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Plaza Pública

Lo mejor y lo peor de nosotros mismos

Baltasar Garzón

Leo las declaraciones del líder de la oposición, Pablo Casado, y no deja de sorprenderme la hipocresía de algunos políticos sea cual sea la situación difícil en la que nos encontremos. Durante estos días, el presidente del PP, en un ejercicio de cinismo, pidió al Gobierno remar juntos, pero sin cesar en sus reproches. Primero sugirió que la Fiscalía General inspeccionaba preferiblemente las residencias de ancianos ubicadas en comunidades autónomas regidas por su partido obviando que el hecho de que la Fiscalía General haya dado las instrucciones oportunas para que se actúe en protección de los mayores en todas las comunidades autónomas, es simplemente cumplir lo que la ley exige para proteger a los más vulnerables. Y que la Fiscalía de Madrid haya procedido de forma inmediata, cuando se supo del fallecimiento de 17 mayores en una de las residencias de la capital, era no solo una obviedad, sino también una obligación y su omisión podría comportar responsabilidad penal. Más aún cuando nos llega la terrible revelación de que los efectivos del ejército que están desarrollando su labor en residencias han encontrado a ancianos muertos en sus camas, probablemente a causa de una situación de desbordamiento ante la emergencia. A cualquier líder político se le exigen conocimientos jurídicos básicos o, cuando menos, mesura a la hora de emitir juicios de valor, porque su trascendencia es mucho mayor para la seguridad de la sociedad que recibe esas opiniones.

Pero no acabó ahí. Este mismo miércoles, Casado prometía apoyar la prórroga del estado de alarma propuesto por el Gobierno, pero añadiendo la consabida diatriba a Sánchez diciendo que sus medidas llegan tarde o son insuficientes o que falta material de protección, entre otros comentarios intencionados.

Quizás una de las lecciones que debamos sacar de esta tremenda crisis en la que nos ha metido el Covid 19 sea la de no permitir más a quienes tienen responsabilidades públicas que hagan ostentación de cretinez. Esta crisis está costando vidas y hay miedo real en la sociedad, por lo que nos sobran opiniones como las del señor Casado. Estoy de acuerdo en que debemos remar juntos, pero para hacerlo así, se debe comenzar por dejar de soltar la muletilla constante de “ya habrá tiempo para criticar”.

¿Criticar qué y a quién? ¿A quienes nos metieron en una crisis difícilmente reversible de la privatización de la sanidad pública? ¿Ya se nos han olvidado las mareas blancas, los recortes de la sanidad, la fuga de profesionales de la medicina y enfermería, porque aquí no había salida?; ¿La falta de medios para la investigación?... Y si esto es así, ¿quién ha gobernado aquí en Madrid desde hace más de 20 años como resultado del tamayazo?tamayazo

Si algo hay que evaluar cuando todo esto haya terminado no es tanto qué cabezas van a rodar. Para esa labor, confío en la madurez democrática de nuestro pueblo que identificará a quienes han estado a la altura como defensores de la sociedad y de los héroes y las heroínas que nos están sacando de esta pandemia, y quienes simplemente han tratado de sacar ventaja atacando a los demás y siendo miserables con nuestras vidas. A estos últimos habrá que exigirles responsabilidades, sean del nivel que sean.

Realmente, de lo único que tengo ganas es de abrazar a todos aquellos hombres y mujeres que se la están jugando por nosotros. Me gustaría poder hacerlo para transmitir el calor que nuestra sociedad sabe dar. Son los alientos, los apoyos, los esfuerzos conjuntos los que nos sacarán de esta crisis, porque también es una crisis de confianza en el sistema. Son gente sencilla, trabajadora, con sueldos no muy altos, es decir pueblo, que llevan el sentido de la solidaridad y el servicio a los demás por encima de cualquier objetivo personal. No son de esa elite a la que siempre se identifica como los privilegiados y a quienes supuestamente hay que cuidar.

