¿Tú por aquí, Max? Vigencia de Max Aub

4

Antoni Cisteró García

El año pasado se cumplieron cincuenta años de la muerte del escritor Max Aub en su exilio en México, y este año se cumplen ciento veinte de su nacimiento en París. La fundación que lleva su nombre, presidida por su nieta Teresa Álvarez Aub, está llevando a cabo una serie de interesantísimas iniciativas para recordar su persona y su obra. Lo que sigue surge de mi admiración por Max Aub, al que entré por su Laberinto mágico, y del que nunca he salido. Entre tanto pasaje y recoveco, recorridos obsesivamente, conseguí algo de luz al analizar su decisiva aportación al rodaje de Sierra de Teruel (André Malraux, 1939).

Dice el autor: Quien esto escribe ahora, siente deseos de huir de tantas cosas feas como le rodean y se refugia en el elogio del amor. Ante tantas cosas como nos acechan cinco décadas después, también puede ser recomendable refugiarse si no en el amor, sí en el firme empecinamiento por la justicia y la solidaridad que mostró Max a lo largo de toda su vida. Sirva este breve relato de humilde homenaje. Su parte en el diálogo está formada por citas textuales de sus textos, que van en cursiva y negrita, de los que se da la referencia.

La idea me vino a la cabeza andando por una de esas calles anónimas, de toda ciudad y de ninguna, sea esta México, Valencia o Barcelona. Portales, algunos con su conserje saboreando un pitillo, árboles de hoja caduca en todo tiempo, ruido mecánico de fondo. Momento plano, gris, olvidable… O no.

Por azar paré ante el escaparate de una librería. Me habían llamado la atención los libros de Max Aub que se exponían. Fue entonces cuando oí su voz:

Lo malo es que estos libros no se venden en España, aunque circulen libremente, ya nadie sabe de qué estoy hablando [1].

El hablar en primera persona me invitaba a volverme. Pero él, con su mano en mi hombro, lo impidió. Pero lo vi, estaba ahí, en el cristal. Su imagen translúcida se amalgamaba con portadas y lomos: el Laberinto mágico a la derecha, los Diarios a la izquierda; una mancha de color rojo, los Crímenes ejemplares, sobre su traje oscuro. Siguió:

—Cincuenta años –por decir algo, refiriéndole al cartel conmemorativo que se exhibía.

Después de los cincuenta vienen los cuarenta, siguen los treinta, los veinte, etcétera. La vida es al revés, no se cuenta como enseñan: 1, 2, 3, 4, 5. Al contrario, primero los más viejos [2].

—Laberinto mágico, parece interesante.

Nos metieron en un laberinto, al salir del Paraíso. Y se me perdió el hilo, estoy perdido [3].

—¿Pero usted no…? —pensé qué hablar de la muerte con un aparecido…

—¡Ay, hijo! Aun muertos, visto desde fuera, estamos dentro [4]. ¿Y si la muerte no fuera más que otra vida en la que no supiéramos lo que fuese la muerte? [5] 

Sí, estaba dentro, o al menos al lado. El propio Max Aub hablándome desde Dios sabe dónde, o sea, a mi lado. Señaló los libros:

A nadie interesan aquí los libros. Las librerías desiertas. Pequeña diferencia con Barcelona, donde se ve a alguna gente hojeando [6]

—¿Le interesan los catalanes? Yo tengo un primo…

No me dejó acabar:

Es gente atada... replantada en su mismo mantillo, abonada por su mismo humor, irrigada por su propia lengua, más dada a los dineros que a su honra, y muy pagados de esta última. No hay gran descubrimiento, gran hazaña, Gran Metro, gran poema, gran puente, religión, pintura, batalla, o cuerno que no tenga su catalán a la vuelta; ni filósofo como Llull, ni pueta como Maragall, ni general como el conde de Reus, ni aéreo como el de Montserrat, ni Exposición como la suya, ni salchichón como el de Vich, ni butifarra como la de la Garriga, ni músico como Albéniz… [7]

—Pues mira que la armaron gorda —dicho sin saber si un aparecido podía estar al corriente de la historia reciente.

—Quizá pensaron que lo que vale, lo que vale de verdad, pero de verdad, es la indisciplina, la voluntad sin control de cada individuo. Lo que hay es que cada vez que se han afrontado la disciplina y la indisciplina siempre ha vencido la disciplina [8].

—La libertad, la nación… —me sentía como un apuntador dando pie–. La libertad…

La libertad sin la fuerza engendra esclavos.  Además, nunca se ha hablado de libertad, habiendo menos [9].

Yo no tenía prisa, pero busqué una excusa, empujado por el miedo:

— Bueno, el trabajo… Ha sido un placer.

—¿De qué trabaja, joven?

—En la Administración. Negociado de importaciones.

Los hombres hacen lo que no quieren. Para lograr este fin, tan absurdo a nuestras luces, inventaron quien les mande. Estos, a su vez, no hacen tampoco lo que quieren, sino lo que les mandan. Los que más mandan tampoco hacen exactamente lo que desean, porque siempre dependen de una fuerza oscura tal vez inventada por ellos, la Burocracia [10]

—¡Qué razón tiene!, en España todo son papeles.

En España… En España, los sinvergüenzas, los católicos de verdad y los imbéciles viven como Dios. Añádanse los que no quieren saber nada de nada y, claro está, los turistas que encuentran lo que buscan, al precio deseado. [11]

—¡Hombre! Hemos progresado. Usted… —¿Cómo es el apelativo a un desaparecido aparecido? — Ahora hay elecciones a muchos niveles.

