores de sesenta años pertenecientes a servicios públicos esenciales, por repetir con AstraZeneca, en sentido contrario a la decisión adoptada por el Gobierno junto con otros gobiernos europeos y Canadá, de combinar la segunda dosis con Pfizer por razones de disponibilidad y de balance riesgo beneficio.

Y es que "el corazón tiene razones que la razón ignora", dijo B. Pascal. Y las emociones son las razones del corazón, que se imponen en tiempos del populismo político, mediático y ciudadano. La virtud republicana cede pues el paso al narcisismo de consumo de la sociedad digital.

El error del Ministerio es haberlo ignorado, cuando sin embargo tenía los antecedentes del desencuentro y las polémicas surgidas ante las medidas decididas prácticamente desde la primera desescalada, pero agravadas progresivamente después de cada ola, lo que había llevado a su Gobierno a dar por terminado de forma definitiva el estado de alarma hace más de un mes, sin atender las voces que pretendían una nueva prórroga anunciando el descontrol de la pandemia y el caos jurídico. Quizá porque la profecía de nuestros Nostradamus patrios no se ha cumplido, sino que tras la alarma ha surgido un periodo de relativo control de la pandemia y de escaso conflicto jurídico, es por lo que el Gobierno y algunas comunidades se plantearon armonizar la desescalada hacia el fin de la pandemia. Con ello, el Ministerio ha vuelto a caer en la trampa del PP, que después de su triunfo en las elecciones en la Comunidad de Madrid abanderando la libertad de trabajar y consumir frente a las limitaciones de salud pública a la movilidad y la hostelería, ha visto la oportunidad de salir en tromba, debilitando de paso las alianzas del Gobierno con los nacionalistas, cerrando filas en torno a un nuevo negacionismo, esta vez poniendo en cuestión la transmisión del virus y la efectividad de las medidas de salud pública. Nada nuevo si recordamos la marginación, cuando no boicot, de las leyes y la organización de la salud pública, desde hace décadas, por parte de la derecha española, que en el colmo de la amnesia hoy reclama una ley de pandemias.

Pero aún peor ha sido empecinarse en la pretensión vana de volver a unas actuaciones coordinadas, más restrictivas incluso que las del último estado de alarma y para más inri insistiendo en su cumplimiento obligatorio, cuando además aparece en el horizonte el cercano final de la pandemia, pero sobre todo cuando la población se encuentra en el hastío de las medidas y a medio camino entre la esperanza de la recuperación de la normalidad y el olvido del dolor provocado por la pandemia.

Ya en la facultad nos repetían que el desarrollo embrionario de un individuo recorría las mismas fases por las que ha ido pasando evolutivamente la especie a la que pertenece ese individuo. A esto se le conoce como ley de Haeckel, que viene a decir que la ontogénesis reproduce la filogénesis.

De la misma forma, mutatis mutandis se podría decir que en esta pandemia las medidas de salud pública adoptadas en cada fase de la misma han recorrido en forma resumida las de la historia de la evolución de la salud pública. Así, hemos empezado al estallar la pandemia con una dura cuarentena domiciliaria, para luego pasar a las distintas medidas de control en la siguiente ola, de aislamiento y distanciamiento físico, y culminar al final con su combinación con el actual avance de la vacunación, pero siempre con la última ratio de la atención sanitaria y en particular de la técnica en el ámbito hospitalario y en las UCIs. Es verdad que todo ello después del desbordamiento de las medidas de prevención, promoción de salud y educación y participación comunitaria frente a los determinantes sociales, apenas esbozadas.

La urbanización y explotación de las selvas, los alimentos exóticos y las granjas intensivas han estado en el origen del virus, mientras no se demuestre la teoría del origen en un laboratorio. La hipermovilidad de la sociedad de consumo digital en el de su potenciación. He aquí el primer flanco que estuvo en el origen y la rápida transmisión de ésta y de otras zoonosis convertidas en pandemias, algo que debemos replantearnos a la luz también del cambio climático si de verdad queremos evitar o paliar nuevas catástrofes en el futuro. El cisne gris ya no es tal. El dinosaurio de Monterroso sigue entre nosotros.

La salud pública y su gobernanza global tampoco han salido bien paradas de esta pandemia. Los cañones resultaron ser de mantequilla. La tardanza en la detección y la alerta, la debilidad ante la incredulidad de los gobiernos, la falta de equidad en la aplicación de las vacunas, así como la imagen coactiva de policía sanitaria para la movilidad y las libertades de los ciudadanos, no garantizan el fortalecimiento de sus estructuras de investigación, así como de prevención y alertas, del carácter ejecutivo, de su gobernanza y de su urgente reorientación equitativa y participativa, con ser imprescindibles. Es verdad que su imagen no tiene por qué ser simpática, pero sí protectora.

La investigación ha sido uno de los sectores ejemplares, tanto en relación a la agilidad y la colaboración con respecto al genoma del virus como en especial en la rápida puesta a disposición de las vacunas. Sin embargo, entre el acaparamiento de unos pocos y la desprotección de la mayoría, corremos el riesgo de desperdiciar su aportación. La lección en esta materia tiene que ver con la dedicación de mayores recursos, por supuesto, pero también con la participación pública en la producción y distribución de fármacos y vacunas esenciales, para superar sus trágicos fallos de mercado.

En materia sanitaria, si bien sus profesionales han sido reconocidos y objeto de homenaje por su compromiso en los momentos más duros, sin embargo el colapso sufrido por los centros sanitarios públicos, como consecuencia de la demanda fruto de la pandemia, ha facilitado otro ciclo de crecimiento del sector privado sanitario, después del más reciente experimentado como consecuencia de los recortes de la crisis financiera, en especial entre las clases medias, aún con carácter complementario de la sanidad pública, en particular en la atención especializada y en la cirugía más afectadas por las listas de espera. Continuar con la atención a los afectados por la pandemia y a sus secuelas y recuperar la actividad que se ha visto afectada por ésta es todo un reto al que hay que sumar la superación de la tradicional insuficiencia de recursos y personal sanitario, así como la refundación del modelo de atención primaria y también los de salud mental y laboral, en definitiva las carencias de la atención comunitaria que ya venían de décadas del pasado. La sanidad pública y la salud pública españolas, que han respondido a la pandemia por encima de sus posibilidades, se la juegan ahora al final de la pandemia. Para eso necesitan más recursos, así como un relanzamiento del modelo con una orientación preventiva y comunitaria. Lo mismo podríamos decir del sistema de atención a la dependencia y los servicios sociales que se han visto sometidos a un test de estrés en las residencias de mayores que no obliga a una pronta reorientación.

Pero esta pandemia, si algo ha puesto en evidencia, ha sido de nuevo que la peor pandemia es la sindemia con la pobreza y la desigualdad, que han potenciado sus riesgos y acentuado su vulnerabilidad. De nuevo las deficientes condiciones de vida, trabajo y ambiente en las ciudades y en sus barrios se muestran como otra de las lecciones fundamentales a extraer de esta pandemia para reducir los efectos de las futuras. Todas estas tareas solo son abordables con una mayor solidaridad y justicia fiscal y para ello con un empleo de mayor calidad. Mucha mantequilla.

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Gaspar Llamazares es fundador de Actúa.

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