Conseguidores, fontaneros y otros venenos

¿Quiénes son? ¿De dónde salen? ¿Cómo llegan hasta las alturas de la política? ¿Les llaman desde el teléfono rojo o se ofrecen ellas y ellos? ¿Quién corrompe a quién? ¿O es que quien no pasa por ese aro, no llega? “A ver, esto tiene que quedar claro”, les dirán, al borde del ascenso a los despachos, “así hacemos aquí las cosas, no vayas a ir por libre y a sacar los pies del tiesto.” Porque eso son los que han venido a llamarse “conseguidores” o “fontaneros”, una especie de correveidiles que orbitan como satélites en torno al poder. El problema para esa gente, que luego acaba en los juzgados o en la cárcel, los Koldos y las Leires, es que no son de fiar tampoco para los suyos, a los que graban y traicionan, y al final sus jefes se pillan las manos que alargaban para que les pusiesen en ellas el dinero sospechoso. “Valgo más por lo que callo que por lo que digo”, ha amenazado la mujer que antes era “una simple militante socialista” que, sin embargo, se codeaba con altos cargos y hablaba con ellos de cómo complicarle la vida a jueces o policías que investigaran a su partido.

La decepción es un veneno, en una pareja y en una sociedad, el "todos son iguales" es un abismo por el que se precipitan muchas de las razones que empujan a las y los ciudadanos a participar en la democracia de su país y a darle un valor ideológico y moral a sus votos

La repetición de esos pequeños Nicolás es continua. Se acercan a ministros y empresarios, ofrecen sus servicios, adulan y palmean espaldas, están para todo y a todas horas, solucionan problemas, se hacen cargo del trabajo sucio, reparten billetes bajo cuerda… Y, si sumas todo eso, son el camino más recto a una prisión.

Cuando pintan bastos, amagan con tirar de la manta y los partidos tiemblan, lo niegan todo, se hacen los suecos, tiran balones fuera, encienden los ventiladores del y tú más, primero ponen la mano en el fuego y luego se lavan las manos. Y el resto del mundo se hace preguntas: ¿Cómo es posible que nadie se diera cuenta? ¿Por qué nadie sospechó y, si lo hizo, por qué miró a otra parte? ¿Por qué en España siempre fallan los organismos de control? ¿Por qué en esos ámbitos el dinero se vuelve invisible?

La decepción es un veneno, en una pareja y en una sociedad, el "todos son iguales" es un abismo por el que se precipitan muchas de las razones que empujan a las y los ciudadanos a participar en la democracia de su país y a darle un valor ideológico y moral a sus votos. Pero, si da lo mismo ocho que ochenta, izquierdas que derechas, ¿para qué vamos a molestarnos? Eso es lo que matan estos casos desalentadores, esta repetición de los pícaros del siglo XXI que tanto daño hacen y tanto cansancio provocan.

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