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Pablo Plaza

Evitar una inmolación de las izquierdas: ocho proposiciones constructivas

La presidenta de la Comunidad de Madrid y candidata por el Partido Popular, Isabel Díaz Ayuso, acompañada por el presidente del partido, Pablo Casado.

A la vez que la escritora Ana Iris Simón pronunciaba un discurso que ha retumbado entre toda la izquierda, Público publicaba una encuesta de Key Data donde podíamos ver al Partido Popular superar por primera vez en mucho tiempo al Partido Socialista. A veces se dan estas casualidades del destino que nos muestran que estas discusiones deberían estar ya superadas, en un momento en el que síntomas mórbidos parecen aflorar en la izquierda. Hay motivos para estar preocupados: mientras la izquierda vuelve a entrar en una pelea de consecuencias aún inciertas, la derecha está cada vez más fuerte con los aparatos mediáticos desde Madrid dispuestos a lo que sea para derribar este Gobierno.

Existen varios problemas que deben ser resueltos si queremos reaccionar a tiempo. Si se cumplen las predicciones de ‘Key Data’, la izquierda prácticamente lo tendrá imposible para volver a formar gobierno. Lo más probable es que las grandes presiones se alineen para derrocar a Sánchez y se imponga a la ciudadanía una especie de gran coalición donde Vox podría asomar la cabeza. Sin embargo, el panorama puede ser bastante peor si se cumplen otras encuestas. Según dos de ellas, recientemente publicadas en los medios ABC y La Razón, el PP y Vox sacarían mayoría absoluta.

La cruda realidad es que la derecha y la extrema derecha se están preparando para gobernar y hacer de España otro nuevo experimento de lo que se ha llamado alguna vez La Internacional Reaccionaria. En este sentido, me gustaría proponer un análisis sobre qué se puede hacer para evitar este escenario terrible y aumentar las posibilidades de que este gobierno pueda continuar una agenda, aunque sea mínimamente, progresista:

1. Los partidos de izquierdas deben apostar decisivamente por construir desde abajo. Sin unas estructuras y unos cimientos adecuados cualquier edificio se rompe. Los procesos de democracia interna deben ser mucho más transparentes y participativos, para no dar la sensación de que una especie de Politburó secuestra los partidos. Desgraciadamente, este es un proceso lento que no va a dar resultados a corto plazo, sino más a largo plazo. Sin embargo, dos años es todavía un tiempo lo suficientemente amplio para que se produzca algún cambio significativo.

2. No debemos despreciar todos los progresos que se han realizado desde hace varias décadas. Sin ningún tipo de dudas, la izquierda del siglo XXI es en muchos sentidos más plural y cabal que antiguas líneas de pensamiento que adolecían de un gran sectarismo internamente. Cuatro décadas de neoliberalismo han dado pie a tendencias que reniegan de todos estos avances a modo de configurar un mito que nunca existió, aunque no deje de ser cierto, por ejemplo, que en la Edad de oro del capitalismo había elementos positivos que debemos rescatar: uno muy importante es el fortalecimiento del Estado social y que los ricos pagaran más impuestos. Esto nunca puede suponer un desprecio a todas esas corrientes liberales y libertarias de las izquierdas. Acusar a la izquierda de ser “posmoderna”, “liberal modernita” o “progresista liberal” provoca bastante estupor. La izquierda se muestra incompatible con el desprecio hacia las libertades individuales.

3. Precisamente la izquierda debe recordar que el liberalismo es un buen aliado para conseguir materializar sus objetivos. En este sentido, la fuerte libertad que existe en nuestras sociedades democráticas debería servir para superar nuestras diferencias históricas y llegar a consensos. Hay que hacer de la libertad de expresión nuestro máximo exponente. De nuevo el proceso es lento, pero no solo ayuda a que la izquierda amplíe su espacio y supere sus diferencias, sino que además consigue que pueda expandirse hacia lados teóricamente más a la derecha.

4. Las argumentaciones teóricas deben estar conectadas con la realidad. Además del peligro de enunciar discursos que solo dos o tres personas entiendan, existe el riesgo de realizar planteamientos teóricos que lleven a conclusiones disparatadas que minen la credibilidad de la izquierda. Por desgracia, en los últimos tiempos hemos visto argumentaciones que parecen seguir la propaganda que viene de Rusia y China. En este sentido, creo que la izquierda debe siempre mirar hacia un marxismo serio, frente a interpretaciones a menudo financiadas por el gobierno ruso, como es el caso de RT y Sputnik.

5. La carga de la prueba en el pensamiento de vanguardia. Aparte de que La Vanguardia Intelectual en muchas ocasiones pueda distanciar a la mayoría de la población, hay casos en los que llega a conclusiones un tanto extrañas. Esto ocurre cuando se mezclan componentes conspiratorios, se utiliza erróneamente el lenguaje y se mitifican ciertos aspectos de la clase obrera. En Francia hemos tenido un ejemplo muy significativo con la tendencia racista conocida como “islamo-izquierdismo”, donde se ha argumentado que “los musulmanes vienen a remplazar a la clase obrera”. En España, se están produciendo rimas parecidas, tal como advirtió Pablo Batalla Cueto en un artículo memorable.

6. En esta oleada reaccionaria que ha barrido no solo a Occidente, sino a países como Brasil, India, Turquía o Filipinas, se han podido ver elementos que evocan a la década de los años 30 del siglo pasado. El análisis, en líneas generales, es acertado, pero no la forma de combatirlo. Recurrir a los típicos eslóganes de ‘antifascismo’, una táctica que empleó Unidas Podemos constantemente durante la campaña madrileña, no dan resultado. Como se pudo comprobar, resulta mucho más efectiva una estrategia mucho más propositiva y dialogante, a pesar de ser conscientes de la gran amenaza que sufre nuestra democracia.

7. Las dirigencias de Unidas Podemos y Más País deben estar a la altura de las circunstancias. En primer lugar, son irresponsables los ataques cruzados entre ambas formaciones. Quizá los más graves se hayan producido al criticar las apariciones de Errejón en grandes medios de comunicación de la derecha presentándolo como una gran conspiración. No, por mucho que a uno le pueda no gustar Más País, Errejón no es Felipe González. Por otro lado, se tiene la sensación de que Más País puede sobrevalorar en exceso el apoyo popular que tiene. Sobre este punto, habría que recordar a los dirigentes de Más País que a menos que se cambie el sistema electoral español, el voto de la izquierda puede perderse. No creo que estemos en el mejor momento para regalar votos.

8. Los partidos de izquierdas no deben señalar a los grandes medios de comunicación. Este es un comportamiento profundamente antiliberal. Se pueden proponer soluciones para reforzar la independencia de estos, pero no hacer señalamientos explícitos. Cualquier persona que lea la prensa madrileña, podrá encontrar un sectarismo y una parcialidad que no es propio de una democracia avanzada, pero va en contra de la separación de poderes que desde una posición de poder se diga a los periodistas cómo deben hacer su trabajo. En la línea de lo que ha dicho Jesús Maraña, hay que buscar ese “pacto entre periodistas y lectores”. La clase política y el Gobierno deben permanecer al margen de este debate, con la excepción de que evidentemente pueden defenderse de ataques personales. Desgraciadamente, esto también ha sido algo relativamente habitual.

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Isaias Ferrero es activista de derechos humanos especializado en la crisis humanitaria que se vive en Yemen y autor del libro 'Negociar con asesinos. Guerra y crisis en Yemen'.

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