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El desamparo cósmico

Fernando Baeta

De Carlos Toro Montoro aprendí de primera mano qué es el desamparo cósmico. Y fue mucho antes de que cayera sobre nosotros este fuego purificador y nos condenara a una reclusión permanente revisable que nos mantiene temerosos y sobrecogidos, esperando que sus llamas pasen por delante de nuestra puerta sin abrasarnos. Y fue un poco después de que escribiera la letra de Resistiré, que se ha convertido ahora, en medio de la hoguera, en el himno accidental del supervivienteResistiré, en la respuesta airada frente a todo desamparo, en el antídoto contra el desaliento, en el extintor que apaga nuestra rabia y quien sabe si nuestro miedo indicándonos que hay esperanza, que hay luz al final del túnel. Además, todas las tardes a las 20 horas, en muchos balcones de nuestra geografía, sus 241 segundos de duración se convierten en la música de fondo de nuestros aplausos para quienes nos mantienen con respiración asistida pero todavía vivos.

Más allá del Dúo Dinámico, de Pedro Almodóvar, Victoria Abril y sus lágrimas en la escena final de Átame; de Oliver y Benji, de Demis Roussos, Marta Sánchez o Paulina Rubio y de tropecientasmil canciones más, Carlos Toro ha sido siempre un resistente. Un resistente que en algunas fases de su vida ha sabido de primera mano lo que es perder, dormir con la soledad, no encontrar la salida, superar el miedo al silencio, mantenerse en pie, saber estar contra la pared pero con dignidad, resistir para seguir viviendo.

Pero de resistir para seguir viviendo sabía mucho más aún Carlos Toro Gallego, su padre, dos veces condenado a muerte. La primera por la República, su República, al intentar oponerse a que el coronel Segismundo Casado entregara Madrid a los fascistas en 1939. Y la segunda por los propios golpistas, que lo acusaron de haber sido comisario político del Partido Comunista de Estaña durante la guerra. A los primeros no les dio tiempo a ejecutarlo por la llegada de los segundos y a éstos se lo impidió el mismísimo Francisco Franco, que le conmutó la pena por la de cadena perpetua tras la intervención de Carmen Polo "Mira esto Paco", le dijo al general pasándole la carta que le había enviado Ángela Montoro, esposa del condenado– y porque en la sentencia que le había impuesto el tribunal militar no había delitos de sangre.

Gracias a un indulto salió de la cárcel en 1945. Pero él seguía militando en el PC y negándose a tragar con la suerte que nos había caído en gracia a los españoles. Tenía la esperanza, más bien un sueño loco y utópico, de que la derrota del Eje en la II Guerra Mundial provocara la intervención de los aliados y la caída del dictador. Pero no fue así: es detenido nuevamente en 1947 –un año antes había nacido Carlos, su único hijo– y no volvió a pisar la calle hasta 1959.

Primero estuvo en la prisión de Alcalá, después en la de Ocaña, y finalmente en El Dueso, donde paso la casi totalidad de la condena. De ese periodo recuerda siempre su hijo la fecha del 24 de septiembre, festividad de la Merced, porque durante algunos años ese era el único día que podía visitar a su padre en el penal. Recuerda de entonces su uniforme gris, los platos, vasos y cubiertos de estaño, su celda individual, a diferencia de los presos comunes, la dureza del camastro, el entorno monacal. "Y recuerdo especialmente, porque me impresionó mucho, lo que me decía mientras paseábamos por el patio, que sí era compartido por todos: ‘Ese de allí es un asesino, ese es un violador, aquél un ladrón y ese mato a no se quién en una pelea…".

Fueron tiempos duros en Madrid, recuerda el escritor. Vivía en una pequeña casa en Cuatro Caminos con su madre, su abuela y sus tíos. "La vida era muy austera, sin la más mínima comodidad, sin agua caliente, con un inodoro comunitario miserable… Pasábamos muchas penurias". Ser buen estudiante le hizo más llevadero el trance. Además era bastante popular entre sus compañeros por su buena mano con los deportes. Nunca se sintió rechazado por ser hijo de un comunista que estaba en la cárcel. "En casa no se hablaba de la situación de mi padre, ni de la cárcel, ni de nada de eso. En el colegio, tampoco. Por si acaso, mi madre ya me había advertido: 'Carlos si te dicen que tu padre está en la cárcel, diles que sí, pero como preso político'". También tiene grabado que cuando su progenitor salió de El Dueso le tuvo que dejar su hueco en la pequeña cama en la que dormía con su madre; durante un tiempo, hasta que encontraron una casa más grande, él se bajó a dormir al suelo, a los pies del lecho conyugal.