Múltiples encrucijadas

Un artículo de La Marea recuerda que “según los datos del Servicio Madrileño de Salud, entre el año 2010 y el año 2018, la sanidad de la región ha perdido unos 3.300 profesionales, a pesar de que la población con derecho a la asistencia sanitaria pública de la Comunidad de Madrid ha crecido en casi 500.000 personas en ese mismo periodo”. El mismo artículo refiere que Madrid cuenta con 33 hospitales públicos y 50 privados y que bajo el lema “libre elección” de los pacientes se han ido privatizando de manera constante, desde 2010, los centros hospitalarios con el consecuente beneficio de las compañías privadas. Señalan algo crucial: “de los 33 hospitales públicos, cinco tienen gestión privada cuyos tratamientos son hasta seis veces más caros para las arcas públicas”. Sin olvidar los servicios de limpieza, mal pagados, fundamentales para el buen funcionamiento de la salud y controlados por grandes multinacionales cuyo objetivo último no es el bienestar del enfermo en tal o cual país, sino la cuenta de resultados.

Si teníamos una sanidad pública que funcionaba, ¿por qué la pusimos en riesgo? Ahora comprobamos los efectos perniciosos de esas políticas. Una pandemia de estas características nos ha puesto, por primera vez, ante una crisis mundial en la que las armas no han tenido nada que ver y que puede convertirse en el inicio de otras muchas, debido a las agresiones constantes al medio ambiente. Si no nos damos cuenta, es que algo muy grave nos está sucediendo como sociedad.

Esta crisis nos sitúa de forma constante en múltiples encrucijadas, y la principal es cómo combatir la desigualdad; cómo proteger a los más vulnerables; cómo atender a los dependientes; quiénes son más prescindibles que otros a la hora de utilizar los recursos públicos: Es tremendo que se estén diseñado protocolos de prescindibilidad y que se demonice a una posible ley de eutanasia. Seriamente, ¿no tenemos mecanismos en el mundo para atender esta pandemia? ¿Es que las grandes multinacionales, los bancos centrales, los mil foros económicos no sirven para algo más que para asistir atónitos a lo que estamos viviendo y a sufrir por sus pérdidas? Me remito a las palabras del Papa en su cuenta de twitter @Pontifex.es, el 17 de junio de 2014: “A veces descartamos a los ancianos, pero ellos son un tesoro precioso: descartarlos es injusto y una pérdida irreparable”.

Todos estos veteranos en peligro inminente son nuestros padres, nuestras madres, nuestra familia, los que han creado los pilares de lo que somos hoy. Personas valiosas con una experiencia inmensa. Aquellos a los que José Saramago retrató en su Poema sobre la vejez:

“… ¿Que cuántos años tengo?

No necesito marcarlos con un número,

pues mis anhelos alcanzados,

mis triunfos obtenidos,

las lágrimas que por el camino derramé al ver mis ilusiones truncadas...

¡Valen mucho más que eso!”

Las historias reales

No sé si algún día conoceremos las cifras auténticas de personas dependientes que fallecieron sin conseguir la prestación a la que tenían derecho, sobreviviendo en sus últimos años de cualquier manera en demasiados casos solos o con la ayuda de sus familiares que a su vez se prodigaban como podían. La derecha ha hecho mucho daño a los vulnerables, con una reforma laboral supeditada a los intereses de las entidades financieras y de las empresas, que diezmó la capacidad de mantener una vida digna de las familias abocando al deterioro social y a la pobreza. Esto hace que me pregunte qué habría sido de nuestro país en esta misma situación de enfermedad, si la derecha y su indispensable socio de la ultraderecha se vieran al frente del Gobierno.

