El error de creer que derogamos el fascismo

Si pensábamos que otra guerra mundial era imposible, si creímos que el fascismo había sido derrotado para siempre, no fue por ignorancia, sino por comodidad. Preferimos contarnos una historia tranquilizadora antes que asumir una verdad incómoda: el fascismo no desaparece cuando pierde, solo espera mejores condiciones.

En España, esta ceguera tiene raíces profundas. No vivimos una derrota del fascismo, sino una reconversión. El franquismo murió en la cama y dejó tras de sí una democracia nacida del pacto, no de la ruptura. Aquella Transición fue, en muchos aspectos, un logro histórico, pero también estableció un silencio estructural que hoy seguimos pagando. Sin una condena clara, sin una depuración real, sin una pedagogía democrática sostenida, el autoritarismo quedó latente, normalizado, incluso legitimado en ciertos espacios.

Por eso el avance de la extrema derecha en España no es una anomalía, sino una consecuencia. No surge de la nada ni es un simple fenómeno importado. Crece en un terreno abonado por la desmemoria, la desigualdad y la banalización del discurso político. Crece cuando se acepta que cuestionar derechos fundamentales es solo “una opinión”, cuando se equipara el antifascismo con el extremismo o cuando se presenta el odio como libertad de expresión.

El fascismo actual ya no necesita declararse como tal. Le basta con erosionar. Con poner en duda la violencia machista, con criminalizar la migración, con señalar a periodistas y jueces, con desprestigiar la ciencia, la universidad o la cultura. Le basta con instalar la idea de que la democracia es un obstáculo y no una garantía. En España lo vemos cada día en parlamentos, tertulias y redes sociales, sin ir más lejos, una concejala del Partido Popular se persona sin pudor en un acto del PSOE con el propósito de insultar a su líder y presidente del Gobierno de España, con una naturalidad que debería alarmarnos mucho más.

La historia demuestra que el fascismo no necesita mayorías entusiastas. Le basta con la apatía, con la desmovilización y con la idea de que “no será para tanto”

Pero sería un error atribuir toda la responsabilidad a quienes lideran estos discursos. El problema es más amplio y más incómodo. La extrema derecha avanza porque se le ha abierto espacio. Porque se ha normalizado su presencia institucional en nombre de la gobernabilidad. Porque se ha aceptado su marco de debate. Porque demasiadas veces se ha reaccionado tarde, mal o con miedo a perder votos.

También hay responsabilidades en una izquierda que no siempre ha sabido ofrecer respuestas materiales a la frustración social, en unas élites políticas y económicas cada vez más alejadas de la vida real, y en un ecosistema mediático atrapado entre la polarización, el click fácil y la falsa equidistancia. El resultado es una sociedad cansada, desinformada y vulnerable a soluciones autoritarias que prometen orden a cambio de derechos.

La historia demuestra que el fascismo no necesita mayorías entusiastas. Le basta con la apatía, con la desmovilización y con la idea de que “no será para tanto”. Así es como se degrada una democracia: no de golpe, sino por acumulación de renuncias. Primero se tolera el discurso, luego el pacto, después el recorte, hasta que lo excepcional se vuelve norma.

En España, pensar que “esto no puede pasar aquí” es una forma de irresponsabilidad política. Ya pasó. Y no hace tanto. Para muchas personas, mujeres, migrantes, personas LGTBI, periodistas críticos, el avance autoritario no es una abstracción teórica, sino una experiencia diaria de señalamiento, precariedad y miedo.

Defender la memoria democrática no es un ejercicio simbólico ni una batalla cultural secundaria. Es una herramienta de supervivencia democrática. No se trata de vivir anclados en el pasado, sino de entender que el pasado no resuelto vuelve, siempre, como amenaza.

Creer que con la llegada de la democracia derogamos el fascismo fue el error. Seguir creyéndolo, hoy, una negligencia.

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Juan Antonio Gallego Capel es funcionario de carrera de la Administración de la Región de Murcia, socialista, defensor del Estado federal, laico y republicano.

Si pensábamos que otra guerra mundial era imposible, si creímos que el fascismo había sido derrotado para siempre, no fue por ignorancia, sino por comodidad. Preferimos contarnos una historia tranquilizadora antes que asumir una verdad incómoda: el fascismo no desaparece cuando pierde, solo espera mejores condiciones.

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