Plaza Pública

Cataluña: empecemos por recoger los pedazos

Los líderes independentistas encarcelados por el 1-O, a su salida de prisión para participar en la campaña electoral del 14F.

Manuel Cruz

(Contra el cordón sanitario a la mitad de los catalanes)

La afirmación de que “de esto saldremos más fuertes” suele tener más de consoladora expresión de un deseo en momentos de infortunio que de vaticinio justificado. Por un lado, está claro que las dificultades a las que se suele aludir con el “esto” del que hay que salir ponen a prueba a quienes las sufren. Obligan a movilizar recursos personales y colectivos de los que a veces los propios individuos y grupos no terminan de ser conscientes, o de aquilatar la auténtica importancia de los recursos de los que se sabían poseedores. Pero, por otro, también está claro que el éxito de la empresa no viene garantizado, por más empeño voluntarista que pongan sus protagonistas. El sendero de la historia se encuentra empedrado de derrotas y fracasos irreversibles que testimonian que quienes los vivieron no consiguieron salir en mejores condiciones de ellos.

Tal vez lo único que sí quepa afirmar sin demasiadas posibilidades de error es que determinadas situaciones constituyen, como se suele decir de un tiempo a esta parte, auténticas pruebas de estrés que permiten determinar, entre otras cosas, el grado de consistencia de las creencias que posee un determinado grupo social. Ahora bien, conviene añadir, para que no parezca que las afirmaciones anteriores se predican solo de un tipo de situaciones, que tales pruebas de estrés pueden ser de variada naturaleza o, si se prefiere, que una sociedad puede ser puesta en tensión de diversas maneras. En el caso de España, donde tan profusamente se ha utilizado la frase inicial, parece claro que lo que más recientemente la ha tensionado, alcanzando extremos difíciles de imaginar hasta hace bien poco tiempo, ha sido una pandemia que no deja de provocar sobresaltos a cada poco.

En el caso de Cataluña, la situación que ha puesto a prueba el arraigo, la solidez y la consistencia de sus creencias compartidas ha sido de naturaleza muy diferente. Empecemos por advertir, para evitar innecesarios malentendidos, que lo que ha colocado a la sociedad catalana en dicha tesitura no ha sido la manifiesta incompetencia de los gobernantes que ha tenido que padecer en la última década (que ha sido la del procés), ni el fanatismo de buena parte de ellos, ni el cinismo de otra parte no menor de este mismo grupo (que reconocía en privado lo contrario de lo que proclamaba en público), o cualquier otra causa ajena a los propios ciudadanos. De ser así, hubiera bastado con que estos, a través de sus votos, hubieran desalojado a aquellos del poder. La prueba de estrés a la que se ha hecho referencia es la que se produce cuando dichos ciudadanos no tienen forma humana de eludir la cuota de responsabilidad que les corresponde en el mantenimiento de una situación insostenible. Cuando no pueden seguir apelando a que han sido objeto de algún engaño y ya no les queda otra opción que reconocer el fundamento último (o, en algún caso, la falta de él) de cuanto han defendido y promovido, incluso con ardor, a lo largo de este tiempo.

Se trata de una prueba tan relevante como imposible de obviar. En efecto, por más que sepamos que la historia nunca se detiene, hay ocasiones en las que parece necesario tirar la raya y hacer la cuenta, aunque solo sea para llevar a cabo un saldo provisional y poder proseguir con más conocimiento de causa. Deberíamos tener claro que las situaciones límite sacan de nosotros, como individuos y como grupos, lo mejor y lo peor. En España, decíamos antes, se ha visto (y se continúa viendo) con la pandemia. Para el caso de Cataluña, no creo que haya la menor exageración en afirmar que en algunos momentos del pasado reciente (especialmente el 6 y 7 de septiembre de 2017, el 1-O de 2017 y octubre de 2019, tras la sentencia del procés) ha llegado a estar en una situación límite como comunidad.