Resistiré llegó muchos, muchísimos años despuésResistiré. Y ni fue escrita para ser un himno antifascista, ni está dedicada a su padre –que falleció en 1993– más allá de lo que pueda estar dedicada a todos aquellos que no se rinden jamás. Como por ejemplo las víctimas, muertas o vivas, de esta pandemia 3.0 que nos está marchitando. Simplemente es una canción, una más de esas tropecientasmil que ha escrito.tropecientasmil Una canción, eso si, capaz de llegar a quienes precisan urgentemente un asidero para levantarse, oxígeno para poder respirar, palabras para combatir la desazón y el infortunio; un mantra que se lanza al aire para quien lo pueda necesitar. Una canción convertida ahora en grito desesperado quizá porque Almodóvar y Átame la rescataron en 1989Átame, en aquella última escena con Victoria Abril, Loles León y Antonio Banderas.

La idea y la música se la dio Manolo de la Calva un año antes cuando preparaban su próximo disco que acabó titulándose En Forma. El miembro del Dúo Dinámico le habló de una idea que adjudicó a Camilo José Cela –"El que resiste, gana"– y Toro se puso a ello y se volcó emocionalmente porque le pilló, casualidades de la vida, tratando de superar una ruptura sentimental. Resistiré acabó abriendo el LP. Una canción más que unir a las otras 800 que ha publicado –es miembro de la SGAE desde hace 52 años– de las más de 1.300 que ha escrito. Su primer éxito fue Ven, Ven, con Marisol. Y su última canción: Un mismo corazón, que estos días de desolación y pérdida ha lanzado Marta Sánchez a través de las redes sociales y cuyos beneficios van íntegramente a Cruz Roja.

Además de letrista, lo que siempre quiso ser Carlos Toro es cantautor, incluso fue telonero de Joan Manuel Serrat en una actuación del catalán. Hasta llegó a firmar tres contratos discográficos que nunca se llegaron a concretar. Pero desdeñar el escenario le llevó a escribir más y más letras –había empezado a hacerlo a los 20 años– y a estar más en contacto con un buen número de artistas que le empezaban a pedir canciones para sus repertorios.

La música, especialmente, pero también el periodismo deportivo y la Historia son los ejes intelectuales de su andadura. Conocedor como pocos del atletismo, baloncesto y fútbol mundial –escribe en El Mundo desde su fundación en 1989 y antes lo había hecho en Cambio16 desde octubre del 85–, se desenvuelve, correctamente diría él, en cualquier otra disciplina. Lo mismo que en la asignatura de Historia: las guerras, los enfrentamientos que han cambiado el rumbo de la humanidad, las ideas, los personajes, los grandes movimientos, las enseñanzas de la geoestrategia, las batallas que han dejado huella –ahora acaba de releer La batalla del golfo de Leyte, de Jean-Jacques Antier–, el armamento bélico. Es un conocedor obsesivo de la Guerra Fría y especialmente de las dos grandes carreras que mantuvieron ambos bloques durante aquella época de miedos, espías y traidores: la armamentística en las mesas de negociación y en los imaginarios campos de batalla y la deportiva en los estadios de todo el mundo.

Solitario empedernido –se desenvuelve bien en esta cuarentena–, ilustrado y leído, perfeccionista compulsivo, derrotista a veces, sentimental siempre. Tiene algo del Matías Martí de La Colmena por su irrefrenable deseo de regatear con frases, conceptos y palabras, de inventárselas, de jugar con ellas como un trilero con la bolita. Pesimista recalcitrante, hay días que Carlos Toro piensa que "este mundo es un estercolero"; otros en cambio necesita creer "que aún hay algún resquicio para el optimismo". Sobrevive, como todos, entre contradicciones, resistiendo, poniendo letras a la vida, dispuesto a ofrecernos 241 segundos de esperanza siempre que la necesitemos para combatir cualquier desamparo cósmico que nos aceche.

Fernando Baeta es periodista.

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