El hombre de los billetes

Les propongo que imaginen una escena; es pura ficción pero podría pasar cualquier día. El estadio está lleno, como en las grandes ocasiones. Más de 80.000 personas abarrotan las gradas del Bernabéu para asistir a un espectáculo único, glorioso.

Publicidad

Un anciano sale al campo; es recibido con un largo aplauso que el aludido responde con un gesto amable. Llega al centro y, después de saludar a los tendidos, saca su cartera y extrae un billete de cincuenta euros que deposita cuidadosamente en el suelo. El público murmura entusiasmado porque el espectáculo está a punto de empezar; advirtamos que el entusiasmo no está en la sorpresa, porque todo el mundo sabe lo que sucederá a continuación, sino en el gozo de la contemplación divina. No es un truco de magia; es una epifanía.

El hombre saca otro billete y después otro más. Repite una y otra vez su gesto, armando sobre el suelo una columna que termina por alcanzar la altura de una persona, pongamos que 1,80 metros. Ya es una montonera. La gente aplaude y el anciano, visiblemente emocionado, repite el gesto para colocar otro billete en el suelo y armar una segunda columna que alcanza la misma altura. Arrecian los aplausos y el mago sigue sacando billetes y billetes mientras por la megafonía del estadio resuena, es inevitable, El aprendiz de brujo de Paul Dukas. Finalmente, a un trepidante ritmo de un millón de billetes por minuto, el artista logra levantar en algo más de una hora, a la vista de los espectadores, la impresionante cantidad de 4.300 columnas de billetes sobre el campo de juego. Colocadas en fila, una detrás de otra, son suficientes para rodear el perímetro del campo, y aún sobrarían billetes para elevar cada columna por encima de los dos metros de altura. ¡Qué espectáculo grandioso! Todo el campo rodeado de una hermosa muralla de billetes; dentro de la muralla, el hombre solitario; afuera, 80.000 voces rugientes.

Publicidad

Las gradas son un clamor y el hombre decide arriesgarse. Toma todo su dinero y arma un solo pilar de billetes. Tienen que abrir el techo de la cubierta porque no caben. Con mucho esfuerzo, el hombre completa una columna que alcanza más de siete kilómetros de altura, un billete sobre otro. El hombre que saluda desde el albero es un empresario textil y lo que expone al público es simplemente lo que ha ganado en un año, solo en dividendos. Por alquileres ha ganado otra buena fortuna, que ya no cabe en el estadio. Puestos uno detrás de otro, los billetes conformarían una brillante línea continua, prácticamente infinita, que podría salir del Bernabéu y llegar hasta el Nou Camp, desde donde bajar, billete tras billete, hasta la Rosaleda de Málaga, para continuar hasta la Cartuja sevillana y de ahí prolongar la línea hasta Riazor, qué mejor sitio, para luego retornar al Bernabéu, dejando por los caminos de España los billetes como una senda de Pulgarcito.

La gente en el estadio aplaude sin caer en la cuenta de que el hombre afable de cartera ilimitada ha ganado en un año más que todos ellos juntos, aunque es posible que haya trabajado menos que cualquiera de ellos. En realidad, este dinero le viene no por hacer nada en especial sino únicamente por ser el dueño de unas acciones.

Publicidad

Es cierto que estas ganancias tendrán que tributar a Hacienda; sin embargo, y aquí viene otra curiosidad, es muy probable que lo que tenga que pagar este hombre sea bastante menos de lo que deban tributar en su conjunto las 80.000 voces que le aplauden. Esto es así por varias razones: primero, porque en España los trabajadores pagan más impuestos que las empresas; por eso los ricos usan sociedades instrumentales. Segundo, porque las rentas del trabajo están más gravadas que las rentas del capital. Mira tú: por lo que ganas sudando tributas más que por lo que ganas sin esfuerzo. Cosas muy extrañas, la verdad, de las que este hombre se beneficia.  

Este hombre afortunado tiene acciones de una empresa que vende ropa. Todas estas columnas de dinero están formadas por billetes que recibió de sus compradores; de cada 12 euros de ropa que vende en cualquiera de ellas, un euro va directamente a su bolsillo. Parecerá poco, pero es que ha vendido cerca de cuarenta mil millones de euros, más de seis billones de pesetas.

Publicidad

No quiero que se confundan: este hombre es un empresario de enorme éxito, un verdadero genio. No hay ninguna duda. No hay crítica posible al fascinante logro de levantar un imperio textil que da trabajo a decenas de miles de personas y mantiene una urdimbre de empresas auxiliares que sostiene el tejido industrial de comarcas enteras. Lo que ha conseguido es extraordinario, de un mérito admirable.

