¡Qué coño de polarización!

Leía este fin de semana un ejemplar de marzo de El País. Fue en el News Café de Miami, uno de los lugares favoritos de mi querido Miguel. Llamó mi atención una columna escrita por Torres Mora al alimón con un filósofo vasco, del que no recuerdo su nombre. Espero me disculpe. Una buena aproximación a la polarización asimétrica. Acabarla me dejó esa sensación punzante. Lanza unos dardos demasiado sibilinos. ¡Claro! Es de José Andrés. Él rezuma diplomacia por todas partes. Pero a mí su lectura no dejaba de generarme un pálpito agudo. De esos que duelen en las venas de las sienes. Sensación de un gusto metálico en la lengua. Dejo que fluyan las palabras.

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Hay una forma de traicionar a un país que no requiere vender secretos a una potencia extranjera, ni desfilar con uniforme enemigo, ni esconder dinero en una cuenta en Suiza. Basta con algo mucho más sencillo y más rentable: convencer a millones de ciudadanos de que su democracia ya no merece respeto cuando no gobiernan los tuyos.

Eso es exactamente lo que está ocurriendo en España.

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Llevamos años escuchando que Pedro Sánchez no es un adversario político, sino una anomalía moral. Un usurpador. Un peligro público. Un okupa con Falcon. Un presidente ilegítimo pese a haber ganado una moción de censura parlamentaria, unas elecciones generales y varias investiduras conforme a la Constitución que quienes lo insultan dicen defender con una mano mientras la desgarran con la otra. Y claro, uno acaba acostumbrándose al ruido. España tiene esa capacidad mediterránea para convivir con el incendio mientras se comenta el partido del domingo.

Lo inquietante es ver a un partido que se autodenomina “de Estado” comportarse como si el Estado fuese un obstáculo molesto

Pero hay incendios que dejan humo en las paredes incluso cuando parece que ya se han apagado.

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La pérdida de amistades de más de veinte años de antigüedad ha representado para mí uno de los grandes signos de alarma. Pero no quiero que parezca un simple ejemplo personal.

Los datos del CIS son demoledores. Dos de cada tres votantes del PP le ponen un 1 a Pedro Sánchez. La nota más baja posible. No es discrepancia política. No es “prefiero otro modelo económico”. No es “no comparto sus pactos”. Es otra cosa. Es el rechazo moral absoluto. El deseo de expulsión simbólica del adversario de la comunidad democrática. Mientras tanto, entre los votantes socialistas, ese rechazo existe, sí, pero en una proporción muy inferior. La diferencia importa porque desmonta una de las grandes mentiras contemporáneas: que todos polarizan igual.

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No. No todos incendian igual el edificio.

Aquí hay una maquinaria perfectamente engrasada. Primero se deslegitima al Gobierno. Después se convierte al adversario en enemigo moral. Y finalmente se normaliza la alianza con quienes directamente consideran sospechosa la propia democracia liberal. El proceso es tan viejo como eficaz. Cambian los trajes, los platós y los algoritmos. El mecanismo sigue siendo idéntico.

Lo verdaderamente inquietante no es Vox. Vox hace exactamente lo que vino a hacer. Lo inquietante es ver a un partido que se autodenomina “de Estado” comportarse como si el Estado fuese un obstáculo molesto en su carrera hacia La Moncloa.

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Porque un partido de Estado no es el que más veces pronuncia la palabra España con voz engolada y bandera de fondo. Eso lo hace cualquiera después de dos cafés y un puro. Un partido de Estado es el que entiende que las instituciones valen más que una legislatura. El que acepta perder sin dinamitar el tablero. El que sabe que erosionar la confianza en el Parlamento, en la justicia, en los medios y en el sistema entero puede darle votos hoy y destruir el país mañana.

Y aquí aparece la pregunta incómoda.

¿Qué clase de patriotismo es ese que necesita que España vaya mal para tener opciones electorales?

Porque llevamos demasiado tiempo viendo a dirigentes del PP actuar no como una alternativa de gobierno, sino como accionistas nerviosos esperando una OPA hostil sobre el Estado. Cada dato económico positivo se recibe con decepción apenas disimulada. Cada acuerdo internacional molesta. Cada avance institucional se interpreta como una tragedia estratégica. Como si hubiera un miedo secreto a que las cosas funcionen.

Las prisas por llegar al poder empiezan a parecer otra cosa. Y cuando un partido transmite la sensación de que necesita gobernar con urgencia no para mejorar la vida de la gente sino para volver a ocupar determinadas ventanillas, determinados despachos y determinados consejos de administración, entonces el problema deja de ser ideológico y empieza a ser moral.

España ya ha conocido esto antes: élites políticas que confundían el país con su cortijo y el Gobierno con un mecanismo de reparto. La diferencia es que ahora todo se retransmite en directo, con tertulianos asalariados haciendo de claque emocional y con una industria entera viviendo de fabricar indignación en serie. Hay demasiada gente ganando demasiado dinero con el odio.

Y el odio, como el tabaco barato, termina impregnándolo todo.

Lo más triste es que ni siquiera hace falta ganar unas elecciones para deteriorar una democracia. Basta con convencer a la mitad del país de que el otro medio país no es legítimo. Basta con erosionar lentamente la idea de convivencia. Basta con convertir cada sesión parlamentaria en una mezcla de linchamiento moral y programa de entretenimiento.

Un partido de Estado es el que entiende que las instituciones valen más que una legislatura

Después llegan los sorprendidos profesionales. Los que dirán dentro de diez años que no vieron venir nada. Los expertos en cara de inocencia retrospectiva. Los mismos que hoy siguen hablando de “polarización de ambos lados” mientras uno lanza piedras y el otro intenta proteger las ventanas con cinta adhesiva. Hace poco volvía a recordar el “Ich wusste es nicht”.

La historia europea está llena de gente elegantemente equivocada.

Y sin embargo, todavía hay salida. La democracia sigue dependiendo de una idea muy simple: aceptar que quien piensa distinto no es un enemigo a destruir. Parece poca cosa, pero es la diferencia entre una nación adulta y una comunidad histérica administrada por pirómanos con corbata.

Gobernar exige pactar. Ceder. Tragar saliva. Rectificar. Todo lo contrario de la masculinidad tóxica de gimnasio emocional que domina hoy la derecha española. Esa épica testosterónica donde cualquier acuerdo se considera una humillación y cualquier moderación una traición.

La política seria nunca fue eso. La política seria consiste en mejorar la vida de la gente aunque no haya aplausos inmediatos. Lo otro es merchandising patriótico.

Y un país no se destruye solo por culpa de quienes gritan. También se destruye por culpa de quienes, pudiendo frenarlos, decidieron que el poder era más importante que España.

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José Manuel Nevado es director de Comunicación Institucional de la Secretaría de Estado de Comunicación.

Leía este fin de semana un ejemplar de marzo de El País. Fue en el News Café de Miami, uno de los lugares favoritos de mi querido Miguel. Llamó mi atención una columna escrita por Torres Mora al alimón con un filósofo vasco, del que no recuerdo su nombre. Espero me disculpe. Una buena aproximación a la polarización asimétrica. Acabarla me dejó esa sensación punzante. Lanza unos dardos demasiado sibilinos. ¡Claro! Es de José Andrés. Él rezuma diplomacia por todas partes. Pero a mí su lectura no dejaba de generarme un pálpito agudo. De esos que duelen en las venas de las sienes. Sensación de un gusto metálico en la lengua. Dejo que fluyan las palabras.

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