Es sobre esto último sobre lo que ahora más importa poner el foco de la atención. O, si se prefiere, sobre el dato incontrovertible de que aquella “unidad del pueblo de Cataluña” (un sol poble), tan celebrada antaño, ha saltado por los aires. No podemos continuar haciendo como si nada hubiera pasado, como si en su seno no se hubiera producido ninguna fractura ni división. Las ha habido, por descontado, y han sido alimentadas por comportamientos sectarios y declaraciones xenófobas y supremacistas, como las de sobras conocidas por todos a estas alturas (precisamente por lo generalizadas que han llegado a ser: vid. a este respecto el artículo de Steven Forti Evitar la normalización del discurso del odio es una urgencia democrática. También en Cataluña, publicado en el último número de la siempre interesante revista política & prosa). Carece por completo de sentido negar esto, como se empeña de manera obstinada en hacer el independentismo, sin duda para eludir su enorme responsabilidad en la situación generada. Pero tiene todo el sentido del mundo intentar repararlo. Y no por buenismo ingenuo, sino por puro instinto de supervivencia en tanto que sociedad. Porque nada garantiza, como decíamos al principio, que de aquí vayamos a salir más fuertes, sobre todo si nos empeñamos, tozudamente, en lo contrario, a saber, en desangrarnos.

Esto último representa, con toda claridad, el mayor peligro que nos acecha en el momento actual. Tanto el desarrollo de la pasada campaña como el resultado mismo de las elecciones, sin olvidar las primeras declaraciones de algunas fuerzas políticas tras conocerse el escrutinio final, no auguran precisamente un horizonte de tranquilidad y de voluntad de encauzamiento de los problemas. No solo hay motivos, sino también indicios de que a quien tiene la llave para formar govern, ERC, le pueden volver a temblar las piernas por enésima vez y darse el caso de que optara por perseverar en ese conocido camino que no conduce a ninguna parte denominado procés. De cualquier forma, el hecho de que el peligro de desangrarnos (y desgarrarnos) como comunidad sea por completo real constituye el más sólido argumento para intentar poner los medios que permitan evitarlo.

Probablemente no sea esta la hora de exigir aparatosas autocríticas destinadas al regocijo de los adversarios. Pero sí de una cierta grandeza y generosidad por parte de todos. Los líderes políticos vienen obligados a reconocer, especialmente ante los suyos, qué decisiones del pasado consideran ahora que fueron un error, esto es, deben asumir su responsabilidad o, si se prefiere, hacerse merecedores del término “responsables políticos” con el que se les acostumbra a denominar. Aunque hay que puntualizar, en honor a la verdad, que no todos se han comportado de idéntica forma a la hora de juzgar su propio pasado.

Así, mientras los hubo que asumieron su equivocación al firmar el llamado “pacto del Tinell”, que pretendía excluir a una fuerza incuestionablemente democrática como el PP, otros, como Artur Mas, se fueron a ver al notario para certificar que jamás pactarían con ese mismo partido, cosa que, habrá que recordarlo, hicieron sin pestañear para aprobar sus primeros presupuestos en cuanto alcanzaron el poder. Por no hablar de unas fuerzas independentistas que, a tres días de las elecciones del pasado domingo, anunciaron su acuerdo de dejar fuera de cualquier eventual pacto de gobierno futuro a un partido de izquierdas como el PSC, dando así varias vueltas de tuerca respecto a las exclusiones anteriores. Porque si algo quedaba manifiestamente claro con esta última iniciativa es que ya no se trataba de excluir a Vox, al PP, a Ciudadanos o a cualquier otra fuerza política que se declarara contraria al independentismo, sino que lo que de verdad se pretendía era tender un cordón sanitario alrededor de la mitad de los ciudadanos de Cataluña. Es de suponer que esa era la razón por la que los independentistas celebraban con tanto alborozo (y con la televisión pública catalana oficiando de preceptivo amplificador) haber superado por fin, aunque fuera por una uña, el cincuenta por ciento de los exiguos votos emitidos.

De idéntica manera, a algunos de los que últimamente tanto se les ha llenado la boca elogiando la Transición como modelo que salvaguardar (aunque en su momento no se entusiasmaran en exceso con ella) habría que recordarles que todas las grandes fuerzas políticas que participaron en la misma, sin excepción alguna (desde Alianza Popular al PCE, pasando por UCD y PSOE, e incluyendo a los nacionalistas), tuvieron que asumir importantes renuncias programáticas que en algún caso levantaban auténticas ampollas entre los propios seguidores. Pero lo cierto es que sus dirigentes nunca se escondieron ni trasladaron a sus bases o a sus votantes la responsabilidad que a ellos les correspondía. Cosa que en Cataluña, por desgracia, se han dedicado a hacer tantos y tantas durante estos años. Es la hora de la responsabilidad, la grandeza y la generosidad. Y para quienes la tengan, de la inteligencia.

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Manuel Cruz es filósofo y expresidente del Senado. Autor del libro "El virus del miedo" (La Caja Books)

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