Aun así, la cantidad de dinero que recibe me cuestiona como ser humano. Es obvio que no es necesaria esta acumulación de fondos para que la empresa funcione. Este hombre tendría tres fórmulas para que sus ganancias se rebajaran hasta el rango de lo decente: pagar más a sus empleados, pagar más a la gente que le fabrica la ropa o cobrar menos a sus clientes por ella. No hace ninguna de estas tres cosas, y aquí ya hay una opción personal. En el mundo en el que vivimos, hay extensos manuales de economía aplicada que le explicarán a ustedes que cualquiera de estas tres opciones sería un inmenso error. No intenten comprender las razones.

Este hombre es el modelo de los tiempos que nos ha tocado vivir. El capital cada vez se acumula en un menor número de manos. Pueden elegir la estadística que prefieran: los ricos que suman el 0,001% del género humano tienen tres veces más dinero que el 50% de la población mundial en su conjunto. Los extensos manuales de economía les dirán, aun así, que los ricos pagan demasiados impuestos.

Publicidad

Los ricos que suman el 0,001% del género humano tienen tres veces más dinero que el 50% de la población mundial en su conjunto

Convengamos que este hombre de gesto sereno no necesita tanto dinero para vivir: nadie puede dormir en 100 camas la misma noche ni embarcarse en 50 yates en la misma singladura. En su mayor parte, utiliza este dinero para comprar pisos, como los antiguos boticarios de provincias; se ha convertido en el mayor casero del mundo. Sería sencillo recurrir a una explicación patológica: a partir de una determinada masa crítica, el dinero adquiere conciencia de sí mismo, asume el control de la mente de su huésped y, como si fuera una de las babosas adheridas a la nuca que nos describió Robert A. Heinlein en Amos de títeres, toma él mismo las decisiones propicias para crecer y multiplicarse. Será por eso que la gente no se vuelve generosa a medida que se hace rica, sino más bien al revés.

Los billetes que el anciano exhibe sobre el campo no salieron de la nada; el año pasado estaban en los bolsillos de millones de personas. Hoy están en uno solo. Quizás lo más sorprendente de esta labor de esquilma y ordeño es que no genera ningún tipo de reacción social; tal vez responda a un cambio de paradigma donde el asalto al poder por parte del capital se ha completado, haciendo prescindibles las barreras de la hipocresía e inútiles los contrapesos históricos que se le oponían. Trump es otro arquetipo: se hizo presidente para ganar dinero; provoca guerras para ganar dinero; mata a iraníes o secuestra a venezolanos para ganar dinero, y lo dice sin escándalo. Todo se hace para ganar más porque la medida del éxito es estrictamente cuantitativa. Esta naturaleza extractiva del capitalismo siempre ha existido, aunque no en estos niveles: personas, países, civilizaciones enteras han basado su riqueza en comerciar con pobres, cobrando mucho y pagando poco, manteniendo una ósmosis cruel en las fronteras, abiertas para el oro y la ropa pero cerradas para los mineros y las tejedoras, condenadas a contemplar en Tik Tok nuestra ominosa prosperidad. Ya no hay límites.

Estamos instalados todos en la ética de la acumulación, donde resuena la promesa evangélica del emprendimiento: “A quien tiene, le será dado y tendrá en abundancia; y a quien no tiene, aun lo que tiene le será quitado” (Mateo 25:29). Con este respaldo, torcidamente interpretado, hincan las rodillas ante la Virgen de las Angustias de los Gitanos (¡qué país!) los Grandes de España que luego desalojan edificios enteros de inquilinos para hacer pisos turísticos; no les llega con sus palacios.

Lógicamente, para el espectáculo de la lluvia de billetes en el Bernabéu no han dejado pasar a ningún niño, no fuera a ser que gritara alguna insensatez y la gente advirtiera de repente que el hombre que saluda desde el centro está vestido y todos los espectadores, por más ropa que compren, están desnudos.

_________________

Carlos López-Keller es abogado, especialista en derecho penal; no ha escrito ningún libro.

Les propongo que imaginen una escena; es pura ficción pero podría pasar cualquier día. El estadio está lleno, como en las grandes ocasiones. Más de 80.000 personas abarrotan las gradas del Bernabéu para asistir a un espectáculo único, glorioso.

Más sobre este tema
Publicidad