—Ya verá. Lo que dijo Toynbee: "la política es una carrera de velocidad entre la educación y la catástrofe", frase que parece haber sido inspirada teniendo a España por modelo pero sin que la educación haya llegado a tomar la salida [12].  O es que no ve lo que pasa entre regiones, entre partidos, incluso dentro de ellos: Los españoles somos grandes cuando somos cien; más, nos entrematamos. Tenga en cuenta que en España nunca hubo partidos, sino jefes políticos. Estamos acostumbrados a que nos gobiernen siguiendo voluntades y no doctrinas [13]

Va cayendo la tarde, la figura no parece cansarse a pesar de su aspecto viejuno. Callo por ver por donde saldrá. Él no calla:

—¿A usted le interesa la política, joven? ¿Es de derechas o de izquierdas?

Sigo callado. El me ilustra señalando el escaparate:

¿Quién no vio que la derecha de uno es la izquierda del otro, si se enfrenta; de uno mismo en el espejo? La vida, como el viento, tiene todos los cuadrantes a su disposición [14].

No sé si a través del reflejo habrá percibió mi encogimiento de hombros.

Sepa que yo no soy político. A mí me interesa la justicia y el buen castellano, con eso, comprenderéis, no se va muy lejos [15].

—Pronto habrá elecciones.

—También las hubo en la II República. Pero me parece que ahora hay menos sinceridad y más mercadeo. ¿Cuándo podrá el pueblo español recobrar su fe en la pureza y la capacidad de los hombres representando sus partidos y sus organizaciones, y con la fe, su esperanza en la humanidad? [16]

Se me escapaba. Y empezaba a sentir frío. Él posiblemente no:

—Debo marcharme. El trabajo…

El trabajo ha logrado crear esa superestructura, ese caparazón que ha convertido el mundo en una enorme tortuga, que no puede respirar más que por una cabecita chica -un agujero- siempre ocupada por los millonarios -o los milenarios, que lo mismo da-, y nosotros asfixiándonos. El trabajo embrutece, ha embrutecido y embrutecerá cada vez más al hombre porque de un medio se ha convertido en un fin [17].

—¡Qué frases!, se nota que es escritor.

—¡Ah, amigo! Escribir es luchar contra la muerte [18]

El frio vino a escalofrío.

—Ha sido un placer oírle.

De nuevo impidió que me girara para darle la mano.

—Quizá a usted le suene caduco, pero le recuerdo lo que dije una vez sobre la película en la que colaboré: tal vez se halle en estas viejas y humildes imágenes la remembranza de la figura que mi generación buscó no sólo desesperadamente: el puerto de la libertad por el camino siempre áspero de la justicia. Nos quedamos en el camino, pero este es el camino [19]. ¿Percibe el presente?, pues eso.

Encendieron las luces del escaparate. Los libros de mi interlocutor aparecieron radiantes al tiempo que su figura se desvanecía. Me volví. No había nadie, o quizá sí. Había desaparecido el frío y sentía surgir en mi interior una ignorada energía. Recordé su frase de Campo del moro: El hombre sin sueños, medio hombre… el hombre no se reconoce sin ello. El que no sueña está solo, irremediablemente [20].

Gracias, Max, por mantener despierto mi sueño.

[1] AUX, Max (1995) La gallina ciega. Barcelona, Alba editorial. Página 7. Es el único caso en que se ha adaptado este fragmento, que dice textualmente: Lo malo es que este libro no se venderá en España, y cuando pueda circular libremente nadie sabrá de qué estoy hablando”, escrito durante la dictadura de Franco.

[2] AUB, Max (2002) Hablo como hombre. Segorbe, Fundación Max Aub. Página 215

[3] AUB, Max (2003) Aforismos en el laberinto. Barcelona, Edhasa. Pág. 55 (De Campo de los almendros)

[4] AUB (2003), Pág, 58. (De Hablo como hombre)

[5] AUB (2003) Pág. 59. (De Campo de los almendros)

[6] AUB (1995). Página 176.

[7] AUB, Max (1997) Campo cerrado. Madrid, Alfaguara. Página 49.

[8] AUB (1997). Página 70.

[9] AUB (2003). Páginas 67 y 69. (Citando Teatro completo)

[10] AUB, Max. (2022) Manuscrito cuervo. En Ciertos cuentos. Madrid, Cátedra. Página 197.

[11] AUB (2003). Página 92. (De La gallina ciega)

[12] AUB (1995). Página 183.

[13] AUB (2003) Páginas 85-86. (De Campo de sangre)

[14] AUB (1995). Página 188.

[15] AUB (1995). Página 202

[16] AUB, Max (1985). Campo del moro. Madrid, Alfaguara. Página 284.

[17] AUB, Max (1978). Campo abierto. Madrid, Alfaguara. Página 310.

[18] AUB (2003). Página 76 (De Campo cerrado)

[19] AUB (2002). Página 158.

[20] AUB (2003). Página 61

___________

 Antoni Cisteró García es ingeniero y escritor, su último libro se titula 'Participar Hoy'. También es miembro de la Sociedad de Amigos de infoLibre.

El año pasado se cumplieron cincuenta años de la muerte del escritor Max Aub en su exilio en México, y este año se cumplen ciento veinte de su nacimiento en París. La fundación que lleva su nombre, presidida por su nieta Teresa Álvarez Aub, está llevando a cabo una serie de interesantísimas iniciativas para recordar su persona y su obra. Lo que sigue surge de mi admiración por Max Aub, al que entré por su Laberinto mágico, y del que nunca he salido. Entre tanto pasaje y recoveco, recorridos obsesivamente, conseguí algo de luz al analizar su decisiva aportación al rodaje de Sierra de Teruel (André Malraux, 1939).

>