Lo primero son los derechos humanos. Sin ese requisito no hay más que hablar. Ante todo, recibir atención y cuidado en la vejez es un derecho humano fundamental. Pienso en un compañero, Eduardo, que apenas ha podido despedir a su suegro, fallecido en una semana con 72 años. O en otra amiga, Ángeles, cuya madre falleció en la residencia sin que ella o sus hermanas pudieran asistirla. Todos sufriendo una despedida virtual que no permite conciliar la muerte ni sobreponerse al duelo. Pienso en tantos como ellos. Pienso en Amadeo, directivo de un centro médico que se la está jugando día a día, sin importarle las consecuencias; pienso en Miguel Ángel y en quienes siguen peleando para superarlo, todavía; en todos y todas las que se han recuperado. En aquellos que, como José, siguen trabajando por todos nosotros. Quiero que sientan el apoyo real y verdadero, porque su salvación es la nuestra, colectiva y personalmente. Esas son las historias reales de lo que conlleva esta situación.

Economía responsable y social

En el ámbito económico, nos bombardean diariamente con los impactos bursátiles, de los mercados, de las agencias de calificación, de quien inyecta dinero y quien no, qué plazos son los que se darán y cuáles se acortarán. Pero la realidad es que estamos siendo puestos a prueba para tomar decisiones. La economía ha de estar al servicio del ser humano y no al revés. Los mercados y otros resortes son meros instrumentos de la sociedad y su mal funcionamiento no nos puede llevar a la hecatombe. La economía responsable y social es un elemento básico para superar esta crisis, y su humanización es absolutamente necesaria.

Las personas estamos por encima de la política, del afán de poder, por encima de la economía, o de los beneficios empresariales. Una clase política que no lo vea así, tras esta crisis, está enferma de raíz, corrupta en los valores y atenta solo a los compromisos o a las órdenes de quienes manejan el mundo desde sus despachos, controlan los mercados de valores y utilizan al planeta y a las personas como instrumentos para llegar a un fin propio e inconfesable.

Escuché en su momento como un mal eco al primer ministro británico Boris Johnson planteando su particular forma de afrontar la pandemia, una inmunización masiva de la población al virus por el método de hacer poco o no hacer nada. Y a otros líderes mundiales frivolizando con el Covid 19. Ahora, todos ellos van plegando velas. Pero entonces, de sus palabras se desprendía que, si por el camino caen los más frágiles, si hay bajas, en toda guerra se da por hecho. Se apela así, en vez de a la solidaridad, a una “selección natural” artificial, traducción de un pensamiento retorcido que recuerda peligrosamente al fascismo.

Tal falta de conciencia, tanta frialdad es propia de una concepción de la economía propia del neoliberalismo que defiende el capitalismo salvaje, inhumano, para justificar su visión egoísta y despiadada. No es el camino: de lo que se trata es de desarrollar valores mediante fórmulas de convivencia y retribución justa. Amparar a los ciudadanos por encima de todo, proteger su salud, su posibilidad efectiva de trabajo, de vivienda, de educación y de aspirar a la felicidad.

Un gobierno progresista debe garantizar la íntegra protección de estos derechos básicos y normalizarlos caminando hacia el siguiente escalón, siempre yendo a por más, consolidando los criterios fundamentales y ampliándolos sin pausa. De ahí que las medidas que establece el decreto ley que presentó Pedro Sánchez el pasado miércoles sean imprescindibles por mucho que no acaben de gustar a la oposición y aun considerando que deban ser ampliables y mejorables.

En esta emergencia en que se ponen de manifiesto los mejores y los peores aspectos de nosotros mismos hay que mantener la guía para no perder el norte de lo que nos hace humanos. Me quedo con un hecho que da idea de lo que realmente nos sostiene en este momento crítico. Es el texto de un mensaje del casero (Bernardo) a su inquilina: “Esta temporada no va a ser fácil para nadie (o casi nadie) pero hay personas que lo van a pasar mucho peor que otras. Ya sabes que me das confianza (por eso te alquilé el apartamento). Con lo de los cambios, te quiero decir que, si debido a esta situación se reducen tus ingresos, (reducción de jornada, salario, ERTE, etc.) creo que podemos hablar para rebajar el alquiler de manera transitoria y mientras dure la situación.” Eso es.

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Baltasar Garzón es jurista y presidente de FIBGAR

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